La Voz de Maipú

Tu barriotambién es noticia.

Ingresar
OpiniónDía de las Manipuladoras de Alimentos

¿Quién se acuerda de las tías de la cocina?

En esta columna de opinión, la geógrafa Viviana González Herrera, fundadora de Territorios Alimentarios, recuerda a las manipuladoras de alimentos de su infancia, su madre Elcira y la Lupita, del comedor de su escuela, y plantea que su trabajo merece ser reconocido como tal, más allá del cariño con que se las llama “tías”.

Leer y escribir comentarios
¿Quién se acuerda de las tías de la cocina?

Mi primera experiencia con una manipuladora de alimentos fue con mi mamá, Elcira. Cuando yo tenía cinco años y estaba en kínder, ella trabajaba como cocinera en un hogar de menores de primera infancia. Yo siempre le pedía que me llevara a conocer su trabajo. Quería saber dónde pasaba sus días, cómo era ese lugar y qué hacía mientras yo estaba en el colegio. Hasta que una vez, un día que no fui a clases, me llevó con ella. Después supe que la habían sancionado por hacerlo.

Recuerdo aquella cocina, los carros de acero inoxidable donde se montaban las bandejas con las comidas y a mi mamá trabajando. Ese día preparó lentejas y, de postre, jalea. Como yo no podía permanecer en la cocina, mi mamá me pidió que esperara en otra sala. Pero tenía cinco años y demasiada curiosidad, así que me escapé. Comencé a recorrer las otras salas del hogar, donde estaban los niños pequeños. Recuerdo que abracé a uno de ellos y cuánto me impresionó descubrir que había niños tan chiquititos que no estaban con sus mamás. Fue mi primera experiencia viendo a niños que estaban al cuidado de otras personas. No sé si a esa edad comprendía lo que significaba vivir en un hogar de menores, pero sí recuerdo que aquello me llamó profundamente la atención. Yo había ido a conocer el trabajo de mi mamá y terminé descubriendo algo que no conocía: que había niños que vivían bajo el cuidado de una institución. Y en medio de todo eso estaba mi madre, preparando las comidas.

Durante toda mi infancia fui parte del comedor de la Escuela D-559 España de Concepción. Allí estaba la Lupita, nuestra manipuladora de alimentos, una señora mayor que recuerdo siempre con su delantal blanco y su toca del mismo color. Era una mujer muy pulcra y nos recibía con mucho cariño. La Lupita era la mamá del Nano, que trabajaba como auxiliar del colegio. El comedor estaba en el primer piso, en una sala que formaba parte del gimnasio. Ese mismo gimnasio donde los lunes nos reuníamos todas las estudiantes para cantar el himno nacional y participar en las actividades del colegio. Recuerdo la puerta de la cocina, el mesón donde recibíamos las bandejas, las grandes ollas y los mesones donde nos sentábamos a comer. No sé si había otras personas ayudando a la Lupita. Probablemente sí, pero es a ella a quien recuerdo.

Hacíamos la fila para recibir nuestra comida. En aquellos años no decíamos que íbamos a desayunar. Decíamos que íbamos a la leche. Nos daban un tazón de plástico duro, como de baquelita, de un color beige amarillento, y un galletón cuadrado, grueso, que mojábamos en la leche para poder comerlo. Todavía puedo recordar esos tazones y el galletón ablandándose en la leche. Y cómo olvidar los almuerzos. Había unos porotos burros con mote, espesos, muy espesos, que venían acompañados de manjar de postre. Yo miraba esa combinación y pensaba: ¿cómo nos pueden dar esto? Y eso que era buena para comer. Con mi hermana almorzábamos en la escuela y después llegábamos a comer nuevamente a la casa. Comíamos harto, así que no era precisamente falta de apetito. También recuerdo un arroz mezclado con jurel y salsa de tomate que me gustaba muchísimo. Y otro arroz, muy sencillo, con un huevo cocido encima. ¡Qué cosa más rica!

Pero había una preparación que no soportaba mucho: una especie de caldo de tallarines, muy aceitoso, con acelgas o espinacas. Era una comida bien rara para mí. Creo que era la que menos me gustaba de todas, pero igual me la comía. Y estaban los postres, unos postres de colores, de una consistencia que recuerdo entre flan y jalea. También había jaleas, manzanas verdes y rojas y, si no me falla la memoria, también nos daban jugo..

El comedor también tenía sus propias historias. Había compañeras que dejaban comida y otras que se comían lo que las demás no querían. A veces hacíamos competencias para ver quién terminaba primero. Pero había algo casi imperdonable: dejar comida en la bandeja. La Lupita siempre nos decía que teníamos que comernos todo. No recuerdo que nos retara, pero cuando dejábamos comida nos ponía unas caras que lo decían todo. Era una mujer muy buena, pero tenía su carácter. Cuando terminábamos, nos levantábamos y llevábamos las bandejas hasta el lugar donde debíamos dejarlas. Las íbamos apilando, una sobre otra, dábamos las gracias a la Lupita y nos íbamos. Así de sencillo, así de cotidiano.

Tengo muchos más recuerdos del comedor de la enseñanza básica que del liceo. De esos años posteriores casi no recuerdo a las manipuladoras de alimentos. En cambio, la Lupita sigue ahí, en mi memoria, junto a las filas, las bandejas y los almuerzos. Y pienso que eso también es parte de nuestra historia alimentaria. No solamente recordamos lo que comimos, sino dónde, con quiénes y quiénes preparaban esas comidas.

