[Parte I] Chile entre dos pulsiones: el miedo al retroceso y la tentación de refundarlo todo

El psicólogo Ricardo Cornejo critica la política chilena por operar como campo de experimentación moral, impulsada por emociones colectivas que impiden el pensamiento crítico y empujan a soluciones extremas, lejos de la vida real.

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Ricardo Cornejo, psicólogo clínico con más de 14 años de trayectoria, se ha especializado en depresión, ansiedad, crisis vitales, fobias, y orientación vocacional y laboral. En esta primera parte de su columna de opinión, el autor critica la política como campo de experimentación moral, que oscila entre la instalación del miedo al retroceso de derechos y la pulsión de refundarlo todo desde cero. Asimismo, hace un llamado a la prudencia frente a los discursos grandilocuentes:

Esta no es una defensa de la izquierda ni de la derecha. Es una reflexión crítica sobre lo que ocurre cuando la política, desde distintos signos, deja de mirar la vida concreta de las personas y comienza a tratar al país como un campo de experimentación moral.

Es probable que muchos lean el momento actual de Chile en clave binaria: como el triunfo de un sector sobre otro, o como la derrota cultural de una sensibilidad frente a su adversario. Pero esa lectura, aunque comprensible, resulta insuficiente. No todo lo que está ocurriendo puede reducirse al viejo reflejo de izquierda contra derecha. Y quizá uno de los mayores problemas de nuestra época sea precisamente ese: la imposibilidad de pensar fuera de ese marco, como si toda reflexión debiera, de inmediato, enrolarse en una trinchera.

La reciente elección presidencial ha reactivado temores reales en sectores importantes de la población. Para muchas mujeres, para minorías y para quienes entienden ciertos avances en derechos como conquistas todavía frágiles, el nuevo escenario despierta una inquietud concreta. Ese temor merece ser tomado en serio. Sería intelectualmente deshonesto minimizarlo o tratarlo como una simple exageración partidaria. Cuando una parte de la sociedad teme perder garantías, reconocimiento o resguardos, no estamos frente a un exceso retórico, sino frente a una señal que debe ser escuchada.

Pero sería igual de deshonesto ignorar la otra dimensión del problema. Chile también ha vivido, en años recientes, una pulsión refundacional intensa. Frente a abusos reales, desigualdades persistentes y una crisis evidente de confianza institucional, parte de la izquierda habló a veces como si todo lo existente fuese irreparable, como si cada continuidad fuera sospechosa y cada institución heredada fuera, por definición, un obstáculo moral. Allí apareció otra ilusión peligrosa: no ya la de reformar lo que estaba mal, sino la de sospechar de toda permanencia, como si la mera existencia de una estructura previa bastara para condenarla.

Entre ambos movimientos hay una tensión evidente. Por un lado, el riesgo del retroceso en derechos. Por otro, el riesgo de creer que una sociedad puede desmontarse y rehacerse sin costos profundos. Y, sin embargo, el pensamiento crítico exige resistirse a ambos automatismos. Exige desconfiar de quienes quieren restaurar orden estrechando libertades, pero también de quienes quieren alcanzar justicia destruyendo estabilidad. Exige no enamorarse ni de la reacción ni de la refundación.

Tal vez el problema de fondo no sea solo político, sino también psicológico. Las sociedades, igual que las personas, no reaccionan únicamente desde la razón, sino también desde el miedo, la fatiga, la frustración y el deseo de control. En Chile, una parte del país parece moverse desde el temor a perder resguardos y derechos; otra, desde el agotamiento frente a instituciones que considera fracasadas o moralmente exhaustas. Entre ambos polos emergen dos impulsos poderosos: la defensa ansiosa de lo conquistado y la tentación emocional de comenzar desde cero. El riesgo aparece cuando esas pulsiones sustituyen al pensamiento crítico y la política deja de orientarse por prudencia para empezar a orientarse por reacción.

Porque en el fondo no solo estamos discutiendo proyectos de país. También estamos viendo cómo emociones colectivas no resueltas —miedo, rabia, cansancio, desconfianza, necesidad de certidumbre— empujan a la política hacia soluciones extremas. Una parte del país quiere aferrarse a lo que siente amenazado; otra quiere romper con aquello que asocia al abuso, la desigualdad o la frustración acumulada. Ambas respuestas son comprensibles. Lo que deja de ser comprensible es convertir esas emociones en programa total.

Cuando una sociedad se polariza, no solo se divide políticamente; también se rigidiza psicológicamente. Pierde capacidad de matiz, reduce su tolerancia a la ambigüedad y empieza a leer toda diferencia como amenaza. En ese clima, el pensamiento crítico se vuelve incómodo, porque obliga a sostener complejidades que ni el miedo ni la épica toleran bien. Pensar de verdad exige aceptar que puede haber temores legítimos en sectores distintos, que puede haber razones parciales en posiciones opuestas, y que la realidad rara vez cabe completa en el lenguaje de una sola ideología.

El caso de Carabineros ilustra bien esta dificultad. La institución ha sido severamente cuestionada y con motivos que no pueden banalizarse. Pero al mismo tiempo, para una parte importante de la población, sigue siendo una pieza básica del orden cotidiano, de la seguridad y de la presencia efectiva del Estado.

Pensar críticamente este tema no implica ni blindar a Carabineros de toda crítica ni celebrar su debilitamiento como si el vacío institucional no tuviera consecuencias. Implica asumir una verdad menos cómoda: hay instituciones que deben reformarse profundamente precisamente porque son demasiado importantes como para entregarlas a la impunidad o al colapso.

Ese matiz, sin embargo, le resulta insoportable a la lógica política contemporánea. La política actual prefiere simplificar. Obliga a elegir bando antes de elaborar juicio. Si criticas una pulsión autoritaria, se te empuja a un lado. Si criticas el delirio refundacional, se te empuja al otro. Y así, lentamente, pensar se vuelve sospechoso, porque pensar de verdad implica no obedecer del todo a ninguna tribu.

No escribo estas líneas desde una identidad ideológica cerrada, ni desde la intención de defender a un sector atacando al otro. Se trata, más bien, de una reflexión crítica sobre un país tensionado, sobre una sociedad cansada, sobre la distancia cada vez más evidente entre el lenguaje de la política y la experiencia concreta de las personas. Porque mientras la discusión pública se organiza en relatos épicos, morales o refundacionales, la vida real sigue ocurriendo en otra parte: en los cuerpos, en las familias, en el trabajo, en la enfermedad, en el miedo a perder estabilidad, en la necesidad simple y a veces desesperada de sostener una vida digna.

Y es justamente desde esa distancia entre discurso político y experiencia humana que surge la pregunta que me interesa: cuando se habla con tanta facilidad de ruptura, de reordenamiento histórico o de grandes giros de época, ¿se piensa realmente en las personas que deberán soportarlo en sus cuerpos, en su economía, en su salud y en su vida cotidiana?

La segunda parte de esta columna la encuentras en la sección Opinión de La Voz de Maipú.

Ricardo Cornejo

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