¿Por qué Chile responde con recetas cuando quiere hacer daño en redes sociales?
Una columna de opinión propone que el bombardeo de recetas chilenas en comentarios de internet no es simple humor, sino una forma de marcar territorio digital en tiempos de conflicto simbólico.

Hay algo extraño ocurriendo en internet. Cada vez que Chile se siente atacado —por una derrota futbolística, una polémica internacional, un artista que habló mal del país o una controversia que moviliza orgullo nacional— los comentarios comienzan a llenarse de recetas chilenas. Recetas completas que son traídas de otros sitios de la web y practicamente copiadas y pegadas, con sus textos eternos. Porotos con riendas, cazuela, charquicán, pantrucas, chupe de jaiba, humitas, empanadas, entre otras. Con instrucciones detalladas sobre cómo sofreír cebolla, cuánto tiempo dejar remojando los porotos o cuándo agregar el zapallo, todo esto ocurriendo en espacios donde la comida aparentemente no tiene ninguna relación con la conversación original.
A primera vista parece simplemente humor sin sentido. Otro meme chileno dentro del caos algorítmico contemporáneo. Pero mientras más observaba este fenómeno, más me daba la impresión de que ahí estaba ocurriendo algo bastante más profundo. Porque la gente de nuestro país no parece compartir recetas únicamente para hablar de comida. Mi hipótesis es otra: se está construyendo un Chile en internet. Una territorialización de nuestra identidad nacional en la web, entendida como el proceso mediante el cual una comunidad produce pertenencia, reconocimiento y ocupación simbólica dentro de espacios mediados por plataformas digitales. En ese proceso, los alimentos comienzan a funcionar como artefactos culturales de reconocimiento colectivo, marcación simbólica y ocupación territorial del espacio virtual.
Durante décadas, la geografía pensó el territorio principalmente desde su dimensión material: fronteras, ciudades, paisajes y formas de ocupación física del espacio. Sin embargo, autores como Milton Santos señalaron hace tiempo que el espacio geográfico no podía comprenderse únicamente desde lo físico, sino también desde los sistemas técnicos, la circulación de información y las relaciones sociales que organizan la vida contemporánea. El territorio nunca fue solamente tierra. También fue interacción, comunicación y flujo. En ese sentido, las plataformas digitales pueden entenderse hoy como nuevas espacialidades donde las comunidades continúan construyendo vínculos territoriales, aunque ya no dependan exclusivamente de la proximidad geográfica para hacerlo.
Vivimos entre algoritmos. Habitamos timelines, es decir, flujos de información organizados por plataformas digitales donde se producen conversaciones, afectos y disputas simbólicas en tiempo real. Ocupamos una especie de Matrix donde gran parte de nuestras relaciones, conversaciones y disputas simbólicas ocurren mediadas por la virtualidad. Y quizás por eso las recetas comienzan a adquirir un rol tan interesante dentro de internet. Porque funcionan como códigos culturales inmediatos. Cuando una persona comenta una receta chilena en medio de una discusión en la red, no solo está hablando de cocina. Está activando una referencia cultural reconocible para otros. Hay memoria cotidiana ahí. Hay humor nacional. Hay una estética compartida de lo doméstico, de la cocina familiar y de ciertos códigos profundamente reconocibles dentro de la cultura popular chilena.
Quizás por eso las recetas aparecen especialmente en contextos de pelea o confrontación digital: porque permiten marcar presencia colectiva dentro de espacios globalizados y algorítmicos. Decir simbólicamente: “Chile está aquí”, poner nuestra flamante bandera tricolor, incluso con íconos. El sociólogo Jorge Larraín ha señalado que las identidades nacionales no son esencias estáticas, sino construcciones culturales e históricas que suelen fortalecerse especialmente en contextos de conflicto, diferenciación y cohesión simbólica. En Chile, guerras, disputas territoriales y relatos patrióticos ayudaron históricamente a consolidar ciertas formas de “chilenidad”. Incluso hoy, fenómenos masivos como el fútbol continúan activando mecanismos de reconocimiento colectivo donde las comunidades producen sentidos de pertenencia y distintos “nosotros” a diferentes escalas territoriales —locales, regionales, nacionales e incluso digitales— mediante símbolos culturales compartidos. Quizás internet está produciendo una nueva escala de aquello. No mediante conflictos militares tradicionales, sino mediante disputas simbólicas y algorítmicas donde las comunidades continúan necesitando reconocerse colectivamente. Y en el caso chileno, una de las formas más visibles de ese reconocimiento parece estar ocurriendo mediante referencias alimentarias compartidas.
