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El prestigio de no leer

Con datos del INEGI y las ideas de Postman, Bourdieu y Nussbaum, este ensayo del autor maipucino, José Baroja, conecta una transformación cultural ligada a la fragilidad que ocupa la lectura de libros, que incluso se presenta como una señal de eficiencia en el mundo actual.

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El prestigio de no leer

Publicado en Este País.

Hace algunos meses, me vi involucrado en una breve conversación que me produjo una molestia difícil de explicar en ese momento. Entre risas, un joven profesionista relataba que no había leído un libro completo desde que terminó la preparatoria. La verdad es que no parecía una confesión ni una disculpa. Mucho menos una limitación que intentara justificar. Lo decía con una mezcla de orgullo y suficiencia, al modo de quien revela una prueba de adaptación exitosa a las exigencias del mundo contemporáneo. “¿Para qué?”, me preguntó cuando tuve la ocurrencia de mencionar una novela. “Todo está resumido en internet”. No recuerdo si lo dijo exactamente con esas palabras, pero sí recuerdo la seguridad con que lo dijo. Las risas fueron inmediatas; varias personas asintieron; nadie pareció sorprendido. Nadie interpretó aquella afirmación como una carencia cultural. Al contrario, la incapacidad —o el desinterés— por leer aparecía revestida de cierta legitimidad práctica, que, por cierto, ya había escuchado antes entre mis estudiantes, incluso universitarios. Leer libros, sugería implícitamente aquella conversación, pertenecía a una época distinta, acaso más lenta, menos eficiente y menos útil.

Pienso que la escena podría parecer anecdótica si no reflejara una transformación cultural mucho más amplia. Personas que leen poco siempre han existido. Tampoco, aunque mucho se diga, existió una edad dorada de la lectura destruida repentinamente por las redes sociales, los celulares o las plataformas digitales. Seamos honestos: nunca hubo una sociedad compuesta mayoritariamente por lectores rigurosos, ciudadanos filosóficos y personas dispuestas a conversar durante horas sobre novelas rusas o tragedias griegas. Sin embargo, algo sí parece haber cambiado para mal. Durante buena parte del siglo XX, admitir públicamente una escasa relación con los libros podía generar cierta incomodidad. Sin idealizar el pasado, existía la idea, correcta o no, de que la lectura constituía un bien cultural deseable. Hoy, en cambio, comienza a emerger una actitud distinta: no solo se lee menos, también se debilita la convicción de que leer importa. La distancia respecto de la Literatura, la Filosofía o la Historia ya no siempre se percibe como una limitación intelectual. En ocasiones, incluso se convierte en una credencial de pragmatismo.

Conviene precisar algo desde el comienzo: no leer no convierte a nadie en una persona moral o intelectualmente inferior. Pensarlo así sería una estupidez clasista, además de una forma bastante pobre de defender los libros. Mucha gente ha permanecido lejos de la lectura por razones económicas, educativas, familiares o laborales. No todos han tenido tiempo, acceso, biblioteca, silencio ni maestros capaces de abrir esa puerta. Mi preocupación apunta hacia otra escena cultural: aquella en la que la distancia respecto de los libros empieza a exhibirse como una prueba de adaptación práctica. Lo que interesa aquí no es juzgar una carencia individual, sino observar el prestigio social que empieza a rodear esa distancia. Que alguien no haya leído una novela en años resulta menos revelador que la posibilidad de convertir ese alejamiento en señal de eficiencia, realismo o inteligencia práctica.

La lectura, sin embargo, no pierde prestigio sola: arrastra consigo a buena parte de la formación humanística. La señal más alarmante no está solo en los planes de estudio, sino en una cultura que empieza a no percibir esa ausencia como una pérdida. Una disciplina puede resistir la censura, la precarización e incluso el desprecio institucional; pero le resulta mucho más difícil sobrevivir a la indiferencia de una sociedad que ya no sabe explicar por qué la necesita.

Los datos disponibles permiten observar algunas dimensiones de esta transformación, aunque conviene mirarlos con cuidado. El Módulo sobre Lectura (MOLEC) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) modificó en 2025 su cobertura y su metodología, de modo que las comparaciones con años anteriores deben hacerse con prudencia. Aun así, sus resultados ofrecen una señal útil: la lectura no ha desaparecido, pero se distribuye de manera desigual entre libros, páginas de internet, redes sociales, revistas, periódicos y otros materiales. En 2025, 62.5 % de la población alfabeta de 12 años y más declaró haber leído libros, mientras que 45.7 % leyó páginas de internet, foros o blogs. El dato permite formular una paradoja más que una simple caída: seguimos leyendo, aunque no siempre bajo formas capaces de sostener una experiencia prolongada de atención e interpretación.

