Ese imponente mamelón, así lo describían los mapas del célebre cartógrafo francés José Alberto Bacler d’Albe, veterano de las gloriosas campañas napoleónicas, guarda entre sus laderas numerosas historias. Tal vez la más triste sea la del hombre que le dio su nombre: Joaquín Primo de Rivera, talentoso oficial criollo que apostó sus fuerzas en ese cerrillo, hoy conocido por todos los maipucinos como “Cerro 15”. Sin embargo, los habitantes más antiguos aún lo llaman “Cerro Pajaritos”, como una silenciosa y firme resistencia a los cambios que ha experimentado nuestra querida comuna.
El cerro lleva hoy el nombre de Primo de Rivera, quien, tras la cruenta batalla de Maipú, fue enviado prisionero a la cárcel de San Luis de la Punta, en Argentina. Allí fue finalmente ejecutado, junto a otros célebres oficiales españoles que combatieron con valentía, entre ellos el brigadier José Ordóñez, recordado por su coraje en aquella jornada decisiva.
Cuando yo tenía diez años, el Cerro 15 ya lucía su placa de Monumento Histórico. Para nosotros era, sobre todo, un parque abierto: subíamos jadeando en bicicleta, corríamos entre los árboles o rodábamos por el pasto… nos sentíamos dueños del mundo al mirar Maipú desde lo alto.
Pero ya entrados los noventa, la postal se ensombreció. Bastó que circulara el rumor de un atacante escondido entre los matorrales para que el cerro Primo de Rivera dejara de ser terreno de juegos y pasara a ser territorio de miedo.
El 21 de julio de 1993 esa angustia se coló por todos los televisores del país: Mea Culpa estrenó “Yo Acuso”. Cecilia Serrano, la presentadora de las noticias, daba la bienvenida en estudio, y la voz de Carlos Pinto —densa como niebla— relataba los ataques del “Violador de Maipú”. Recuerdo el silencio en casa: nadie parpadeaba. Después vinieron las rejas recién soldadas, los patrullajes improvisados y el eco de la radio enumerando víctimas.
Ver hoy ese capítulo golpea la memoria con detalles inesperados: los viejos maxibuses Las Flores con su blanco elegante, un paneo aéreo desde el Templo Votivo, mostrándonos una avenida Cinco de Abril delgada con locales que ya no existen, el supermercado Montecarlo, por ejemplo.
Nos prohibieron volver a ir al cerro. Por supuesto, lo ignoramos. Adolescencia obliga: pedaleábamos igual hasta allá, con la adrenalina latiendo fuerte en los oídos, convencidos de que a nosotros no nos pasaría nada.
El caso se cerró con el tiempo, con acusaciones erradas a inocentes, pero el eco persistió. El grupo Tiro de Gracia lo dejó grabado en su canción Chupacabras —“confundido como el violador de Maipú”— y nuevos crímenes dieron pie a reportajes del programa Enigma. Parecía que a nuestra comuna la perseguía una sombra eterna.
Eso duró hasta que la comunidad decidió cambiar la historia otra vez. En 2018 un proyecto municipal abrió senderos seguros, instaló baños, miradores y mejores luminarias. Hoy, los domingos, el cerro se llena de deportistas felices, de scouts que aprenden nudos al pie de la cruz calada, de familias que suben con alimentos para ver cómo el sol se esconde hacia La Farfana.
Recordar la página oscura no es morbo; es reconocer que el patrimonio también late en las cicatrices. Caminar ahora por el Cerro 15, dejar que el viento cargado de olor a pasto nos despeine, mirar Maipú desplegarse a nuestros pies, confirma que la memoria se cura contándola. El cerro sigue allí, con sus luces y sombras; y nosotros somos los encargados de mantener viva la memoria.










Deja una respuesta