Las ideas de Rogério Haesbaert ayudan mucho a pensar este fenómeno. Cuando Haesbaert habla de multiterritorialidad, plantea que las personas ya no habitan un único territorio fijo y estable, sino múltiples territorialidades simultáneas – materiales, culturales, políticas, simbólicas – y esta idea hoy se puede extrapolar también a los espacios digitales. Tal vez eso es precisamente lo que estamos viendo en redes sociales. Comunidades dispersas geográficamente – compatriotas en Maipú, Punta Arenas, Talcahuano, Canadá, Suecia, Australia o cualquier lugar – que continúan produciendo pertenencia mediante códigos culturales compartidos. Y uno de los códigos más eficaces sigue siendo la comida.
Porque los alimentos son los mapas del territorio. Guardan memoria familiar, afectos, temporalidades, lenguaje cotidiano y formas específicas de habitar el mundo. Como señalaba Arjun Appadurai, la comida nunca es una práctica neutra; esta expresa relaciones sociales, formas de poder e identidades colectivas. Lo interesante es que internet no eliminó eso. Lo amplificó.
Sin embargo, creo que aquí aparece algo todavía más incómodo de reconocer. Las recetas no parecen estar funcionando únicamente como símbolos de identidad nacional positiva o nostalgia culinaria. En muchos casos aparecen precisamente en contextos de confrontación, invasión de comentarios, funa o conflicto digital. Las recetas desplazan conversaciones, saturan espacios y producen reconocimiento inmediato entre compatriotas. Operan casi como formas de ocupación simbólica del espacio digital, o simplemente como armas de guerra que se usan para atacar por internet, quitando el riesgo de que nos bloqueen las cuentas.
Y ahí la pregunta cambia completamente. Porque quizás las recetas también están funcionando como artefactos culturales mediante los cuales las comunidades marcan presencia, producen reconocimiento colectivo y ocupan simbólicamente espacios de interacción digital. Lo que se conoce como “marcar territorio”, pero con nuestras recetas.
La idea no es tan extraña si pensamos que históricamente los alimentos nunca han sido completamente neutros. En investigaciones previas sobre el mezkeñ (merken) y los procesos de territorialización nagche, observé cómo cierto tipo de alimentos podían funcionar también como tecnologías territoriales vinculadas a expansión, resistencia y tensión cultural. Tal vez internet está produciendo una nueva escala de aquello. Porque puede que las guerras territoriales tradicionales hayan disminuido, pero las comunidades continúan necesitando producir reconocimiento, marcar presencia y disputar simbólicamente espacios colectivos. Y quizás, dentro de internet, una de las formas más eficaces para hacerlo sea mediante referencias alimentarias profundamente reconocibles para quienes comparten una identidad cultural común.
Esta columna presenta una hipótesis asociada a procesos de territorialización que he venido estudiando desde hace años en la geografía de la alimentación, particularmente a través de cómo ciertos alimentos permiten leer transformaciones culturales, sociales y territoriales. Sin embargo, esta vez la pregunta avanza hacia otro espacio: el territorio digital. Porque quizás lo que estamos observando en redes sociales no es únicamente humor, viralización o memes. Tal vez estamos viendo nuevas formas de construcción territorial dentro de una hiperrealidad algorítmica donde las comunidades continúan necesitando producir pertenencia mediante códigos culturales compartidos.
Y ahí los alimentos vuelven a aparecer como mapas. O más precisamente: como dispositivos culturales capaces de cartografiar territorialidades emergentes. La innovación de esta propuesta no está solamente en observar recetas circulando en internet, sino en plantear metodológicamente que los alimentos continúan funcionando como herramientas para leer transformaciones territoriales contemporáneas. Solo que ahora esas transformaciones también ocurren dentro de espacios virtuales. Porque quizás internet no eliminó el territorio. Quizás simplemente modificó sus escalas, sus soportes y sus formas de manifestación.
Y tal vez, las recetas chilenas circulando masivamente en comentarios son una expresión de aquello: mecanismos de reconocimiento colectivo dentro de una era digital donde las comunidades continúan produciendo identidad nacional mediante aquellas recetas. Porque puede que las redes sociales no solo estén produciendo contenido. Puede que también estén produciendo territorio.
Finalmente, Chile parece estar construyendo su región número 17. Esta no está delimitada por ese cielo azulado, ni por ese mar que tranquilo nos baña, sino por algoritmos, comentarios y códigos culturales compartidos. Allí también se habla de comida. Allí también existen los territorios alimentarios.
¡Viva Chile, mierda!