La paradoja contemporánea es que nunca antes habíamos vivido rodeados de tantas palabras. Mensajes, titulares, publicaciones, comentarios, subtítulos, fragmentos de texto, resúmenes automáticos y respuestas generadas por sistemas digitales nos acompañan durante todo el día. No habitamos una cultura muda ni ajena al lenguaje escrito. Habitamos, más bien, una cultura donde el contacto con las palabras se ha vuelto continuo, veloz y fragmentario. No faltan contenidos; falta duración. La estructura del ecosistema digital privilegia la reacción sobre la reflexión y la inmediatez sobre la interpretación. Por eso, la lectura no desaparece: cambia de forma, se dispersa y pierde parte de aquello que la convertía en una experiencia de formación.

Desde la crítica de los medios, Neil Postman comprendió tempranamente que las tecnologías de comunicación no solo transmiten información, sino que modelan las condiciones bajo las cuales una cultura piensa. En Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business, publicado en 1985, reformuló la célebre intuición de Marshall McLuhan sobre el medio y propuso pensar que “the medium is the metaphor”. La frase condensa una intuición decisiva: cada medio no se limita a transportar contenidos, sino que organiza una forma de relación con la realidad. Su diagnóstico, formulado en una época dominada todavía por la televisión, parece haber adquirido una vigencia aún mayor en el presente digital. La información no necesita ser falsa para volverse superficial. Basta con que sea presentada como espectáculo, consumida como entretenimiento y abandonada antes de que pueda transformarse en juicio. Hoy, la pantalla ya no solo entretiene: educa la atención, administra la paciencia y define qué tipo de discurso resulta soportable.

Ese cambio no se queda en la literatura ni en la industria editorial. Termina entrando en la escuela, ya que modifica lo que esperamos de la atención, del conocimiento y del tiempo. Durante décadas, la escuela fue entendida como una institución destinada a cumplir dos funciones simultáneas. Por una parte, debía preparar a las personas para participar en la vida económica. Por otra, debía introducirlas en una conversación cultural más amplia acerca de la historia, la política, la ética, el arte y el significado de la experiencia humana. Hoy, la primera función parece expandirse mientras la segunda se contrae. La educación se justifica cada vez más por su capacidad de producir competencias útiles, trayectorias laborales competitivas y resultados medibles. En cambio, todo aquello que no pueda traducirse de inmediato en productividad comienza a ocupar una posición marginal, defensiva o decorativa.

Lo he visto en situaciones concretas. En una clase propuse la lectura completa de un libro y, antes de preguntar por el tema, por el autor o incluso por la dificultad del texto, alguien quiso saber si existía un resumen, un video explicativo o alguna versión abreviada que permitiera “entender lo importante”. No lo menciono para caricaturizar a los estudiantes: muchos trabajan, viajan durante horas o cargan con condiciones materiales que la escuela suele ignorar. La escena me parece reveladora por otra razón. Incluso antes de enfrentarse al texto, varios ya habían aprendido a identificar la comprensión con la extracción rápida de una utilidad. El libro aparecía, antes de abrirse, como algo que debía abreviarse. La lectura dejaba de ser una experiencia y quedaba reducida a trámite.

En Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities —publicado en español como Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades—, Martha C. Nussbaum ha descrito este fenómeno como una crisis silenciosa de alcance global. Su preocupación no se reduce a la pérdida de ciertas asignaturas dentro de los programas educativos, sino al debilitamiento de las condiciones culturales que permiten formar ciudadanos críticos. La advertencia importa, puesto que una sociedad puede empobrecer su vida democrática al mismo tiempo que mejora sus indicadores de eficiencia. En ese marco, la educación queda cada vez más expuesta a mediciones de rendimiento, empleabilidad o productividad, como si el objetivo principal de la escuela consistiera en producir trabajadores adaptables y no individuos capaces de comprender el mundo que habitan.

La Literatura y la Filosofía rara vez desaparecen por decreto. Suelen perder lugar de un modo menos dramático: primero se las tolera como complemento, luego se las justifica como adorno y finalmente se les exige probar su utilidad en un idioma que no les pertenece. Preguntas como “¿para qué sirve estudiar Filosofía?” o “¿qué oportunidades laborales ofrece la Historia?” revelan algo más que una preocupación razonable por el futuro profesional; presuponen que el valor de un conocimiento depende de su rentabilidad directa. Así, la formación humanística comienza a parecer un lujo cultural reservado a quienes disponen de tiempo libre, cuando en realidad constituye una condición fundamental para la ciudadanía democrática.

