/ Monona Valdés
30 de agosto de 2025

Aulas sin brújula: cuando la formación docente no incluye los nuevos desafíos

La formación inicial de docentes en Chile se centra en los contenidos académicos, ignorando habilidades clave como la gestión de la convivencia y el apoyo socioemocional, lo que deja a más del 60% de los profesores poco preparados para enfrentar la violencia escolar. A pesar de normativas que exigen comunidades educativas seguras, los educadores carecen de las herramientas necesarias para fomentar un clima de respeto e inclusión, planteando serias dudas sobre la efectividad del sistema educativo actual.
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Cuando hablamos del concepto “Escuela” es, por definición, un espacio de encuentro y donde se reflejan las necesidades de la Sociedad. En América Latina y por sobre todo en Chile, la formación inicial docente sigue enfocándose casi exclusivamente en los contenidos académicos, respondiendo solo a los aspectos disciplinares como el manejo profundo de las Matemáticas, Artes, Lenguaje y Comunicación, de la Educación Física entre otras áreas que están presente en el currículum formal chileno, dejando de lado competencias claves que son necesarias al momento de liderar en el aula de clase, como atender la diversidad de estudiantes, gestionar la convivencia, trabajo colaborativo y promover el desarrollo socioemocional. El resultado de esta formación: aulas que funcionan sin brújula frente a problemáticas urgentes.

De acuerdo a una investigación  del Centro de Estudios del Mineduc (2022) reveló que más del 60% de los docentes declara sentirse poco preparado para enfrentar situaciones de violencia escolar, y que solo un 28% recibió durante su formación inicial módulos específicos sobre convivencia y diversidad, estos datos reflejan la urgencia de visualizar en los rediseños curriculares de las casas de formación, temáticas asociadas a las necesidades actuales y competencias transversales que deben tener los docentes. Por su parte, la Encuesta Nacional de Convivencia Escolar (Agencia de Calidad de la Educación, 2021) mostró que el 42% de los estudiantes de 7° básico a 4° medio reportó haber sido víctima de algún tipo de violencia verbal o física en la escuela, situación que debiese ser manejada por cada integrante de la comunidad educativa, y que se fortalecen sus principios en el aula de forma diaria. 

En paralelo, la dimensión socioemocional asociada además a generar un buen clima, también muestra grietas profundas, según la OCDE (2023), en Chile el 45% de los profesores manifiesta altos niveles de estrés laboral, y la mayoría vincula esta tensión con la falta de preparación para manejar conflictos en el aula y responder a la creciente diversidad cultural, social, emocional y necesidades educativas especiales de los estudiantes.

Lo alarmante es que la normativa reconoce la urgencia de estas temáticas. La Ley 20.536 sobre Violencia Escolar (2011) y la Política Nacional de Convivencia Escolar (2019) establecen que la formación de comunidades educativas inclusivas y seguras es responsabilidad de todos los actores. No obstante, en la práctica, los docentes llegan a las aulas sin herramientas efectivas para construir climas de respeto y contención.

Frente a lo planteado anteriormente, nos surge una gran interrogante: ¿Podemos seguir exigiendo resultados académicos en pruebas estandarizadas cuando el espacio básico de seguridad, confianza, buen clima de convivencia escolar y reconocimiento mutuo no está garantizado? Apostar por una formación docente que integre enfoques de diversidad, gestión socioemocional y prevención de violencia no es un lujo, es una urgencia ética, moral y social, a fin de construir un país más respetuoso e inclusivo.

Es de suma urgencia, considerar en el discurso sobre calidad educativa que tiene nuestro país, el cual suele limitarse a cobertura curricular y puntajes, resulta imprescindible recordar que no hay aprendizaje posible en un aula fragmentada por el miedo y la exclusión. La tarea pendiente es clara: formar docentes capaces de enseñar, pero también, acompañar, contener y guiar a estudiantes en su desarrollo integral considerando a la familia como eje principal.

Por Monona Valdés Cortez, académica de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales UNAB.

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