Elías Beltrán, la memoria viva del folclore en Maipú: «Hoy la fantasía se ha tomado los escenarios y muchas veces no tiene ningún significado»
A sus 83 años, el cantor maipucino Elías Beltrán repasa seis décadas de música e investigación folclórica desde su casa en La Farfana.

Es su refugio y a la vez su espacio de creación: una vivienda de dos pisos, impecablemente ordenada y acomodada, señal clara de la disciplina cotidiana que mantiene don Elías Beltrán a sus 83 años, a pesar de vivir solo. La Voz de Maipú llegó a su casa en el barrio de La Farfana, un sector apacible de Maipú.
En el segundo nivel está instalada su oficina: al ingresar, la vista se topa de inmediato con paredes tapizadas de cuadros con diplomas, reconocimientos y fotografías en blanco y negro que resumen más de seis décadas dedicadas a la música tradicional chilena. A un costado, montó su propio estudio de grabación, con mesa de sonido, parlantes de monitoreo, instrumentos de cuerda y estantes cargados de discos y cintas.
Antes de encender la grabadora, don Elías nos muestra con orgullo algunas piezas históricas que guarda como reliquias: puntas de flecha metálica de origen hispano-indígena encontradas en la cordillera y pipas ceremoniales de piedra. En la esquina de su sofá descansa una pequeña pelota. Se ríe al tomarla y recuerda que en su juventud jugó un partido de palín de casi ocho horas en el sur representando a una asociación mapuche de Santiago, del que terminó con los pies destrozados y aliviándose en las aguas de un río.
Esa energía no es casual. Beltrán fue cinturón negro de karate y futbolista en clubes como Florida Loma Blanca y Goodyear, donde llegó a disputar el torneo regional hasta que una fractura en el hombro en Melipilla lo alejó de las canchas. De esas disciplinas deportivas conservó hábitos que no transa: todas las mañanas realiza 80 flexiones de brazo, 80 sentadillas, trabajo de piernas y rutina de respiración diafragmática, indispensables para mantener la voz y cantar.

Foto: Elías Beltrán – LVDM
El amor que afinó la guitarra
Aunque el gusto musical despertó en su niñez al escuchar a sus abuelos tocar guitarra religiosamente cada tarde, entre las 17:00 y las 20:00 horas, su ingreso definitivo al folclore tuvo nombre y apellido: Sylda Pineda, su esposa. Se casaron jóvenes en el Club de Carabineros —él con 21 años y ella con 16—, etapa en la que Beltrán ya trabajaba como supervisor de ventas en la empresa Bresler, lo que le permitió comprar su primer vehículo a los 20 años y estabilizarse económicamente para formar su hogar con tres hijos (dos mujeres y un varón).
—La verdad es que mi señora me llevó al folclore —la recuerda con mucho amor luego de su fallecimiento hace 6 meses—. Ella ingresó a un conjunto de danza de un colegio de monjas en Segunda Transversal con Gandarillas. Todos los fines de semana me decía “voy a ensayar, ¿por qué no vas conmigo?”. Yo la acompañaba porque me gustaba verla bailar. El grupo lo dirigían dos excelentes profesores, los hermanos Bruna: uno hacía la música y el otro la danza. De tanto ir a verla, me dijeron: “¿Y tú por qué no ayudas o cantas?”. Les dije que tocaba la guitarra. “Listo, quedaste de guitarrista y cantor”. Ahí empecé a amar el folclore sin condiciones. Mis referentes fueron los hermanos Bruna y mi señora.
Más tarde fundó el grupo Calicanto y posteriormente la Agrupación Nehuén, con los que realizó giras por Argentina y viajó en tres oportunidades a festivales culturales en México. De aquellas visitas atesora una anécdota en el histórico Teatro Degollado de Guadalajara: al salir a escena, el micrófono tenía el volumen al máximo y su primera nota provocó un estruendo que hizo saltar a los espectadores de sus butacas pensando que era un disparo, desatando una carcajada general del público y un ataque de risa en él que obligo a los músicos a reiniciar la entrada tres veces.
Su consagración como recopilador e investigador también le abrió puertas institucionales inéditas. Tras componer y registrar la Cantata Mapuche, directivos de la Conadi conocieron la obra y lo citaron a una entrevista técnica en castellano y mapudungún. Tras comprobar su dominio y difusión del patrimonio indígena, la entidad estatal le otorgó la nacionalidad mapuche por gracia, un reconocimiento que ostenta con profundo orgullo.

