¿Y si los muertos también tuvieran hambre?
En esta columna, la geógrafa Viviana González Herrera, fundadora de Territorios Alimentarios, parte de su experiencia en México durante los preparativos del Día de Muertos para reflexionar sobre cómo convivimos con la muerte a través de la alimentación: del pan de muerto y las ofrendas a las nalcas, los churros y el café compartido en los cementerios chilenos el Día de Todos los Santos.
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En septiembre de 2024 viajé a México para exponer en un congreso de Patrimonio Alimentario de UNESCO. Las calles todavía estaban vestidas de verde, blanco y rojo por las fiestas patrias, pero entre las banderas comenzaban a aparecer calaveras, flores de cempasúchil y los primeros preparativos para el Día de Muertos. Desde que regresé he querido escribir sobre aquello. No solamente por el pan de muerto que descubrí en una panadería, sino porque me quedó dando vueltas una pregunta: ¿cómo podemos convivir con la muerte a través de la alimentación?
En las experiencias que conozco de Chile, la muerte suele estar acompañada de silencio, flores y despedidas. Pero también hay conversaciones, comidas y encuentros familiares que pocas veces reconocemos como parte de esa conmemoración. En México encontré otra manera de expresar esa relación. No significa que allá la muerte duela menos, sino que existen tradiciones donde el recuerdo también tiene espacio para la fiesta. Durante el Día de Muertos, celebrado principalmente el 1 y 2 de noviembre, las casas y los cementerios se llenan de flores, velas o veladoras, vasos de agua, fotografías, calaveritas de azúcar y alimentos. Es una celebración donde se encuentran prácticas indígenas mesoamericanas y tradiciones católicas, y donde la alimentación ocupa un lugar fundamental.
En una panadería conocí el pan de muerto. Su nombre fue suficiente para despertar mi curiosidad. ¿Qué hace un pan hablando de la muerte? Una de sus versiones más conocidas es redonda, dulce, perfumada con naranja o azahar, y lleva sobre la masa pequeñas figuras que representan huesos y un cráneo. Su historia habla de encuentros culturales: antiguas ofrendas alimentarias mesoamericanas y las transformaciones que trajo la colonización, cuando el trigo y nuevas formas de panificación llegaron a América.
Pero lo que más me sorprendió no estaba en la vitrina. En una casa mexicana me explicaron que los alimentos también se preparaban para quienes habían muerto. Me llamó la atención la manera en que se organizaban las ofrendas, porque cada elemento tenía un significado. El agua se disponía para aliviar la sed de las almas después de su viaje; las velas iluminaban el camino de regreso y las flores de cempasúchil, con su color anaranjado y su aroma, ayudaban a señalarlo. También estaban el papel picado, el incienso, las fotografías y aquellos objetos que permitían reconocer a quienes ya no estaban.
Pero fueron los alimentos los que más despertaron mi curiosidad. Revisando imágenes sobre los altares mexicanos, es posible ver frutas, dulces, bebidas y preparaciones que habían sido las favoritas de los difuntos. Me explicaron que, según la tradición, las almas regresaban para disfrutar de la esencia de esas comidas. Pensé entonces en todo lo que una familia necesita recordar para preparar una ofrenda: cómo le gustaba la comida y bebida a aquellos seres que se intenta traer de vuelta en dicha celebración. No se trataba solamente de recordar sus nombres o conservar sus fotografías, sino también sus gustos, sus costumbres y esa parte de la vida cotidiana que tantas veces permanece en la cocina.
Y fue ahí donde encontré algo que me interesó especialmente: un altar también puede leerse a través de los alimentos. Cada preparación tiene una historia, ingredientes que vienen de algún lugar, manos que aprendieron a cocinarla y una familia que decidió mantener vivo ese recuerdo. En México, la ofrenda reúne distintas tradiciones religiosas y culturales, pero también historias familiares que se transmiten de una generación a otra. La comida no está allí solamente para representar la muerte. Está para recordar la vida de alguien, incluso en sus detalles más cotidianos.
Esa experiencia me hizo pensar en nuestras propias tradiciones. Estamos terminando octubre y en Chile la celebración que ocupa vitrinas, supermercados y buena parte de las conversaciones infantiles y juveniles es Halloween. Aparecen las calabazas importadas en supermercados de renombre, o bien las plásticas, los disfraces y las bolsas de golosinas con muchos sellos. Los niños recorren las casas y negocios preguntando por dulce o travesura. No tengo nada contra ello, pero me parece curioso que desde este extremo sur de América Latina conozcamos tan bien una celebración popularizada por la cultura estadounidense y sepamos bastante menos sobre las formas en que otros pueblos latinoamericanos recuerdan a sus muertos. ¿Qué pasaría si miráramos un poco más hacia nuestra propia América Latina, no para copiar sus tradiciones, sino para reconocer y resignificar las nuestras?
