Catorce mujeres de Maipú, catorce trayectorias distintas, catorce maneras de habitar esta ciudad. La Voz de Maipú les envió el mismo formulario. Les hicimos las mismas preguntas. Y cuando las respuestas llegaron, tres urgencias se repetían una y otra vez, con distintas palabras, desde distintos barrios y distintos roles: la violencia que no cede, los cuidados que nadie paga y el derecho a una ciudad que no obligue a evaluar riesgos antes de salir a la calle.
Violencia contra las mujeres: el ciclo que no se rompe solo

Empecemos por el número que nadie quiere decir en voz alta: la violencia intrafamiliar en Maipú no está bajando. Joseline Vásquez lo sabe porque es su trabajo saberlo. Como directora de la DIPRESEC y una de las funcionarias más cercanas al alcalde Tomás Vodanovic, los datos llegan a su escritorio antes que a cualquier otro lugar.
“En la actualidad estamos observando un aumento en los datos de víctimas de violencia intrafamiliar, lo que evidencia la magnitud de este problema. En mi rol como Directora de Prevención y Seguridad Comunitaria me ha tocado conocer de cerca muchas de estas situaciones, lo que confirma que como sociedad aún estamos muy al debe en materia de protección, acompañamiento y prevención.” — Joseline Vásquez, directora DIPRESEC
Pero los números no explican por qué muchas mujeres no denuncian. Eso lo explica Ka Quiroz, concejala en su segundo período, que apunta directo al mecanismo: sin autonomía económica, el ciclo se cierra sobre sí mismo. Graciela Arochas, trabajadora social y concejala DC que fue directora de la DIDECO bajo el gobierno de Alberto Undurraga, lo confirma desde la experiencia acumulada de años trabajando en la municipalidad.

“Uno de los mayores problemas que ha ido en aumento es la violencia de género, que se traduce en violencia física, emocional y sexual. Y muchas veces hay mujeres que no denuncian ya que tienen dependencia económica de sus parejas.” — Graciela Arochas, concejala

