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Muere Abraham Santibáñez, el periodista que fue al horror de Lonquén y nunca dejó de escribir

El Premio Nacional de Periodismo 2015 falleció el lunes 15 de junio a los 88 años. Fundó la Escuela de Periodismo de la UDP, dirigió la revista Hoy durante la dictadura y publicó su última columna el 1 de junio.

Nicolás Aravena
15 de junio de 2026 ·
Muere Abraham Santibáñez, el periodista que fue al horror de Lonquén y nunca dejó de escribir

El lunes 15 de junio murió Abraham Santibáñez, uno de los periodistas más influyentes de la historia reciente de Chile. Tenía 88 años y había publicado su última columna apenas dos semanas antes, el 1 de junio, en su sitio personal www.abe.cl. «Sin duda lo más interesante es la encíclica del papa León XIV. Y hay más…», escribió en esa edición. Así era él: curioso, activo, incapaz de quedarse callado.

El hombre que llegó a Lonquén

En 1978, en uno de los momentos más oscuros de la dictadura de Augusto Pinochet, Santibáñez fue uno de los dos primeros periodistas que ingresaron a Lonquén, localidad de Talagante, en la Región Metropolitana, donde se había descubierto uno de los crímenes más perturbadores del régimen. Dentro de los hornos de una mina yacían los restos quemados de 15 campesinos asesinados en 1973. Era subdirector de la revista Hoy en ese momento. Lo que encontró ahí lo describió con una precisión que el tiempo no ha podido amortiguar: «Trozos de cráneos amarillentos, con huellas de cuero cabelludo; pelos sueltos, negros; ropas desgarradas en las que se reconoce un blue jeans, un chaleco de hombre».

Años después recordó que aquel descubrimiento seguía intacto en su memoria. «Eran los primeros detenidos desaparecidos que aparecían. Fue un golpe muy duro, porque el Gobierno había negado todo el tiempo que hubiese personas detenidas arbitrariamente y torturadas. Fue el hito que inicia la certeza de los abusos a los derechos humanos», dijo.

La revista que le plantó cara a Pinochet

Santibáñez fue director de Hoy, una de las publicaciones más importantes de la oposición al régimen militar. Desde esa trinchera también pagó el precio que muchos periodistas de su generación conocieron bien. En 1988, meses antes del plebiscito que derrotaría a Pinochet, una fiscalía militar lo procesó junto al entonces secretario ejecutivo del comando del NO, Genaro Arriagada, y al periodista Alejandro Guillier por el delito de sedición impropia, una figura que técnicamente solo podía imputarse a militares. El motivo: una entrevista a Arriagada y un artículo de Guillier publicados en la revista. Los tres estuvieron dos días detenidos en el antiguo anexo Capuchinos. El escándalo fue nacional y generó solidaridad internacional.

Santibáñez relató esa experiencia en una columna publicada en El País en febrero de 1988, titulada «Capuchinos, una cárcel para la libertad de expresión». Era la misma publicación española en la que seguiría colaborando décadas más tarde, hasta sus últimas semanas de vida.

Constructor de instituciones

La trayectoria de Santibáñez no se agotó en el reporteo ni en la dirección de medios. En 1990 asumió como director del diario La Nación, cargo que ejerció hasta 1994, ya en democracia. Pero quizás su legado más duradero en términos institucionales fue la fundación, en 1988, de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, casa de estudios que a fines de 2023 lo nombró profesor emérito.

Fue también miembro de la Academia Chilena de la Lengua y especialista en ética periodística, disciplina que enseñó en varias universidades. Para él, el uso correcto de las palabras no era un detalle técnico: era una exigencia moral.

En 2015 recibió el Premio Nacional de Periodismo, el máximo reconocimiento del Estado chileno en la materia.

Sin apuro en morirse, pero con ganas de seguir

En enero de 2024, Santibáñez recibió a un periodista de El País en su casona de San Miguel, en el sur de Santiago, rodeado de libros, archivos de prensa y una antigua máquina de escribir Underwood. Fue una conversación que repasó décadas de historia chilena desde adentro, con la lucidez y la franqueza que lo caracterizaron siempre.

En esa misma entrevista habló de la muerte sin dramatismo. En abril de 2020, en plena pandemia, había publicado una carta en El Mercurio en la que renunciaba públicamente a ser conectado a un respirador artificial si con eso podía salvar otra vida. La reacción fue dividida. Él la explicó con sencillez: «Me parecía adecuado que, en esa emergencia, una persona joven, con niños chicos o con perspectiva de tener una familia, fuese favorecida». Y sobre quienes criticaron que esas cosas no debían ventilarse en público, respondió: «Yo creo que eso es parte de la vida y, en mi caso, del periodismo: uno no puede dar satisfacción a todo lo que la gente piensa o quiere».

Ese mismo año había perdido a su hijo José Miguel, quien murió de un infarto a los 53 años. El golpe fue duro. «Los que se morían eran los abuelos y los tíos viejos, pero que de repente se muera un hijo… Me impresionó mucho por lo repentino. Uno se da cuenta que no es eterno. Pero yo quisiera seguir viviendo, tengo a mi nieta, y quiero verla crecer», confesó. La niña, al momento de esa conversación, tenía cinco años. Y según él, quería ser periodista.

El 11 de junio pasado envió un mensaje a varios colegas con motivo de su cumpleaños. Habló de su hijo, de su esposa Ana María, de su hija y su nieta. Y habló, como siempre, de periodismo. Cuatro días después, murió.

Chile pierde a Patricio Bañados en 2023 y ahora a Abraham Santibáñez en 2025: dos figuras que entendieron el periodismo como un acto de resistencia y de servicio público, y que lo practicaron hasta el final.

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