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OpiniónAcompañamiento hospitalario

¿Dónde está la Ley Mila para las personas mayores? La compañía también es terapia

En Chile no existe una ley que garantice acompañamiento a personas mayores hospitalizadas, como sí ocurre con niños y niñas desde 2021.

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¿Dónde está la Ley Mila para las personas mayores? La compañía también es terapia

La semana pasada, la Lala, mamá de una amiga, sufrió una emergencia médica neurológica estando en su casa. Vive sola en Las Cabras, en la Región de O’Higgins, tiene más de 70 años, es autovalente, participa activamente en un grupo de tejedoras que confecciona tejidos para pacientes de hospitales y mantiene una vida social que muchas personas jóvenes de seguro envidiarían. Mientras era trasladada a Santiago alcanzó a llamar a sus hijos. Ya en la capital, ellos pudieron acompañarla durante los primeros días de hospitalización. Sin embargo, apareció una realidad que muchas familias conocen demasiado bien: el horario de visitas era de apenas una hora y media al día, un horario en extremo acotado, pensando que sus cuatro hijos trabajan en horario de oficina. 

Como ocurre en la mayoría de los hogares chilenos, compatibilizar empleo, traslados y responsabilidades familiares no es sencillo y la historia de Lala no es la excepción, ya que, aun organizándose, la posibilidad de acompañarla era limitada y nuestra protagonista estaba destinada a pasar la mayor parte del día sola en un hospital de Santiago.

Esta historia me hizo pensar en la Ley Mila, promulgada en 2021, que reconoce el derecho de niños, niñas y adolescentes hospitalizados a estar acompañados por sus padres, madres o cuidadores significativos. La ley constituye un avance relevante en la humanización de la atención de salud. Nadie discutiría hoy la importancia de que un niño enfermo pueda contar con la presencia de quienes ama en momentos de vulnerabilidad. Sin embargo, la experiencia de la Lala me llevó a formular una pregunta algo incómoda: si reconocemos que la compañía de seres queridos es beneficiosa para un niño hospitalizado o una persona embarazada, ¿por qué no hacemos el mismo razonamiento con las personas mayores? Ya hemos señalado varias veces que Chile envejece aceleradamente y que cada vez son más las personas que llegan a edades avanzadas manteniendo autonomía, participación social y proyectos personales. Sin embargo, cuando ingresan a un hospital pareciera que esa historia de vida desaparece detrás de una ficha clínica.

La conversación sobre hospitalización suele centrarse en diagnósticos, medicamentos, procedimientos y camas disponibles. Todo aquello es indispensable, claro está, pero pocas veces hablamos del impacto emocional que tiene para una persona mayor permanecer días o semanas lejos de su hogar, de sus rutinas, de sus amistades, de sus mascotas, de sus actividades cotidianas y de las personas que le dan sentido a su vida. Esta semana la Lala fue trasladada a otro hospital con un horario de visitas más amplio. Aun así, uno de sus hijos me contó que no quiso levantarse para su sesión de kinesioterapia. Estaba triste. Pensaba en su enfermedad, extrañaba sus tejidos, sus compañeras de crochet y la vida que había quedado suspendida al otro lado de la ventana del hospital, en una ciudad diferente a la que estaba ahora.

Quizás muchos profesionales de la salud hemos escuchado historias similares. Personas mayores que dejan de comer, que pierden la motivación para rehabilitarse o presentan cuadros de confusión durante la hospitalización. Con frecuencia analizamos estos fenómenos desde una perspectiva biomédica, pero nos cuesta analizarlo, de manera adicional, desde la dimensión relacional y afectiva. Un estudio realizado por un grupo de enfermeras en un hospital de 450 camas ubicado en el área norponiente de España, observó que cerca del 80% de las personas mayores hospitalizadas presentaban dependencia para actividades básicas de la vida diaria. Más de la mitad necesitaba ayuda para alimentarse, vestirse o movilizarse y, sin embargo, sólo un 30% estaba acompañado por familiares. Este dato nos debería invitar a reflexionar sobre la brecha existente entre las necesidades de apoyo y la compañía efectivamente disponible.

Si bien en Chile existe el programa Hospital Amigo, línea programática ministerial que promueve medidas de acompañamiento y humanización de la atención, pero a diferencia de la Ley Mila, se trata de una línea programática cuya implementación depende en gran medida de las capacidades y decisiones de cada establecimiento y, en la práctica, el acceso a una hospitalización más acompañada puede variar significativamente entre hospitales y clínicas.

Por supuesto que la discusión no es sencilla, ya que existen importantes limitaciones de infraestructura. La realidad es que muchos establecimientos enfrentan dificultades incluso para implementar plenamente las exigencias de acompañamiento contempladas en la Ley Mila, por lo que pretender un acompañamiento irrestricto para todas las personas mayores le requeriría al Estado un número de inversiones, adecuaciones físicas y nuevos modelos organizacionales que van a depender de las políticas públicas que promueva la administración de turno y, por supuesto, de un presupuesto destinado para ello. 

Aún a pesar de las debilidades y amenazas de una posible extensión de la ley de acompañamiento a las personas mayores, reconocer las dificultades no debería impedirnos formularnos la pregunta ¿es razonable que una persona mayor hospitalizada tenga acceso a sólo una o dos horas de compañía al día, aun cuando se encuentre enfrentando una enfermedad grave, un proceso de rehabilitación complejo o una situación de gran vulnerabilidad emocional? Tal vez la respuesta no sea replicar exactamente la Ley Mila, quizás el camino pase por ampliar horarios de visita, flexibilizar criterios para pacientes mayores vulnerables, incorporar a las redes significativas en los procesos de recuperación, considerar ampliamente el servicio de hospitalización domiciliaria que ya se ejecuta en algunas comunas del país o desarrollar estándares nacionales más robustos de acompañamiento. Sea cual sea la innovación, lo relevante es comprender que la compañía no es un lujo ni una concesión, sino que es parte fundamental del cuidado y la rehabilitación.

Durante años hemos avanzado en comprender que los niños necesitan estar acompañados cuando enferman y este avance merece ser celebrado. Y, quizás, ahora haya llegado el momento de extender esa misma reflexión hacia este otro grupo que también enfrenta fragilidad, dependencia y soledad. Porque si algo nos enseña la historia de la Lala es que las personas mayores no dejan de necesitar vínculos por cumplir años, sino que siguen necesitando afecto, conversación, apoyo y presencia. Siguen necesitando sentirse parte de una comunidad y, en una sociedad que envejece aceleradamente, la pregunta ya no es si podemos permitirnos discutir este tema, la pregunta es, más bien, cuánto tiempo más podemos permitirnos ignorarlo.

Quizás no necesitamos una nueva ley, pero sí necesitamos dejar de pensar que el cuidado termina donde empiezan los procedimientos clínicos.