Muchos años después volví a encontrar a mi mamá vinculada a una cocina colectiva. Fue durante la pandemia, cuando comenzaron a llegar ayudas a nuestra población y la junta de vecinos se organizó para preparar ollas comunes destinadas, especialmente, a los adultos mayores. Mi mamá formaba parte de la directiva de la junta de vecinos y fue una de las cocineras que participaron durante bastante tiempo en esa tarea. Esta vez no se trataba de su empleo en un hogar de menores, sino de una iniciativa organizada desde la propia comunidad. Recuerdo que un día fui a acompañarlos para tomar fotografías y registrar las ayudas que estaban recibiendo y distribuyendo. Yo ya no era aquella niña de cinco años que se escapaba para recorrer las salas donde trabajaba su madre. Ahora llevaba una cámara y observaba cómo los vecinos se organizaban para alimentar a otras personas. Y ahí estaba nuevamente mi mamá.

La misma mujer que años atrás había preparado lentejas y jalea para niños pequeños, ahora participaba en la preparación de comidas para adultos mayores de su comunidad. Hay algo de nuestra historia social que también se cuenta desde las cocinas. Desde las instituciones que alimentan a quienes están bajo su cuidado, desde los comedores escolares y desde las ollas comunes que surgen cuando las comunidades necesitan organizarse para enfrentar momentos difíciles. Porque las ollas comunes no son solamente una respuesta al hambre. También son espacios de organización, solidaridad y lucha social. Detrás de ellas hay personas que consiguen alimentos, reúnen recursos, cocinan y distribuyen las raciones. Muchas veces son mujeres quienes sostienen buena parte de ese trabajo. Son experiencias distintas, con responsabilidades y condiciones de trabajo diferentes, pero todas nos hablan de la importancia de quienes preparan alimentos para otros.

Hoy, cuando la alimentación escolar está tan presente en las discusiones públicas, vuelvo a pensar en aquellas mujeres. La alimentación escolar no ocurre por arte de magia. Detrás de cada desayuno y de cada almuerzo hay instituciones, empresas, recursos públicos, abastecimiento, planificación y responsabilidades que deben cumplirse. JUNAEB tiene un papel fundamental en este sistema, al igual que las empresas encargadas de prestar los servicios de alimentación. Pero una cosa es diseñar un programa de alimentación y otra es sostenerlo todos los días desde una cocina. Y ahí están las manipuladoras de alimentos, quienes preparan, organizan y sirven las comidas, quienes trabajan frente a las ollas, los mesones y las bandejas para que la alimentación llegue a quienes la reciben.

En Chile tenemos la costumbre de llamar tías a muchas de las mujeres que trabajan con niños. Así las conocimos y así las seguimos recordando. Les decíamos tías, aunque no fueran nuestras tías. Quizás porque en la infancia era más fácil reconocer el cariño que el trabajo. Hoy pienso que ambas cosas merecen ser reconocidas, pero que una no puede reemplazar a la otra. Porque el cariño no reemplaza los derechos laborales, ni las buenas intenciones garantizan condiciones dignas de trabajo.

Las manipuladoras de alimentos son trabajadoras. Su labor exige esfuerzo, conocimientos, responsabilidad y condiciones adecuadas para realizarla. Reconocerlas también significa respetar sus derechos, valorar su oficio y comprender que la calidad de la alimentación no puede separarse de las condiciones en que trabajan quienes la preparan. Y cuando pienso en las ollas comunes, también pienso en todas aquellas mujeres cuyo trabajo comunitario, muchas veces voluntario y no remunerado, ha sido fundamental para sostener la alimentación de sus comunidades. No son exactamente las mismas experiencias, pero tienen algo en común: detrás de cada comida colectiva hay personas cuyo trabajo merece ser reconocido.

Hoy, en el Día de las Manipuladoras de Alimentos, quiero saludar especialmente a quienes han sido parte de la vida de tantas generaciones. A las que recordamos por sus nombres y a aquellas cuyos nombres olvidamos, aunque todavía recordemos perfectamente lo que nos preparaban. Han pasado muchos años desde aquella vez en que me escapé de una sala para conocer el lugar donde trabajaba mi mamá. Entonces no sabía que estaba entrando, sin querer, en una parte de la historia de la alimentación colectiva.

Hoy recuerdo a Elcira, preparando lentejas y jalea para niños pequeños, y participando muchos años después en las ollas comunes durante la pandemia. Y recuerdo a la Lupita, con su delantal blanco y su toca, junto a las grandes ollas de la Escuela España, preocupada de que nos comiéramos todo. Algunas mujeres alimentaron nuestra infancia. Otras han sostenido comedores y ollas comunes en tiempos difíciles. Muchas han hecho ambas cosas. A muchas las llamamos tías. A otras nunca les preguntamos sus nombres. Pero ¿quién se acuerda de las tías de la cocina? Yo sí. Y hoy quise escribir sobre ellas.

Comunidad LVDM

Comentarios

Comparte tu mirada sobre esta noticia.

Escribir un comentario

Cargando comentarios…

Deja tu comentario

Tu correo no se publica. Los comentarios y las respuestas se revisan antes de aparecer.