Y aquí me permitiré una pequeña travesura. Hace poco más de un mes celebrábamos nuestras Fiestas Patrias, con empanadas, sopaipillas, pajaritos, alfajores, empolvados y tantos dulces de nuestra cocina. Entonces, si Halloween ya llegó hasta nuestras casas, ¿por qué no darle también un sabor propio? ¿Qué pasaría si junto a los caramelos aparecieran preparaciones de nuestra repostería o dulces que han acompañado a generaciones de chilenos? Pienso en los chupetes, las sustancias, los cuchuflís o esas pastillas ½ hora que todavía forman parte de nuestra memoria. No se trata de reemplazar una celebración por otra, sino de reconocer que también podemos darle algo de nosotros. Después de todo, las tradiciones se construyen mezclando lo que llega con aquello que ya tenemos. ¿O es mucha travesura decirlo?
Pero volvamos a nuestros muertos. En Chile, el 1 de noviembre corresponde al Día de Todos los Santos y el 2 a la conmemoración católica de los Fieles Difuntos. Sin embargo, muchas familias concentramos nuestras visitas a los cementerios en el primer día. Es una fecha de flores frescas, baldes con agua, escobas y familias enteras arreglando las sepulturas. Hay quienes rezan, quienes conversan frente a una tumba y quienes permanecen en silencio. Pero también existe otro paisaje, uno que comienza antes de cruzar las puertas del cementerio: el de las ferias y los alimentos.
Recuerdo las nalcas, verdes, húmedas y ácidas, tan propias de la primavera del sur; las manzanas confitadas, con ese rojo brillante que parecía imposible de conseguir en una fruta; los churros recién fritos, las sopaipillas y los algodones de azúcar, enormes nubes rosadas que desaparecían apenas tocaban la boca. Y cómo olvidar los helados que se vendían desde triciclos o aquellas cajas de plumavit que los vendedores ambulantes llevaban de un lado a otro.
Hoy también encontramos empanadas, papas fritas, completos, carros de comida y puestos de frutas y verduras. Por unos días, los alrededores de muchos cementerios se transforman en verdaderas ferias, donde conviven los alimentos de siempre con nuevas formas de comercio y consumo. Son espacios donde se encuentran comerciantes ambulantes, productos de temporada, familias y distintas formas de ocupar el espacio público. Entre las flores, los vendedores y quienes llegan a visitar a sus muertos se construye un paisaje que se repite cada noviembre, aunque nunca sea exactamente igual.
En mi familia, cuando vamos al cementerio, acostumbramos llevar un cafecito para compartir. A veces incluso llevamos algo para desayunar mientras acompañamos a nuestros muertos. Llegamos, nos acomodamos, servimos el café, conversamos y permanecemos un rato. No estamos preparando una ofrenda como las que me comentaron en México, pero tampoco estamos simplemente visitando una sepultura. Estamos compartiendo un momento familiar en un lugar donde también habita nuestra memoria. El café forma parte de esa visita y de nuestra manera de seguir haciendo espacio para quienes ya no están.
Posiblemente nuestros muertos no tengan hambre de comida, sino de memoria, de historias y de vínculos que no desaparezcan con el paso de las generaciones. Y quizás nosotros necesitemos seguir alimentando esos recuerdos, porque también somos aquello que otros nos enseñaron y lo que algún día alguien recordará de nosotros. Por eso quisiera dejar abiertas algunas preguntas: ¿Qué alimentos recuerdan de sus visitas al cementerio durante estas fechas? ¿Qué comidas preparan o comparten en sus familias para recordar a quienes ya no están? Y, más allá de estas celebraciones, ¿qué sabor, aroma o preparación los transporta a un momento compartido con un ser querido que hoy vive en su memoria?
Desde la geografía de la alimentación, estas preguntas nos permiten reconocer que los alimentos no solamente responden a una necesidad de nutrirnos. También participan en la construcción de identidades, en las formas de ocupar los espacios y en las memorias colectivas. Un pan de muerto, una calaverita de azúcar, una nalca o un café compartido junto a una sepultura cuentan historias diferentes, pero todos nos hablan de las relaciones que construimos con nuestros territorios y con quienes nos antecedieron. Los alimentos son mapas, incluso cuando nos llevan hacia lugares donde la vida y la muerte se encuentran.

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