En las últimas semanas, las noticias sobre amenazas, tiroteos, “capuchas blancas” y episodios de violencia en colegios y universidades, han comenzado a instalarse con fuerza en la conversación pública.
La reacción inmediata suele ser buscar responsables dentro del sistema escolar: los estudiantes, los protocolos, los establecimientos. Sin embargo, hay una idea que puede ayudarnos a ordenar mejor este fenómeno: la violencia escolar no es un problema escolar, es un síntoma social que se manifiesta en la escuela. Desde Maipú —una comuna donde muchos colegios funcionan en contextos de alta exigencia social y económica, con espacios familiares muchas veces tensionados— esta realidad se vuelve aún más evidente. Los colegios no están generando la violencia; están recibiendo lo que la sociedad no está logrando contener.
Una forma útil de entender esto es pensar en el desborde del sistema. Muchos jóvenes hoy no cuentan con herramientas suficientes para procesar lo que sienten: rabia, frustración, sensación de injusticia, vacío. Desde una mirada clínica, no estamos solo frente a “conductas violentas”, sino frente a una incapacidad de organizar la experiencia interna. No es que quieran destruir; es que no saben qué hacer con lo que les pasa.
En este contexto, el miedo comienza a transformarse en un organizador social. Miedo en los estudiantes, miedo en los profesores, miedo en las familias. Y cuando el miedo organiza, las relaciones cambian: se vuelven más rígidas, más defensivas, más centradas en el control que en el vínculo. La escuela deja de ser un espacio de contención y comienza, poco a poco, a parecerse al entorno del que debería proteger.
El fenómeno de las llamadas “capuchas blancas” o amenazas también puede leerse desde otra dimensión: la búsqueda de identidad y pertenencia. La adolescencia es, por definición, una etapa de construcción de identidad. Pero cuando esa búsqueda ocurre en contextos de vacío emocional y exposición constante a la violencia, la identidad puede comenzar a construirse desde lo disruptivo. No es solo rebeldía: es una forma de existir, de ser visto, de pertenecer.
A esto se suma un problema más profundo: la normalización de la violencia. Los jóvenes no están inventando nuevas formas de agresión; están reproduciendo lo que observan. En redes sociales, en el espacio público, en los discursos adultos. Cuando la violencia deja de sorprendernos, comienza lentamente a legitimarse.
Frente a esto, la respuesta habitual ha sido aumentar el control: más protocolos, más supervisión, más sanción. Sin embargo, es importante hacer una distinción clave: control no es lo mismo que regulación. El control puede contener momentáneamente una conducta, pero no transforma el fondo del problema. La regulación, en cambio, implica desarrollar la capacidad de reconocer, comprender y gestionar lo que se siente. Y eso no se instala con normas, sino con vínculo.
Quizás una de las ideas más incómodas —pero también más necesarias— es entender la violencia como un lenguaje. Cuando no hay palabras suficientes para expresar lo que se vive, el cuerpo y la acción comienzan a hablar. Desde ahí, la violencia deja de ser solo un acto a sancionar y pasa a ser también un mensaje que no estamos sabiendo leer.
Y entonces aparece lo más importante: ¿qué hacemos con esto?
Porque si bien la escuela no puede resolver sola este problema, sí hay formas en que familias, padres y los propios jóvenes pueden empezar a navegar estas aguas turbulentas con mayor claridad.
Para los padres, la primera tarea no es controlar, sino estar disponibles. Y eso no es solo estar en la casa: es generar espacios donde los hijos puedan hablar sin ser inmediatamente corregidos o juzgados. Preguntar más que afirmar. Escuchar antes de intervenir. Muchos jóvenes no hablan no porque no quieran, sino porque sienten que no serán comprendidos.
También es clave nombrar las emociones. Ayudar a los hijos a ponerle palabras a lo que sienten: rabia, frustración, vergüenza, miedo. Cuando una emoción se nombra, comienza a ordenarse. Cuando no, se actúa.
Para las familias, el desafío es recuperar algo que se ha ido perdiendo: la conversación cotidiana sin urgencia. No todo puede ser corrección o rendimiento. A veces, los momentos más simples —una comida, un traslado, un comentario— son los espacios donde realmente se construye regulación emocional.
Para los propios jóvenes, hay una invitación que puede parecer simple, pero es profundamente compleja: aprender a observar lo que les pasa antes de actuarlo. No todo lo que se siente tiene que transformarse en acción inmediata. Poder hacer una pausa, aunque sea breve, ya es una forma de empezar a recuperar control sobre la propia experiencia.
Como comunidad, quizás la convicción más importante es esta: no necesitamos más dureza, necesitamos más capacidad de comprender sin dejar de poner límites. Porque entender no es justificar. Pero tampoco podemos seguir respondiendo solo desde el castigo a fenómenos que, en el fondo, hablan de desborde, de miedo y de una profunda necesidad de ser vistos. Si logramos movernos en esa dirección, la escuela puede volver, poco a poco, a ser lo que siempre debió ser: un lugar donde, además de aprender, los niños y jóvenes puedan sentirse seguros.









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