Bourdieu ayuda a ver que este cambio no es inocente. En La distinción —publicada originalmente en francés en 1979 y traducida al inglés como Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste—, el sociólogo francés sostuvo que “Taste classifies, and it classifies the classifier”. La frase resulta decisiva porque muestra que aquello que una sociedad considera valioso nunca es completamente neutral. El gusto, la cultura y las formas de prestigio social no flotan en el aire: participan en la reproducción de jerarquías. Durante mucho tiempo, la lectura funcionó como una forma de capital cultural, a veces incluso como mecanismo de distinción elitista; no conviene olvidarlo. Sin embargo, la novedad contemporánea es más ambigua. Ya no se trata únicamente de que ciertos grupos usen la lectura para diferenciarse, sino de que amplios sectores comiencen a valorar su abandono como señal de eficiencia, realismo o adaptación. En otras palabras, la renuncia a leer también clasifica. Dice algo sobre el mundo al que aspiramos, sobre las habilidades que premiamos y sobre las formas de inteligencia que estamos dispuestos a reconocer.

Por eso, defender la lectura no puede significar defender una idea aristocrática de la cultura. Leer no debería ser un adorno de clase ni un ritual de superioridad moral. Tampoco se trata de despreciar otros saberes, otras formas de experiencia o nuevas maneras de producir conocimiento. No sostengo que la Literatura deba ocupar el lugar de todas las cosas ni que quien no lea novelas carezca de sensibilidad, inteligencia o dignidad. Lo decisivo no es imponer un mismo repertorio de libros para fabricar personas cultas, sino preguntarse si una sociedad puede seguir siendo democrática cuando deja de formar sujetos capaces de leer con profundidad aquello que ocurre a su alrededor.

Leer, en sentido profundo, no es una práctica ornamental: es una forma de entrenamiento del juicio. Quien lee aprende a distinguir matices, a demorarse ante la ambigüedad, a reconocer voces distintas de la propia y a sospechar de las explicaciones demasiado simples. Ninguna de esas habilidades aparece espontáneamente en una sociedad saturada de información. Por el contrario, casi todo parece empujarnos en la dirección opuesta: opinar antes de comprender, reaccionar antes de interpretar, compartir antes de verificar, condenar antes de pensar. La lectura no garantiza por sí sola una ciudadanía lúcida, pero su debilitamiento sí empobrece las condiciones culturales que hacen posible la lucidez.

El epígrafe de George Steiner apunta precisamente hacia esa dimensión incómoda de la lectura. En Language and Silence: Essays on Language, Literature, and the Inhuman, Steiner entiende el acto de leer bien como una experiencia capaz de volver vulnerable la propia identidad, porque ningún encuentro verdadero con un texto deja intactas nuestras certezas. Esta idea resulta casi incompatible con la lógica dominante del consumo cultural contemporáneo. Hoy se nos invita a buscar contenidos que confirmen nuestras preferencias, refuercen nuestras opiniones y se adapten a nuestros hábitos. La lectura exigente, en cambio, no siempre confirma: incomoda, demora, contradice, hiere el narcisismo de la opinión inmediata. Tal vez por eso importa: porque introduce una interrupción en la circulación veloz de afirmaciones con las que una sociedad se entretiene a sí misma.

El asunto se vuelve todavía más complejo ante la expansión de tecnologías capaces de producir información a una escala sin precedentes y, por supuesto, ante la presencia de sistemas que hemos convenido en llamar inteligencia artificial. Nunca había sido tan fácil obtener una respuesta y, al mismo tiempo, nunca había sido tan necesario preguntarse qué significa comprender. La disponibilidad instantánea de resúmenes, explicaciones, imágenes, diagnósticos y textos automatizados puede producir una ilusión cómoda: creer que el conocimiento se democratiza simplemente porque se vuelve más accesible. Empero, acceder a información no equivale a interpretarla. Delegar la interpretación en sistemas automatizados puede debilitar precisamente aquellas capacidades que la lectura profunda ayudaba a formar: paciencia argumentativa, memoria cultural, imaginación moral y resistencia ante la simplificación.

No me preocupa solo que las máquinas escriban o lean por nosotros. Me preocupa que acabemos ajustando nuestra inteligencia a la forma en que ellas procesan el mundo. Si el conocimiento se reduce a síntesis rápidas, respuestas funcionales y contenidos inmediatamente utilizables, la educación comenzará a organizarse alrededor de una pregunta empobrecida: no qué significa algo, sino para qué sirve en este instante. La lectura de libros, especialmente de aquellos que no ofrecen una utilidad inmediata, aparece entonces como una forma de resistencia. No porque el libro sea moralmente superior a cualquier otra tecnología, sino porque todavía conserva una relación particular con el tiempo, la atención y la dificultad; es decir, con aquello que una cultura acelerada suele considerar un obstáculo.

