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Encuesta nacional: 7 de cada 10 chilenos cree que el alcohol será la principal causa de accidentes en Fiestas Patrias

Un estudio de Cadem realizado a inicios de agosto revela que el temor de los conductores ebrios pasa más por Carabineros que por el riesgo real de dañar a otros, mientras crece la tolerancia hacia quienes manejan tras beber.

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Conduciendo con alcohol
Conduciendo con alcohol

Comienza septiembre y con él la temporada de fondas, asados y celebraciones del 18. Una encuesta nacional de Cadem, realizada entre el 30 de julio y el 3 de agosto de 2026 sobre 380 casos, confirma un patrón que se repite año a año: siete de cada diez chilenos identifica el consumo de alcohol como el principal factor de accidentes automovilísticos durante Fiestas Patrias, muy por sobre el consumo de drogas (10%) o el exceso de velocidad (9%).

El dato no es una percepción aislada de un grupo particular. El estudio precisa que «las personas señalan fuertemente al consumo de alcohol como principal factor de accidentes automovilísticos en Fiestas Patrias» y agrega que «el consumo de alcohol es la principal razón, de forma transversal a los grupos sociodemográficos». Es decir, da lo mismo el sexo, la edad, el nivel socioeconómico o la zona del país: la asociación entre trago y siniestros viales está instalada de manera prácticamente unánime.

Un consumo que no baja pese al diagnóstico

El diagnóstico compartido sobre el riesgo no se traduce en una expectativa de menor consumo. Según la misma medición, «85% cree que el consumo en Fiestas Patrias 2026 será igual (50%) o mayor (35%) que 2025», una proyección que se mantiene alta pese a la conciencia generalizada sobre el peligro del alcohol al volante. Hay, eso sí, una señal incipiente de cambio: «sigue al alza la expectativa que el consumo de alcohol será menor que el año anterior (15%)», el registro más alto de la serie histórica de Cadem para esta pregunta, aunque todavía minoritario.

estudio consumo de drogas y alcohol

El miedo real no es dañar a otros, es que los pillen

Uno de los hallazgos más incómodos del estudio tiene que ver con qué es lo que realmente teme quien decide manejar habiendo bebido. La brecha es enorme: «según entrevistados, los conductores ebrios temen hasta 4 veces más (68%) ser detenidos por carabineros que causar daño a otras personas (15%)». La cifra no es menor si se piensa que «el miedo a la detención alcanza el nivel más alto entre las mediciones», lo que sugiere que el foco de la persona que conduce ebria está puesto en evitar la sanción policial, no en la posibilidad de matar o herir a alguien en el camino.

Robo en Mall Arauco Maipú

Las excusas de siempre para tomar el volante

Ese cálculo egoísta viene acompañado de un repertorio de justificaciones que los propios entrevistados reconocen como habituales entre quienes manejan tras beber. De acuerdo al estudio, «las excusas legitiman la conducción con alcohol: 58% apela a experiencia previa y 44% a trayectos cortos». Es decir, la idea de que «ya lo he hecho antes y no me ha pasado nada» o que «es solo una vuelta corta» siguen siendo los argumentos más usados para minimizar el riesgo, por sobre otras razones como pensar que la comida bajó el efecto del trago o que se maneja mejor curado.

Más fiscalización, poca fe en que sirva

El Estado tampoco genera demasiada confianza como freno. Aunque «47% cree que la fiscalización será mayor, mientras 43% piensa que será igual que 2024», esa expectativa de más controles no se traduce en optimismo sobre su efecto real: «39% considera que, aun con más controles, los conductores seguirán manejando bajo alcohol». La contradicción se profundiza en otra pregunta del estudio, donde «65% considera que un fuerte aumento en la fiscalización significaría una caída drástica en los conductores ebrios», lo que evidencia una opinión pública dividida entre el escepticismo sobre la fiscalización actual y la convicción de que, si esta fuera realmente severa, sí funcionaría.

Fiscalización vehicular

El discurso condena, la práctica tolera

El rechazo declarado hacia la conducción bajo los efectos del alcohol es alto en el papel: «86% intentaría evitar que un cercano conduzca y 77% incluso denunciaría a un desconocido». Sin embargo, esa condena convive con una cercanía que incomoda: «conducir bajo los efectos del alcohol es una práctica cercana: 36% declara tener familiares o amigos que suelen conducir tras beber alcohol». A eso se suma que «cerca de la mitad de los chilenos (46%) conoce a alguien que se ha visto envuelto en algún accidente relacionado con la conducción bajo los efectos del alcohol», una cifra que confirma que el problema no es abstracto, sino que toca de cerca a buena parte del país.

Esta tensión entre el discurso social —que rechaza con fuerza el alcohol al volante— y el control efectivo sobre quienes ya han decidido manejar tras beber, conecta con otro fenómeno que La Voz de Maipú ha documentado antes: el respaldo masivo a medidas de control no siempre se traduce en consecuencias reales cuando llega el momento de aplicarlas.

Pedirle que no maneje no basta

El dato que mejor resume la brecha entre lo que se dice y lo que ocurre en la práctica es, quizás, el más simple. Frente a la pregunta de qué hace una persona que ha bebido cuando se le pide que no conduzca, el estudio es categórico: «solo uno de cada tres de los entrevistados cree que aquellos que han bebido estarían dispuestos a no manejar si se lo piden». Con septiembre recién comenzando y las fondas todavía por venir, la cifra funciona como advertencia: la mayoría de quienes ya decidieron subirse al auto con alcohol en el cuerpo, seguirán manejando aunque alguien se los pida cara a cara.