En 2018 publiqué Francisca Macabra, una novela que nació de mi deseo por retratar
distintos rostros de Maipú. Entre sus capítulos más polémicos estaba “Esquina
Rinconada”, donde la protagonista y sus amigos debían proteger a un grupo de
trabajadoras sexuales perseguidas por hombres enmascarados en plena noche, en uno
de los puntos más reconocibles e incómodos de la comuna.
No era una invención gratuita. Esas páginas estaban inspiradas en una experiencia
real: una noche, junto a un amigo, detuvimos el auto en Portales con Tres Poniente
para defender a una trabajadora sexual que estaba siendo golpeada por dos hombres
borrachos que no querían pagarle.
Cuando la subimos al auto, vimos que era una mujer trans y, pese a las lesiones, no
quería ir al C.R.S. (en ese tiempo todavía no existía el Hospital El Carmen), pero aun
así su negativa no tenía que ver solo con la atención médica. Nos dijo que en el
hospital intervendría Carabineros y todos terminaríamos metidos en problemas. Nos
descolocó. Sin embargo, nos aseguró que sus compañeras en la esquina de Tres
Poniente con Rinconada, sabían qué hacer. Y así fue.
De sus carteras sacaron gasas, alcohol y otros implementos básicos. Ahí mismo
improvisaron una pequeña posta callejera. Lo hicieron con una rapidez que no parecía
nueva, como si la noche les hubiera enseñado a curarse entre ellas mismas.

Durante esos años, la esquina fue tema frecuente de denuncias, reportajes y
conversaciones incómodas. Los vecinos observaban cómo, al caer la noche, ese sector
cambiaba de rostro. La televisión llegó más de una vez a registrar lo que ocurría allí, y
en 2018 La Voz de Maipú también recogió el tema a propósito de un reportaje emitido
por Chilevisión Noticias.
La respuesta institucional parecía repetirse siempre del mismo modo: patrullajes
esporádicos, presencia municipal durante algunos días, vehículos apostados en el
lugar como señal de control. Pero después todo volvía a lo mismo. La esquina
recuperaba su dinámica.
Con la pandemia, sin embargo, pareció que ese paisaje desaparecía por fin. El
comercio sexual dejó de verse en ese punto y muchos pensamos que aquella postal
nocturna había quedado atrás, sepultada por el miedo, el encierro y el cambio de
hábitos. Una esquina menos oscura, donde alguna vez pasaron las tropas realistas y
patriotas aquel 5 de abril de 1818.
Pero Maipú, como todo territorio vivo, nunca termina de cerrar sus heridas ni de
resolver sus contradicciones.
Hace unos días volví a pasar por allí, camino a casa, y lo vi otra vez: el regreso de
ese viejo circuito nocturno a su emplazamiento casi histórico. Como si la memoria del
barrio no estuviera solo en sus gestas patrióticas, en sus calles antiguas o en sus
relatos vecinales, sino también en aquello que muchos prefieren no mirar.

Entonces la pregunta vuelve, inevitable. ¿Qué haremos con esta realidad? ¿La
seguiremos empujando hacia el margen, fingiendo sorpresa cada cierto tiempo, o
seremos capaces de pensar una forma de resguardar a todos los involucrados? A las trabajadoras sexuales, a los vecinos, a quienes circulan por ahí, a los clientes e incluso
a los animales que deambulan entre luces, motores y peligros.
Yo crecí sabiendo lo que ocurría en la esquina poniente de Camino a Rinconada con
Tres Poniente. Era parte de ese Maipú del que no se hablaba en los actos oficiales,
pero que igual formaba parte del paisaje.
Quizás las nuevas generaciones también crecerán con esa imagen. O quizás todavía estemos a tiempo de preguntarnos qué comuna estamos construyendo cuando una esquina vuelve a repetir, década tras década, la misma escena.
Tal vez sea momento de escribir una segunda parte de mi novela… y si eso ocurre,
seguramente Francisca vuelva a un Maipú más macabro que antes.










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