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La utilidad invisible de los humedales

En esta columna de opinión, Carolina Silva Lobo, directora de Redfugio; Felipe Kong López, académico Facultad de Educación UDP; y Marcelo Garrido González, director de Pedagogía en Educación General Básica UDP, exponen los principales beneficios que entregan los humedales, como regular inundaciones, depurar el agua y capturar carbono, funciones que desaparecen si se reduce su superficie sin evidencia científica que lo respalde.

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La utilidad invisible de los humedales
La utilidad invisible de los humedales

Cuando el Presidente cuestionó la relevancia del humedal Rocuant-Andalién al preguntar si “vamos a tener un humedal de 1.500 hectáreas que nadie usa”, reabrió una discusión que trasciende cualquier proyecto particular: ¿bajo qué criterios definimos el uso de un territorio? Una mirada centrada únicamente en la infraestructura, la actividad económica y la presencia humana puede convertir estos ecosistemas en espacios aparentemente vacíos. Sin embargo, un humedal sostiene silenciosamente procesos vitales para la seguridad, el bienestar y la estabilidad de las comunidades.

Es importante recordar que los humedales actúan como reguladores hídricos naturales, absorbiendo excedentes de agua y mitigando el riesgo de inundaciones catastróficas. Funcionan como riñones del paisaje, depurando contaminantes y nutrientes antes de que alcancen otros ecosistemas, mientras sus suelos y vegetación capturan carbono, actuando como aliados silenciosos frente a la crisis climática. En el borde costero, operan como barreras protectoras que disipan la energía de eventos extremos, cumpliendo funciones que, una vez perdidas, las ciudades intentan replicar con intervenciones de ingeniería de altísimo costo. La gran contradicción radica en que solo solemos valorar estos servicios ecosistémicos gratuitos cuando el daño ya es irreversible y la protección natural ha desaparecido.

La expresión “nadie usa” reduce el valor de un territorio a su utilidad humana inmediata. Sin

embargo, los humedales son espacios intensamente habitados: peces, anfibios, insectos, plantas y aves dependen de ellos para alimentarse, refugiarse y reproducirse. Muchos humedales costeros, además, integran rutas migratorias que conectan ecosistemas separados por miles de kilómetros.

Cada verano, aves provenientes de Norteamérica, incluso de Alaska, encuentran en Chile lugares

esenciales para descansar y alimentarse. Aquello que la mirada humana percibe como un paisaje

silencioso constituye, para estas especies, una estación decisiva de su ciclo vital. Esta diferencia

exige ampliar nuestros criterios de valoración y reconocer la importancia de cada territorio más allá de la ocupación humana.

La discusión sobre Rocuant-Andalién también exige mayor precisión al comparar superficies. Un

humedal de 1.500 hectáreas difícilmente puede equipararse a otro de 500, pues estos ecosistemas funcionan como redes interdependientes de agua, vegetación, especies, sedimentos, mareas, clima y comunidades humanas. Reducir su extensión puede alterar la dinámica hídrica, disminuir la disponibilidad de hábitat, debilitar la respuesta frente a eventos extremos e interrumpir conexiones ecológicas esenciales. Por ello, afirmar que una superficie menor conservará las mismas funciones requiere evidencia científica. La pregunta central es cuáles de sus funciones ecológicas, hidrológicas y sociales permanecerán después de una eventual intervención.

Esto implica buscar la armonía entre desarrollo y conservación. Las sociedades requieren

infraestructura, empleo, conectividad y actividad económica. La discusión más compleja y también más necesaria consiste en determinar qué tipo de desarrollo deseamos construir y qué costos ambientales estamos dispuestos a asumir. Una decisión responsable requiere considerar tanto los beneficios inmediatos de una intervención como aquello que podría perderse, tales como la capacidad de regulación hídrica, protección frente a riesgos naturales, biodiversidad, oportunidades educativas, investigación científica y servicios ecosistémicos que tendrían un alto costo económico si intentáramos reemplazarlos artificialmente.

Los humedales también poseen un valor que suele quedar fuera de las planificaciones tradicionales por su dificultad para aparecer en una planilla económica. Además de proteger infraestructura o reducir riesgos, también construyen vínculos entre las personas y los territorios. La investigación sobre espacios naturales y acuáticos muestra asociaciones entre el contacto con estos ambientes y distintas dimensiones del bienestar psicológico. La evidencia debe interpretarse con cautela, evitando simplificaciones como afirmar que un humedal produce directamente felicidad mediante mecanismos biológicos específicos. Sin embargo, existe respaldo para sostener que la relación con ambientes naturales favorece procesos de restauración mental, reducción del estrés y bienestar percibido. Esto importa porque los territorios son también lugares donde aprendemos, investigamos, construimos memoria e identidad.

El desafío de los humedales es precisamente que gran parte de su valor permanece invisible. El agua que almacenan antes de una inundación es imperceptible. Los contaminantes que retienen antes de que lleguen a otros ecosistemas quedan ocultos. El carbono permanece almacenado en sus suelos de forma callada. Las rutas migratorias que ayudan a sostener y las complejas relaciones ecológicas que mantienen funcionando ocurren lejos de nuestra vista. El hecho de que esos procesos escapen a nuestra percepción directa carece de impacto en su existencia real. Muchas de las funciones más importantes para la vida ocurren silenciosamente y fuera de nuestra mirada cotidiana.

Quizás por eso la pregunta inicial merece ser reformulada. En lugar de cuestionar si tiene sentido

conservar un humedal supuestamente falto de uso, deberíamos preguntarnos ¿Quiénes dependen de ese humedal y qué perderíamos si dejara de funcionar? Un humedal posee valor intrínseco incluso ante la ausencia de presencia humana. Regula, protege, depura, almacena, alimenta y conecta. Resulta nuestro sostén incluso cuando ignoramos su actividad. Tal vez esa sea una de las principales lecciones que estos ecosistemas nos entregan: aquello que permanece silencioso posee valor real. Muchas veces, lo esencial para nuestra vida ocurre precisamente lejos de nuestra mirada.

Como escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, “Lo esencial es invisible a los ojos”.

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