Daniela Elizabeth Quiñones Cortés es maipucina, bióloga, magíster en Educación y candidata a doctora en Ciencias Aplicadas, además es parte de Fundación Ingeniosas. Ha sido reconocida por múltiples instancias internacionales. En esta columna expone detalladamente sobre la brecha existente en la educación científica y cómo un cambio en esta realidad puede marcar significativamente al país.
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Crecí entre Talagante y Maipú, en barrios donde la vida no siempre fue fácil, pero donde nunca faltó lo esencial: comunidad, esfuerzo y cariño. En esos espacios aprendí que la educación no es solo una sala de clases, sino también la feria, la conversación en la vereda, el ejemplo de los abuelos y el sacrificio silencioso de familias completas que han levantado generaciones con su trabajo. Desde ahí nace mi convicción más profunda: enseñar ciencia no es un lujo, es una necesidad social.
Durante años, la ciencia se ha presentado como algo lejano, difícil, reservado para unos pocos. Muchas niñas y jóvenes crecen creyendo que ese mundo no es para ellas, no porque no tengan talento, sino porque nadie les mostró que podían estar ahí. La falta de referentes, de acceso y de oportunidades hace que el interés se apague antes incluso de nacer. Y eso no es una casualidad: es una brecha que se construye desde muy temprano.
Como científica y educadora, he visto de cerca cómo una experiencia significativa puede cambiar una trayectoria completa. Un taller, una conversación, una profesora o profesor que cree en ti, pueden abrir puertas que parecían inexistentes. Enseñar ciencia no se trata solo de contenidos, fórmulas o experimentos; se trata de enseñar a preguntar, a observar el mundo con curiosidad y a confiar en la propia capacidad de comprenderlo y transformarlo.
Desde mi trabajo en Fundación Ingeniosas, he tenido el privilegio de impulsar programas de educación científica con enfoque de género, acompañando a niñas y jóvenes de distintos territorios de Chile. Muchas de ellas vienen de contextos similares al mío: barrios donde nadie ha ido a la universidad, donde el futuro parece estrecho. Y sin embargo, cuando se les da la oportunidad, florecen. Se reconocen como capaces, como creadoras de conocimiento, como futuras científicas.

El enfoque de género en la educación científica no es una moda ni un privilegio, es una herramienta de justicia. Significa reconocer que históricamente las mujeres han sido excluidas de estos espacios y que, para equilibrar la cancha, no basta con decir “todas pueden”, sino que hay que generar condiciones reales para que eso ocurra. Cuando una niña se ve reflejada en otra mujer científica, el mensaje cambia: “yo también puedo estar ahí”.
Maipú tiene una historia profundamente ligada al trabajo, a la organización social y a la educación como motor de movilidad. Las generaciones anteriores entendieron que el conocimiento era una forma de dignidad y de futuro. Hoy, honrar esa historia implica asegurar que nuestras niñas, niños y jóvenes tengan acceso a una educación científica de calidad, cercana y conectada con su realidad.
Invertir en educación científica no solo forma profesionales, forma ciudadanía crítica, comunidades más informadas y territorios con mayor capacidad de enfrentar desafíos como el cambio climático, la desigualdad o la crisis ambiental. La ciencia no ocurre solo en laboratorios lejanos: ocurre también en nuestros barrios, en nuestras escuelas, en nuestras decisiones cotidianas.
Enseñar ciencia es, en el fondo, enseñar a creer. Creer que el origen no define el destino, que el conocimiento puede transformar vidas y que desde comunas como Maipú también se construyen futuros posibles. Apostar por la educación científica es apostar por un país más justo, más consciente y con más oportunidades para todas y todos.









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