Hagamos un ejercicio: ¿puede usted imaginar cómo era Maipú hace 300 años? Sí. Para ello se requiere una imaginación que no solo implique creatividad, sino también cierto conocimiento previo que nos permita enfrentar el desafío que les planteo. Pero no sé si alguien se ha preguntado seriamente qué había en Maipú antes de que fuera Maipú.
Los historiadores e investigadores locales, por lo general, se remontan al siglo XIX y nos refieren la luminosa hacienda Lo Espejo, de propiedad del conspicuo vecino Fernando Errázuriz Aldunate, personaje prominente de la historia nacional por su participación en hechos de relevancia en nuestra historia patria. Sin embargo, hemos ignorado los nombres de Pedro Villar o de la familia Gutiérrez de Espejo.
Déjenme contarles que la hacienda Lo Espejo toma su nombre de quienes fueron sus primeros propietarios. Sobre esto, René León Echaíz señala que una parte importante de esas tierras perteneció a la familia Gutiérrez de Espejo, quienes llegaron a Chile junto al gobernador Marín de Poveda, y que algunos sectores del predio se destinaban a la crianza de ganado. A partir del apellido de estos dueños se habría originado la denominación “Lo Espejo”.
Respecto de don Pedro Gutiérrez de Espejo, es posible conocer algunos datos biográficos a través de diversas fuentes, como el Diccionario Biográfico Colonial de Chile, que indica que se estableció en Santiago hacia 1686; fue corregidor en 1701 y 1718, y alcalde ordinario en 1691 y 1713. Contrajo matrimonio con Magdalena Murillo y falleció en 1725.
Varias figuras de relevancia nacional se asentaron en el territorio que hoy corresponde a la comuna de Maipú, y habría sido precisamente Pedro Gutiérrez de Espejo quien marcó el inicio de esa presencia de personajes históricos vinculados a la zona y a la hacienda Lo Espejo, nombre que se mantendría durante muchos años.

Durante el período colonial, la hacienda Lo Espejo pasó por manos de distintos dueños; entre ellos se menciona a don Mateo de León. El historiador maipucino Raúl Téllez aporta que, por varias generaciones, los Gutiérrez Espejo permanecieron en el lugar hasta que decidieron regresar a la ciudad para vivir con mayor tranquilidad, instalándose en su casona de la calle Merced, en la esquina noreste con San Antonio.
Más tarde aparece don Mateo Lepe adquiriendo las tierras —o parte de ellas— a don Luis Fernández de Córdova y Arce, presidente, gobernador y capitán general de este Reino, quien se declara poseedor por título despachado a su favor en la ciudad de Concepción el 12 de diciembre de 1627, y que permite a los herederos de Mateo enajenarlas también a don Pedro Villar García.
Según lo que nos refiere León Echaíz en el texto antes citado, don Pedro Villar tenía fama de ser un gran chichero; de la misma manera, Téllez completa el panorama histórico acerca de Villar García, señalando que la primera chicha baya conocida en Chile se fabricó en la hacienda Lo Espejo.
¿Puede imaginarse usted siquiera nuestra querida comuna en esos años, cuando desde los viñedos brotaba la uva más sabrosa? Ese fruto, procesado, traía alegrías y pesares a quienes caían en los encantos de ese elixir que, a ratos, nos borra las penas y, de pronto, acrecienta una falsa sensación de alegrías.
Volvamos a quien fue uno de los primeros vecinos que tuvo Maipú, allá por el siglo XVII. Pedro Villar tenía fama de mal vividor. Hay crónicas que nos refieren algo acerca de su carácter arisco y poco sociable. Se dice que procedía de La Habana y su nombre ha quedado inscrito en la historia maipucina por haber logrado establecer un medio de regadío con que mantuvo esas dos viñas que tanto mosto repartió por cada rincón del Chile de ese entonces. Además, no se olvide: la chicha baya es maipucina.
Maipú es más que la batalla y el botín deseable de la política contingente. Maipú es historia y vivencias: batallas que no se pelearon con armas, sino con organización, resistencia y una dosis muy importante de amor al terruño.










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