¿Qué se aprendió de este sistema frontal y qué persiste por mejorar?
En esta columna de opinión, Roberto Pizarro analiza qué se aprendió del sistema frontal y plantea cinco desafíos pendientes: considerar las cuencas hidrográficas al intervenir el territorio, monitorear mejor las variables hidrometeorológicas, invertir en ciencia y tecnología, construir obras de protección pequeñas en serie y sumar a toda la sociedad en la preparación ante eventos extremos.
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Después de unos meses en que la naturaleza nos ha recordado que es la dueña del territorio y que fenómenos como El Niño, que ahora podemos al menos predecir en su presencia a futuro cercano, aunque no podemos predecir en sus impactos, surge la pregunta para nuestro país, ¿qué se aprendió de este sistema frontal y qué persiste por mejorar?
Quizás lo más importante por rescatar del sistema frontal y de sus consecuencias, es que hay mucho por corregir y ello no es nuevo. Lo primero es que los sistemas hidrológicos responden a su pertenencia a las diversas cuencas hidrográficas. Es decir, intervenir una determinada zona, impactándola de diversas maneras, no es baladí, y se debe siempre considerar en qué parte del sistema cuenca se está uno ubicando. El ejemplo más claro es la situación de la Quebrada San Carlos de Apoquindo y las actuaciones inmobiliarias sin considerar su cercanía a zonas de alto riesgo.
Un segundo aspecto es la necesidad de monitorear de mejor forma los sistemas naturales y las variables hidrometeorológicas. Si se cuenta con datos se tiene información que, si es debidamente procesada, genera conocimiento científico y técnico, que asegura la puesta en marcha de políticas públicas coherentes en tiempo y espacio. Un tercer elemento es la necesidad de invertir en ciencia y tecnología, que aporte conocimiento y entendimiento de estos procesos. Si el aporte en ciencia y tecnología ya es escaso, en el agua es aún menor, pero si tenemos conocimiento acerca del comportamiento de las variables hidrometeorológicas, tenemos capacidades de respuesta y de mitigación de los impactos, en base a un conocimiento ecosistémico robusto y confiable.
Un cuarto elemento es la necesidad de, a la luz del conocimiento generado, generar espacios de tratamiento de las zonas de riesgo, en base a obras civiles pequeñas que, ubicadas y construidas en serie, definan una red de protección frente a estos eventos, lo que asegura costos menores de construcción y mantenimiento. A ello se pueden sumar actuaciones de bioingeniería ligadas a forestaciones y restauraciones ambientales de territorios degradados, y en lo que se conoce como soluciones basadas en la naturaleza, lo que no descarta grandes obras si es posible.
Un quinto elemento demanda sumar intereses, personas, instituciones públicas y privadas, de la defensa y en general integrar a toda una sociedad, que debe estar atenta a estos fenómenos, disponible para medirlos desde sus realidades, para compartir sus datos, y sobre todo para prepararnos para eventos extremos, todo lo cual nos debe conducir a una mejor gestión de estos, en un contexto de alta incertidumbre climática. Finalmente, es necesario pensar que la naturaleza nos recuerda cada cierto tiempo que es la dueña del territorio y eso hay que considerarlo e incorporarlo en las actuaciones antrópicas.

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