El mes pasado, como cada marzo, Santiago volvió a sincerarse. Basta recordar lo sucedido aquel superlunes: el metro en hora punta, los buses repletos y esa coreografía de apuro que marca el regreso fuerte a la rutina. Este año, además, ese retorno se dio en medio de una presencialidad mucho más extendida, muy cercana ya a la afluencia previa a la pandemia: Laborum reportó en enero que 75% de los trabajadores estaba en modalidad presencial y que 79% de los equipos de recursos humanos veía consolidado ese regreso. En esa postal, para cualquiera que conozca la comuna, reaparece una escena demasiado familiar: miles de maipucinos desde temprano planificando su viaje hacia Santiago Centro, Providencia, Las Condes y otros polos donde todavía se concentran buena parte del trabajo y de las oportunidades.
«Comuna dormitorio» suena a concepto técnico, pero en realidad describe una experiencia social bastante concreta. Es vivir en un lugar y hacer la vida en otro. Dormir en Maipú, pero trabajar, estudiar, consumir, atenderse y muchas veces imaginar el futuro fuera de Maipú. Y conviene decirlo desde el principio: Maipú no es la única comuna que carga con esa condición. En Santiago, la investigación sobre movilidad y desigualdad urbana ha mostrado hace años que muchas comunas populares y periféricas siguen expulsando diariamente a sus trabajadores hacia las zonas con mayor concentración de empleo, y que los costos de tiempo y dinero de esos trayectos pesan más sobre los hogares más vulnerables. Pero Maipú tiene una particularidad que no se puede ignorar: por tamaño, escala y peso simbólico, no debe resignarse a ser un caso más dentro de ese patrón.

Por eso lo primero es dejar definitivamente la idea de que Maipú es una comuna secundaria para Santiago. Los datos no calzan con esa imagen. Según el Reporte Comunal 2025 de la Biblioteca del Congreso, Maipú supera los 503 mil habitantes. Además, la comuna presenta una base económica relevante y diversa, con fuerte peso de comercio, transporte y manufactura. Son señales claras de una comuna con escala, mercado y densidad económica propia. El problema no es la falta absoluta de actividad. El problema es otro: Maipú tiene tamaño de ciudad, pero todavía no siempre logra convertir ese tamaño en una experiencia de ciudad suficientemente completa para quienes viven en ella.
En ese contexto, la idea que Tomás Vodanovic planteó en diciembre pasado sigue siendo atendible, aunque no sea el punto de partida de esta reflexión. En el 4° Encuentro Empresarial de Cooperación Público-Privada, el alcalde presentó el Plan Maipú Ciudad 2030 ante más de 120 representantes de empresas y fundaciones, planteando la necesidad de pensar la comuna con una lógica más estratégica y de largo plazo. A mi juicio, la dirección general es correcta. Una comuna de este tamaño no puede seguir administrándose solo desde la urgencia. Pero justamente por eso conviene subir el estándar: no basta con coffee break público-privado de buenas intenciones, consignas políticas bien diseñadas o empresarios filántropos de turno que quieran invertir con entusiasmo en Maipú. Todo eso puede ayudar, pero no reemplaza una estrategia de ciudad. Una comuna no deja de ser dormitorio porque mejora su relato sobre sí misma; deja de serlo cuando quedarse empieza a tener sentido.
La conectividad, por supuesto, importa, y mucho. El tren Alameda-Melipilla abre una oportunidad real para el poniente metropolitano: el proyecto contempla 61 kilómetros, 11 estaciones, integración con Metro y un beneficio proyectado para más de 1,7 millones de personas. Eso puede cambiar de manera importante la posición de Maipu dentro del mapa de Santiago. Pero aquí está la trampa de muchas discusiones urbanas en Chile: se cree que mover mejor a las personas equivale automáticamente a mejorarles la ciudad. No es así. Una comuna mejor conectada también puede volverse más eficiente para seguir exportando, cada mañana, su tiempo, su trabajo y su consumo. El transporte abre una puerta; no decide qué ciudad entra por ella.
Ahora bien, hoy ya no es posible hablar de centralidad barrial, comercio local o espacio público sin hablar también de seguridad. Para que una plaza, una avenida comercial o un eje de servicios se vuelvan parte de la vida cotidiana, primero tienen que ser lugares habitables y relativamente seguros. En Maipú, el propio Reporte Comunal de la BCN muestra que la tasa de denuncias por delitos violentos subió de 1.926,3 en 2022 a 2.012,4 en 2024, y el Plan Comunal de Seguridad Pública 2026-2029 parte justamente de la necesidad de articular acciones locales frente a los problemas más prioritarios. Por eso, si el actual gobierno quiere honrar el eje con que llegó al poder, “vamos a recuperar la seguridad en nuestra Nación”, dijo el Presidente Kast en marzo, sería deseable que ese foco también se traduzca en comunas como Maipú. Sin seguridad razonable, cualquier promesa de nueva centralidad corre el riesgo de quedarse en maqueta.
