/ Ricardo Cornejo
25 de febrero de 2026

Las redes sociales y la vida comunal: ¿compañía o anestesia?

En comunas dormitorio, las redes sociales oscilan entre ser soporte de conexión real y fuente de evasión emocional o fatiga cognitiva. Se analiza su impacto en la salud mental y el tejido social, urgiendo a una regulación consciente.
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En las últimas dos décadas, las redes sociales han dejado de ser una herramienta tecnológica para convertirse en un entorno social permanente. No son solo aplicaciones: son espacios de interacción, validación, conflicto, pertenencia y exposición. La pregunta ya no es si influyen en la vida cotidiana, sino cómo lo hacen y qué tipo de efectos producen, especialmente en territorios donde la vida comunal ya está tensionada por factores estructurales como los largos traslados y el poco tiempo disponible.

En comunas dormitorio, donde gran parte de la población pasa varias horas fuera del territorio por razones laborales, el tiempo presencial en el barrio es limitado. En ese contexto, las redes sociales comienzan a cumplir una doble función: por un lado, amplían la posibilidad de contacto; por otro, pueden transformarse en una forma de evasión emocional.

Desde la psicología social, la necesidad de pertenencia ha sido ampliamente estudiada. Roy Baumeister y Mark Leary (1995) plantearon que los seres humanos poseen una necesidad fundamental de establecer vínculos interpersonales estables y significativos.

Esta necesidad no es secundaria: tiene impacto directo en la salud mental. Cuando las redes sociales permiten mantener contacto, coordinar ayuda vecinal, difundir información comunal o sostener vínculos familiares, cumplen una función de compañía real. Generan lo que en psicología comunitaria se denomina “capital social”, es decir, redes de apoyo y confianza que fortalecen el tejido social. Sin embargo, el mismo entorno digital puede operar como anestesia. ¿Qué significa esto en términos psicológicos?

La investigación reciente ha mostrado que el uso intensivo de redes sociales puede asociarse a procesos de comparación social constante. León Festinger, en su teoría de la comparación social (1954), explicó que las personas evalúan su propia vida en relación con la de otros.

En entornos digitales, esa comparación suele ser “ascendente”: se observan versiones editadas y optimizadas de la vida ajena. Estudios contemporáneos, como los de Jean Twenge (2017) y Jonathan Haidt (2023), han señalado correlaciones entre uso excesivo de redes, aumento de síntomas ansiosos y depresivos, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes. No se trata de afirmar que las redes “causan” depresión de manera directa, sino de comprender que pueden intensificar ciertos procesos psicológicos: sensación de insuficiencia, miedo a quedar fuera (FOMO, por sus siglas en inglés: Fear of Missing Out), hipervigilancia social y dependencia de validación externa.

A nivel neuropsicológico, investigaciones en torno a los sistemas de recompensa han mostrado que las interacciones digitales activan circuitos dopaminérgicos asociados a la gratificación inmediata. Cada notificación, cada “me gusta”, funciona como un pequeño refuerzo intermitente. El problema no es el placer en sí, sino la repetición constante y la búsqueda compulsiva de estimulación, especialmente después de jornadas largas y agotadoras. En contextos de cansancio crónico, como ocurre en muchas comunas dormitorio, el “scroll” nocturno puede operar como regulación emocional evitativa: en lugar de procesar el estrés del día, se recurre a estímulos rápidos que distraen momentáneamente, pero no reparan.

Aquí aparece un concepto relevante: la “fatigacognitiva”. El traslado prolongado, la sobreexposición a estímulos urbanos y la carga laboral generan desgaste atencional. Si al llegar al hogar la mente continúa expuesta a flujos intensos de información, la recuperación mental se dificulta. Diversos estudios sobre higiene del sueño han demostrado que la exposición a pantallas antes de dormir afecta los ritmos circadianos y la calidad del descanso, lo que impacta directamente en el estado de ánimo y la irritabilidad.

Pero la dimensión individual no agota el análisis. Las redes sociales también están transformando el espacio público. Tradicionalmente, la plaza, la feria o la reunión vecinal eran lugares de encuentro entre personas diversas. Hoy, gran parte del intercambio ocurre en entornos algorítmicos. Investigadores como Shoshana Zuboff han descrito el modelo de “capitalismodelavigilancia”, donde las plataformas digitales organizan la información en función de la captación de atención. Los algoritmos priorizan contenidos que generan interacción emocional intensa —indignación, miedo, entusiasmo— porque esos estados prolongan la permanencia en la plataforma.

Desde la psicología, sabemos que la exposición reiterada a contenidos emocionalmente cargados puede aumentar la percepción de amenaza. Esto es especialmente relevante en grupos comunales digitales donde circulan noticias sobre delincuencia o conflictos locales. Aunque estos espacios cumplen funciones informativas importantes, también pueden amplificar la sensación de inseguridad, generando lo que se conoce como “sesgo de disponibilidad”: tendemos a sobreestimar la frecuencia de eventos que recordamos con facilidad.

La pregunta entonces no es si las redes son buenas o malas. Es si están funcionando como extensión de la comunidad o como sustituto empobrecido de ella. Cuando las redes permiten organizar apoyo mutuo, visibilizar problemáticas comunales y mantener vínculos significativos, fortalecen el arraigo. Pero cuando reemplazan casi por completo el encuentro presencial, cuando se transforman en el principal espacio de validación y descarga emocional, pueden convertirse en anestesia: alivian momentáneamente el malestar, pero no lo resuelven

Desde la psicología clínica y comunitaria, la clave no está en la prohibición, sino en la regulación consciente. Regular implica preguntarse: ¿estoy usando las redes para conectarme o para evitar? ¿Me ayudan a sentir pertenencia real o solo me distraen del cansancio? ¿Después de usarlas me siento más vinculado o más agotado?

En comunas donde el tiempo es escaso y el desgaste cotidiano es alto, esta reflexión se vuelve especialmente relevante. La salud mental no depende solo de factores internos. También depende de cómo gestionamos los entornos que habitamos, físicos y digitales.

Las redes sociales pueden ser compañía cuando amplían el vínculo. Se convierten en anestesia cuando sustituyen la experiencia comunitaria por estimulación constante. La diferencia no está solo en la tecnología, sino en el modo en que la integramos a nuestra vida cotidiana.

La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿estamos usando las redes para fortalecer la vida comunal o para escapar momentáneamente de ella?

SOBRE EL AUTOR

Ricardo Cornejo

Psicólogo clínico y organizacional con más de 14 años de experiencia.

Ricardo Cornejo, psicólogo clínico y organizacional con más de 14 años de trayectoria, se ha especializado en depresión, ansiedad, crisis vitales, fobias, y orientación vocacional y laboral.

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