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OpiniónBrecha digital

Me hice científica con el computador que «Yo elijo mi PC» le dio a mi hermana

En esta columna, la científica maipucina, Daniela Quiñones, narra como un computador entregado por el programa "Yo Elijo mi PC" sirvió para ser la primera puerta a la universidad de su familia. Todo esto, al mismo tiempo en que el gobierno propone eliminar el programa que durante 17 años entregó notebooks a estudiantes de séptimo básico.

Me hice científica con el computador que «Yo elijo mi PC» le dio a mi hermana

Durante casi toda la universidad estudié en un computador que no era mío. Era de mi hermana menor, que lo recibió en séptimo básico a través del programa «Yo elijo mi PC». En mi casa no había otro. En ese notebook escribí informes, estudié para pruebas y revisé el correo. Cuando ella lo necesitaba, yo tenía que resolverlo todo en la universidad, ajustando mis horarios a la disponibilidad de un computador. Años después, mi otra hermana recibió el suyo, y lo mismo pasó con mis primos. Ninguno de nosotros había tenido un computador antes.

Hoy soy una profesional de las ciencias. Parte del camino que me trajo hasta aquí se escribió en un computador que el Estado le entregó a una niña de séptimo básico.

Por eso no puedo leer como un dato más que el proyecto de Presupuesto 2027 presentado por el Gobierno deje sin recursos a las Becas TIC, el programa heredero de «Yo elijo mi PC». Si se aprueba tal como está, el próximo año sería el primero en 17 años sin entrega de computadores a estudiantes de séptimo básico. Solo en 2026, más de 96 mil niñas y niños recibieron el suyo. El próximo año, una generación completa no lo recibiría.

El Gobierno lo justifica con el argumento de la eficiencia: dice que el programa tiene problemas de implementación y que no mejora significativamente los resultados de aprendizaje. Los problemas existen: ha habido retrasos en las entregas y equipos que quedaron guardados en bodegas. Pero cuando una política pública funciona mal, lo responsable es arreglarla, no castigar a los niños y niñas que dependen de ella. Y medir el valor de un computador solo por el puntaje de una prueba es no entender para qué sirve. Más del 90% de quienes lo reciben dicen usarlo cada semana para estudiar. Para muchas familias es el primer computador de la casa, y termina pasando de mano en mano: de una hermana a otra, de un primo al siguiente. Eso no aparece en ninguna planilla, pero yo lo viví.

La brecha digital no es una idea abstracta. La vimos con toda claridad en la pandemia: según un estudio de la Universidad Católica de 2020, el 61,4% de los escolares de hogares de mayores ingresos se conectaba a clases desde un computador propio, frente al 29,4% en los hogares de menores ingresos. Eliminar este programa no hace desaparecer la brecha. Solo deja de hacerse cargo de ella.

En mi trabajo en educación científica con niñas y jóvenes veo algo que se repite: el interés por la ciencia y la tecnología aparece cuando hay acceso. Una niña o niño que nunca ha tenido un computador difícilmente va a imaginarse programando, investigando o estudiando ingeniería. El talento está repartido en todos los barrios; las oportunidades, no.

Esto tampoco es un hecho aislado. En el mismo presupuesto, los Liceos Bicentenario pierden casi la mitad de sus recursos, varias becas estudiantiles bajan y, desde el Gobierno, se habla de revisar con más rigor la asignación de la gratuidad. Formé parte del movimiento estudiantil, y con más fuerza en 2011. Salimos a las calles convencidas y convencidos de que la educación es un derecho y no un privilegio, y parte de lo que conseguimos hoy vuelve a estar en discusión. A mi generación le costó demasiado abrir esas puertas como para mirar en silencio cómo se empiezan a cerrar, una partida presupuestaria a la vez.

Maipú sabe lo que significa salir adelante con esfuerzo, organización y educación. Muchas familias de nuestra comuna recibieron ese notebook como el primer computador de la casa. Que una niña o niño tenga o no un computador para estudiar no debería depender del año en que nació ni del gobierno de turno.

La decisión todavía no está tomada. El presupuesto debe discutirse en el Congreso, y el año pasado los parlamentarios ya repusieron recursos para que este programa siguiera funcionando. Hay rechazo desde distintos sectores políticos, porque esto no debería ser un tema de izquierdas o derechas. Es una pregunta sobre qué país queremos: uno donde el acceso a la tecnología depende del bolsillo de cada familia, o uno donde el Estado se asegura de que todas y todos partan con las mismas herramientas.

Yo sé de qué lado estoy. Estoy del lado de mi hermana en séptimo básico abriendo por primera vez su computador, sin saber que años después ese mismo equipo ayudaría a su hermana mayor a convertirse en científica. Que esa historia se repita no debería ser un lujo que el país decide no pagar.

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