Por eso la discusión de fondo no es solo cómo salir más rápido de Maipú, sino cómo hacer que salir deje de ser la única manera de progresar. Ahí está, me parece, la batalla de verdad. Y ahí la cooperación público-privada solo será útil si deja de ser ornamental y se vuelve estructural. Maipú no necesita únicamente más eventos, más networking o más responsabilidad social empresarial. Necesita más empleo local de calidad, más servicios, más formación, más espacio público cuidado, más comercio con vocación de centralidad y más razones concretas para que una parte mayor de la vida cotidiana ocurra dentro de la propia comuna. Dicho más simple: la ciudad empieza a existir de verdad cuando el barrio deja de ser solo la antesala del viaje.
Pero eso no depende únicamente de alcaldes, empresas o del gobierno central. También depende de los maipucinos. Ningún proyecto urbano serio se sostiene solo desde arriba. Se sostiene cuando el comercio local, las juntas de vecinos, los clubes deportivos, los centros culturales, los emprendedores, las comunidades educativas y las organizaciones barriales se apropian de esa discusión y la empujan en su vida cotidiana. Ahora bien, tampoco conviene caer en romanticismos: la participación local importa, pero no basta por sí sola. La distribución del empleo, del comercio y de las oportunidades en Santiago responde a una estructura metropolitana mucho más amplia, marcada por décadas de segregación residencial y concentración funcional. En otras palabras, a los maipucinos sí les toca participar más en esta batalla; pero sería injusto cargarles sobre los hombros un problema que es también producto de cómo Santiago ha distribuido históricamente su espacio social.
En ese esfuerzo, además, sería un error debilitar las herramientas que sostienen a los municipios. Como planteé en este mismo medio, en “Contribuciones: el pacto invisible que sostiene a Maipú”, detrás de ese debate también hay una discusión sobre ciudad y capacidad real de los gobiernos locales para responder a sus desafíos. El Fondo Común Municipal es definido por la Subdere como un mecanismo de redistribución solidaria entre municipalidades y como una fuente central de financiamiento local. Por eso, si el gobierno de Kast avanza en alivios o exenciones para la primera vivienda, ojalá lo haga con compensaciones serias y estables para comunas como Maipú. Ahí aparece una tensión de fondo que convendría decir sin caricaturas: una visión de Estado más liviano o menos recaudador puede ser atractiva en algunos planos, pero choca con la necesidad muy concreta de invertir en seguridad, espacio público, transporte local, equipamiento y centralidades urbanas. Sería una paradoja muy chilena pedirles a las comunas que den el salto hacia una mejor ciudad mientras se les aflojan los recursos que ayudan a sostenerla.
Y aquí conviene aterrizar una palabra que suele quedar flotando: empleo local. ¿Qué tipo de empleo? No cualquier empleo, ni cualquier inversión. Maipu ya tiene una base productiva que puede aprovechar mejor: el propio sistema de planificación reconoce una actual zona industrial exclusiva en torno al eje Camino a Melipilla, y la comuna mantiene peso en manufactura, transporte y comercio. Sobre esa base, una hipótesis razonable no es solo traer más de lo mismo, sino combinar reconversión industrial con nuevos servicios: logística avanzada, mantenimiento y electromecánica, manufactura más tecnológica, servicios empresariales, salud, educación y comercio de mayor complejidad. Y ahí aparece otro punto importante: si Maipu quiere retener más vida joven y más capital humano, debiera aspirar a complementar su oferta actual, donde hoy destacan instituciones técnico-profesionales como Duoc UC e INACAP, con más educación superior, más articulación entre formación y trabajo, y más ecosistemas locales donde estudiar no implique necesariamente proyectarse fuera de la comuna. [4]
La hipótesis, entonces, es clara. Maipú no va a empezar a dejar de ser comuna dormitorio cuando llegue más rápido al centro, sino cuando se atreva a construir una red propia de centralidades. No una gran obra salvadora, ni una épica municipal de corto plazo, sino varios polos de vida cotidiana bien conectados entre sí, con empleo, servicios, cultura, salud, educación, comercio y espacio público que retengan tiempo dentro de la comuna. Menos dependencia de un Santiago que absorbe; más policentrismo maipucino. Menos lógica de dormitorio; más lógica de ciudad vivida. Esa es una agenda urbana, sí, pero también sociológica y política: redistribuir no solo ingresos o metros cuadrados, sino también tiempo, acceso y posibilidades de proyecto de vida.
Porque al final, el problema de Maipú no es de tamaño. Es de centralidad. Ya es una comuna enorme; la pregunta es si seguirá siendo, para demasiados, apenas un lugar del cual irse, o si por fin se convertirá en un lugar donde también valga la pena quedarse.









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