En octubre de 1974, la Junta Militar, encabezada por el general Augusto Pinochet, llegó al Templo Votivo de Maipú con toda la pompa que la investidura le concedía al dictador en ese entonces. Chile sufría los rigores de una dictadura sin parangón en la historia nacional por su brutalidad.
El Templo Votivo se convirtió en el escenario perfecto para que la Junta intentara, de algún modo, blanquear su imagen ante la comunidad internacional, que ya denunciaba sistemáticamente las torturas, ejecuciones y detenciones impuestas no solo a los opositores del régimen, sino también a miles de chilenos que fueron víctimas de redadas ejecutadas por la soldadesca en la periferia santiaguina.
Yo era apenas un niño. No comprendía la magnitud de la tragedia que vivíamos hasta que, con el tiempo, experimenté en carne propia los embates de la brutalidad militar. Cuentan los mayores que ese día el Templo se llenó de maipucinos. Algunos vitoreaban al dictador; otros, con la rabia contenida, participaban del Te Deum, una ceremonia que pretendía conmemorar la independencia de Chile, y con ello, validar el golpe militar dotándolo incluso de un carácter salvífico.
Relatan quienes presenciaron aquel acto que Pinochet cortó la cinta tricolor que rodeaba el imponente altar del templo. Eran 2.400 metros cuadrados colmados de personas, convocadas ya sea por la fe o la devoción, o bien por la admiración hacia los adustos generales, vistos por algunos como salvadores de una crisis política y social.
Una curiosidad pocas veces observada es que, tanto en la inauguración de la Capilla de la Victoria como en la del Templo Votivo, participaron dos militares que se habían hecho del poder mediante cruentos golpes de Estado: Jorge Montt, tras derrocar a Balmaceda en 1891, y Augusto Pinochet, tras el derrocamiento de Allende en 1973.

Algunos testigos del acontecimiento recuerdan que doña Lucía Hiriart lucía un vistoso sombrero que resaltaba, con forzada elegancia, su figura como primera dama. Detrás de ella, una pléyade de damas igualmente encopetadas, tomadas del brazo de generales y almirantes, completaban el cuadro.
Aquel espectáculo, pocas veces visto en una comuna que recién comenzaba a transitar de bucólico villorrio a pujante centro productivo, marcaría un punto de inflexión en la fisonomía de esta comuna.
Ese jueves 24 de octubre de 1974, la historia registró uno de sus episodios más hipócritas: un general que venía de firmar sentencias de muerte celebraba al Dios de la vida en un espacio reservado para los más virtuosos, y no para los más brutales.










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