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OpiniónPensamiento crítico

Hackear el sistema

El psicólogo, Ricardo Cornejo, plantea que el verdadero desafío actual no es luchar contra el sistema, sino comprenderlo y «hackearlo» mediante el pensamiento crítico, la tecnología y el desarrollo personal. Para lograr esa autonomía, propone impulsar una educación basada en la filosofía, la educación cívica y la salud financiera desde la infancia, superando ideologías cerradas y prejuicios.

Hackear el sistema

Durante años pensé que mi mayor batalla era contra una enfermedad. Con el tiempo descubrí que no. La enfermedad era solo una parte. La verdadera batalla consistía en aprender a vivir dentro de un sistema que muchas veces parece diseñado para que las personas simplemente sobrevivan, consuman, trabajen y vuelvan a empezar al día siguiente.

Vivimos en una época donde todo compite por nuestra atención. Los algoritmos deciden qué vemos. El marketing intenta anticipar nuestros deseos antes de que los tengamos. La política construye relatos para movilizar emociones más que razones. Las redes sociales premian la reacción inmediata por sobre la reflexión pausada.

No creo que exista una conspiración universal. Creo algo mucho más simple y, precisamente por eso, más poderoso: existen múltiples intereses compitiendo por influir en nuestra manera de pensar, comprar, votar y vivir. Si uno no desarrolla pensamiento crítico, termina viviendo la vida que otros diseñaron.

Por eso, más que luchar contra el sistema, creo que debemos aprender a comprenderlo. Hackearlo.

“Hackear” no significa romper las reglas ni actuar al margen de la ley. Significa entender cómo funcionan los incentivos, identificar las oportunidades y utilizarlas para construir una vida con mayor libertad, sin perder nuestros principios.

La filosofía estoica enseñaba que existen cosas bajo nuestro control y otras que nunca lo estarán. Hoy ese principio tiene una vigencia extraordinaria. No podemos controlar los mercados, las crisis económicas, los cambios tecnológicos o las decisiones políticas. Sí podemos controlar aquello que aprendemos, las habilidades que desarrollamos, la manera en que administramos nuestro dinero, nuestra salud, nuestro carácter y nuestro tiempo.

La tecnología, lejos de ser un enemigo, puede convertirse en una extraordinaria herramienta de emancipación. Nunca había sido tan fácil aprender programación, inteligencia artificial, idiomas, inversión, administración o emprendimiento desde un teléfono celular. El conocimiento dejó de estar encerrado en una biblioteca. Ahora el desafío no es acceder a él, sino desarrollar el criterio suficiente para distinguir información de calidad del ruido permanente.

Por eso me preocupa que todavía existan jóvenes que terminen el colegio sin comprender cómo funciona un crédito, un interés compuesto, una inversión, los impuestos, el ahorro o el emprendimiento. Nos enseñan muchas fórmulas, pero pocas veces nos enseñan cómo construir autonomía.

Necesitamos recuperar con fuerza la educación cívica. No para formar personas que repitan discursos políticos, sino ciudadanos capaces de comprender el funcionamiento de las instituciones, ejercer sus derechos y asumir sus responsabilidades.

Necesitamos recuperar la filosofía. No para memorizar autores, sino para aprender a pensar. Para cuestionar nuestras propias ideas antes que las del resto. Para distinguir una evidencia de una opinión. Para desarrollar criterio en una época donde abundan las certezas rápidas.

Necesitamos educación financiera desde la infancia. No para convertir a todos en empresarios, sino para que nadie llegue a la adultez siendo esclavo de decisiones económicas que nunca aprendió a comprender.

También debemos dejar de tratar todas las trayectorias como si fueran equivalentes. Chile necesita excelentes técnicos, excelentes profesionales y excelentes emprendedores. El verdadero éxito consiste en encontrar el camino que mejor se ajusta a las capacidades y aspiraciones de cada persona, no en perseguir títulos por prestigio social ni carreras saturadas porque “siempre se han estudiado”.

Todo esto debe ir acompañado de un principio ético. Generar riqueza no convierte a nadie en una mala persona. Lo importante es cómo se genera y qué se hace con ella. Es perfectamente posible construir empresas responsables, respetar a los trabajadores, innovar, cuidar el medio ambiente, aportar a la comunidad y, al mismo tiempo, prosperar económicamente. La prosperidad y la integridad no son conceptos incompatibles.

Quizás por eso cada vez creo menos en las ideologías cerradas y más en las personas capaces de pensar por sí mismas. Las ideologías ofrecen respuestas completas; la realidad casi nunca las tiene. El pensamiento crítico exige más esfuerzo, pero también entrega mayor libertad.

Escribo estas líneas desde Maipú, una comuna donde conviven prácticamente todos los Chile posibles. Aquí viven familias trabajadoras, profesionales, emprendedores, jubilados, estudiantes y personas que enfrentan enormes dificultades. Esa diversidad es precisamente nuestra riqueza.

Imagino un Maipú donde los niños aprendan desde pequeños a debatir con respeto, a comprender la historia, a leer filosofía, a entender economía básica, a utilizar responsablemente la inteligencia artificial, a cuidar su cuerpo, a desarrollar hábitos saludables y a construir proyectos propios. Un lugar donde las familias transmitan curiosidad antes que miedo y autonomía antes que dependencia.

La vida es demasiado corta para vivir únicamente reaccionando a lo que otros esperan de nosotros. Tal vez el verdadero acto de rebeldía del siglo XXI no sea gritar más fuerte ni dividirse en bandos irreconciliables. Tal vez sea mucho más simple.

Pensar por uno mismo. Aprender todos los días. Construir con honestidad. Aprovechar la tecnología sin convertirse en su esclavo. Generar valor. Administrar bien los recursos. Vivir con propósito.

En otras palabras, hackear el sistema sin perder el alma.

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