La dimensión política de esta crisis aparece precisamente ahí. Las democracias no dependen únicamente de elecciones periódicas, instituciones formales o procedimientos legales. Dependen de ciudadanos capaces de deliberar, interpretar argumentos, reconocer contradicciones, situar los hechos en una temporalidad histórica y distinguir entre persuasión racional y manipulación emocional. Esa deliberación no surge espontáneamente: requiere comprensión lectora, pensamiento argumentativo, sensibilidad histórica y disposición para considerar perspectivas distintas de la propia. En otras palabras, requiere precisamente aquellas habilidades que las Humanidades han cultivado por siglos.

En México, esta discusión adquiere una urgencia particular. No faltan cifras, testimonios, denuncias, imágenes, diagnósticos ni opiniones sobre los problemas que atraviesan la vida pública. Lo que falta con demasiada frecuencia es una cultura capaz de leer todo eso sin reducirlo a ruido, consigna o indignación pasajera. Una sociedad puede estar rodeada de información y, aun así, no comprender lo que esa información significa. Comprender exige algo más que exposición repetida a los hechos; exige tiempo, memoria, lenguaje, imaginación moral y capacidad de relación. Allí la lectura y las Humanidades conservan una función pública decisiva.

De ahí que las Humanidades no puedan reducirse a un repertorio de asignaturas. En ellas se conserva una forma de relación con lo distinto: otras vidas, otros tiempos, otras preguntas, otras maneras de nombrar la realidad. Ninguna de esas prácticas garantiza virtud, por supuesto. Haber leído mucho no convierte automáticamente a nadie en mejor persona; pero una sociedad que abandona sistemáticamente esos encuentros reduce sus posibilidades de formar ciudadanos capaces de mirar más allá de su conveniencia inmediata.

Ese desajuste se agrava bajo la presión contemporánea del rendimiento. Buena parte de nuestra vida social se organiza alrededor de la productividad, la optimización personal y el aprovechamiento permanente del tiempo. En semejante contexto, leer una novela de seiscientas páginas, estudiar historia antigua o dedicar horas a una pregunta filosófica puede parecer improductivo; no porque carezca de valor, sino porque su valor llega tarde, no siempre se deja exhibir y rara vez produce resultados inmediatos. La lectura exige tiempo sin rendimiento visible. Por eso incomoda: porque conserva una relación con la atención y la dificultad que una cultura acelerada suele considerar un obstáculo.

Al volver sobre la escena inicial, la anécdota adquiere otro significado. No era alarmante únicamente que aquel joven no leyera libros, ni la ligereza con que convertía los resúmenes de internet en sustitutos de la experiencia lectora. Lo más revelador era que la ausencia de lectura hubiera dejado de percibirse como una limitación. Las risas que acompañaron su comentario mostraban algo más profundo que cualquier estadística: una cultura donde la relación con el conocimiento empieza a evaluarse según criterios de utilidad inmediata y donde la formación intelectual corre el riesgo de volverse una actividad excéntrica. Tal vez ninguna encuesta pueda medir por completo ese cambio. Cuando una sociedad deja de sentir que pierde algo al abandonar la lectura, probablemente ya ha comenzado a olvidar para qué servían los libros.

No sabemos si las sociedades del futuro leerán más o menos que las actuales. De igual modo, no sabemos qué formas adoptará la educación en las próximas décadas ni qué lugar ocuparán los libros en un mundo atravesado por tecnologías cada vez más sofisticadas. Lo que sí sabemos es que ninguna democracia puede sostenerse indefinidamente sobre ciudadanos incapaces de interpretar críticamente el mundo que habitan. Una sociedad puede producir más ingenieros, más programadores, más especialistas y más técnicos sin que ello represente problema alguno. De hecho, necesita hacerlo. No obstante, también necesita ciudadanos capaces de preguntarse para qué sirven esos conocimientos, qué consecuencias producen y qué tipo de vida colectiva ayudan a construir.

Las Humanidades nacieron para formular precisamente esas preguntas. Por ello su vigencia. El signo más preocupante de su debilitamiento no está solo en la reducción de asignaturas, ni en la caída estadística de los índices de lectura, ni siquiera en la expansión de tecnologías capaces de resumirlo todo. Comienza cuando una sociedad aprende a tratarlas como un excedente. Una cultura puede seguir produciendo información indefinidamente; puede multiplicar pantallas, datos, imágenes, opiniones y respuestas automáticas. Lo que no puede hacer, al menos no por mucho tiempo, es conservar su libertad si deja de formar personas capaces de interpretar lo que todo eso significa. No leemos solo menos; estamos aprendiendo, poco a poco, a vivir como si ya no necesitáramos lectores para comprendernos a nosotros mismos.