Foto: Elías Beltrán – LVDM
Contra la fantasía en los escenarios
Al consultarle por el estado actual de la música tradicional y las nuevas generaciones, su tono adquiere un matiz reflexivo y crítico.
—Pusiste el dedo en la llaga —afirma—. Hoy por hoy el folclore que se hace, que yo no lo critico, pero digo que podría agregársele más verdad y realidad, tiene mucha fantasía. Cosas que a uno no le gustan (…) Fui muy amigo de Margot Loyola de folcloristas que ya partieron. Me voy quedando solo. Pero de ellos aprendí mucho, y sobre todo aprendí en terreno. Si una danza se daba en Colchagua o en Curicó, partíamos para allá a conversar con las personas que la recogieron para saber el cómo y el porqué (…) Hoy en día la fantasía se ha tomado los escenarios, y esa fantasía muchas veces no tiene ningún significado.

Foto: Elías Beltrán – Archivo
El Maipú de antaño
Su memoria también guarda con nitidez la evolución urbana y social de Maipú, comuna donde ha dictado charlas sobre la Batalla de Maipú y a la que arribó cuando casi no existía pavimento.
—Llegué cuando la única calle pavimentada era O’Higgins, porque pensaban que por ahí correría la locomoción, pero nunca entró una micro (…) Yo para ir a estudiar al Liceo Manuel Barros Borgoño, en calle San Diego, había que caminar en invierno con escarcha hasta detrás de El Chancho con Chaleco para tomar la micro, daba la vuelta por Cerrillos y luego tomar otra por Pajaritos. Era un sacrificio diario.
Esa nostalgia pueblerina quedó plasmada en los versos de su composición “Maipú de antaño”:
“Ese Maipú de antaño se me vino a la memoria / perfumado de magnolias, caminando con sus años / caminando con sus años se vino apareciendo / navegando con el tiempo, como si fuese un anciano / ese Maipú de antaño tiene calles de tierra / tiene árboles añosos, tiene canales y lomas / a chacra y sauce su aroma / y tiene gente noble y buena…”.
—En ese tiempo las vacas comían pasto en la plaza —remata—. La locomoción era difícil, pero la gente era noble y buena. Podías salir a las tres o cuatro de la mañana a caminar con total confianza y no te pasaba nada. Los borrachitos llegaban sanos a sus casas; hoy en día los asaltan y los dejan en calzoncillos.

Foto: Elías Beltrán – Archivo
La raíz por sobre el espectáculo
Al hablar de las infancias, Beltrán asegura que le emociona ver a niños pequeños compitiendo y zapateando en campeonatos de cueca, pero no oculta su molestia por las modificaciones estéticas introducidas en los certámenes escolares:
—No me gusta, y no quiero que nadie se sienta (…) es que hayan modificado el vestido de la china. La china es la mujer del huaso, representa a la campesina (…) ¿Dónde se ha visto a una campesina con seis enaguas? (…) En mi conjunto el vestuario siempre fue su enagua y el vestido sencillo, como corresponde. Inventaron una costumbre para los concursos y la terminaron copiando.
A sus 83 años, con su catálogo disponible en Spotify —donde destacan temas patrimoniales como Puente de Calicanto, obra que rescata la historia de la edificación colonial—, Elías Beltrán siente que su trabajo no ha sido en vano. Agradece que directores de conjuntos y músicos sigan acudiendo a su casa en La Farfana para pedirle consejo y material de archivo.
—A las nuevas generaciones les diría que cuando tomen el folclore, lo estudien y lo investiguen a fondo. Para que nadie les diga que eso no es así, para que estén al resguardo. Tengan una base para defender lo que hacen.
Mientras tanto don Elías mantiene su agenda activa sobre los escenarios: para estas Fiestas Patrias, dirá presente con un tradicional Esquinazo dieciochero el próximo 18 de septiembre a las 11:00 horas en la Marisquería «El Corsario».

Foto: Elías Beltrán – LVDM