Carolina Baeza, que fundó la Cafetería del Ángel siendo madre, emprendedora y profesora al mismo tiempo, conecta ese nudo con algo concreto: la falta de empleos que se adapten a la crianza. Mientras eso no cambie, la dependencia económica seguirá siendo la trampa que sostiene el ciclo. Y Claudia Vergara, dirigenta social que estuvo en el estallido velando porque Carabineros respetara los protocolos, agrega una capa que pocas se atreven a nombrar:
“Maipú es una comuna en donde existe mucha VIF invisibilizada tanto por el rango etareo como por cierto estatus que algunos tratan de mostrar, que casi es prohibido hablar del tema. Se necesita más apoyo profesional de las instituciones públicas tanto en rapidez como en una atención que perdure en el tiempo.” — Claudia Vergara, dirigenta social
La violencia en Maipú no es solo un problema de sectores vulnerables. Es también un problema que se oculta en los barrios que supuestamente ya están bien. Vanessa Martínez, dirigenta de FENATS y funcionaria del Hospital El Carmen, pone el dígito que falta en la ecuación: “Muchas mujeres y niñas siguen enfrentando distintas formas de violencia sin tener un organismo con mayor poder de acción.” Ka Quiroz lo dice sin más rodeos: “Yo creo que sin ninguna duda la violencia física en las familias sigue siendo el tema más complejo en nuestra comuna.”
Cinco mujeres desde cinco lugares distintos de la comuna. El mismo diagnóstico. La misma conclusión: esto no se rompe solo.
8M: El trabajo que no aparece en ningún contrato
Hay un trabajo que Maipú produce en grandes cantidades y que no aparece en ningún contrato, no cotiza en ningún sistema de pensiones y no genera ningún seguro de cesantía. Lo hacen mujeres. Se llama cuidado. Y varias de las catorce encuestadas lo pusieron en el centro sin que nadie se los pidiera.
“Somos muchas las mujeres cuidadoras, algunas con más redes y herramientas, pero muchísimas que lo pasan mal de una manera muy silenciosa, que están empobrecidas, enfermas física y mentalmente, y súper invisibilizadas.” — Andrea Brito, librera y periodista
Andrea Brito lo dice con precisión que duele: el problema de los cuidados en Maipú no es dramático en el sentido televisivo de la palabra. Es silencioso. Es la mujer que nadie ve enfermar. Heidi Phillips, cofundadora de Coffee Culture Maipú y madre de tres niñas, tiene la propuesta más directa de todas las encuestadas:
“Para las mujeres que se quedan en casa con hijos o personas mayores a cargo —porque tarea más exigente no existe— un bono mensual por su trabajo. La sociedad como está construida ahora se beneficia de trabajo no remunerado bajo el pretexto del amor. Pero todo tiene un precio.”— Heidi Phillips, cofundadora Coffee Culture Maipú
Susana Collante, que fundó la Agrupación Lideresas Sociales de Maipú después de preguntarse quién había abrazado a las mujeres que sostuvieron a sus comunidades durante la pandemia, le agrega otra cara al problema: las propias lideresas sociales —las que sostienen a los demás— también cuidan, también se agotan, también quedan sin contención. “Nadie les preguntaba cómo terminaban el día”, dice.
Paloma Valenzuela, directora de Aseo, Ornato y Gestión Ambiental de la Municipalidad, lo enmarca en términos estructurales: “muchas mujeres sostienen al mismo tiempo el trabajo, la familia, los cuidados y la vida comunitaria, lo que limita su tiempo, sus oportunidades y su autonomía”. Y Claudia Vergara nombra a las que nadie ve ni siquiera dentro de este debate: las mujeres cuidadoras de personas dependientes, que “quedan presas de cuatro paredes donde el tiempo para ellas no existe”.
Paola Pérez, profesora de inglés, funcionaria de SMAPA y coordinadora del Frente Amplio en Maipú, suma el argumento geográfico que suele olvidarse: “Maipú es una comuna dormitorio, salir de acá para trabajar al otro lado de Santiago y teniendo hijes es algo muy complejo de coordinar.” La distancia también cuida. Y también cansa.
Una ciudad pensada para quién
Hay un experimento mental que varias de las encuestadas harían sin que nadie se los pidiera: imaginar Maipú diseñada desde la experiencia de una mujer que sale sola de noche, que usa el transporte público, que vive en un sector donde la iluminación no alcanza. Lo que describen no es la ciudad que existe.
“Las ciudades no son neutras. La forma en que se planifican los barrios, la iluminación, el transporte, las áreas verdes o los espacios públicos influye directamente en cómo las mujeres viven la ciudad. Incorporar la perspectiva de género en la planificación urbana puede cambiar de manera concreta la vida diaria de muchas mujeres.” — Paloma Valenzuela, directora de Gestión Ambiental
Joseline Vásquez traduce esa visión en política pública: mejoramiento del alumbrado público, ampliación de televigilancia, recuperación de espacios públicos, patrullaje preventivo en puntos críticos. “Cuando las ciudades se planifican considerando la seguridad de las mujeres, mejora su autonomía, movilidad y calidad de vida”, dice. Karina González, tostadora e impulsora de Maipú Cafetero y coach de la barista que representará a Chile en el mundial de filtrados, lo pone más directo: la violencia no ocurre solo en la casa. Ocurre “en la calle, en espacios cotidianos como el trabajo o incluso en sus propios hogares”.
Gretel Goecke es periodista, trabajó en fact-check y en este medio, y hoy participa en el concurso Miss Universo Maipú. Vive en Las Parcelas, y cuando le preguntamos qué cambio concreto pediría al municipio para mejorar la vida de las mujeres de su sector, la respuesta fue inmediata:
“Gran parte de mis vecinas son adultas mayores y una gran problemática es el miedo a salir de noche. Por lo mismo necesitamos más vigilancia y presencia de la seguridad municipal.” — Gretel Goecke, periodista
Daniela Quiñones, bióloga maipucina que trabaja con niñas en Fundación Ingeniosas, agrega una dimensión que pocos conectan con el urbanismo: la ciudad también falla cuando no genera espacios educativos y culturales que amplíen las posibilidades de las niñas. “Cuando una niña descubre que puede ser científica, ingeniera o líder en su comunidad, no solo cambia su futuro: también cambia el de su entorno.” Una ciudad que no tiene espacios para soñar también es una ciudad que falla.
No celebrar: defender
La última pregunta era sobre cuándo sentirían que las cosas cambiaron de verdad. Esperamos respuestas sobre igualdad salarial, paridad en el poder, fin de la violencia. Las respuestas llegaron. Pero debajo de ellas había algo que no esperaban: el miedo a perder lo que ya existe.
“El día que dejemos de temer los posibles retrocesos a los derechos adquiridos, porque, lamentablemente, nuestros derechos civiles, reproductivos, culturales y humanos están siempre tambaleando.” — Andrea Brito
Heidi Phillips, la más directa de las catorce, nombró lo que las demás dejaron implícito. Cuando le preguntamos cuál era el problema más urgente para las mujeres de Maipú, no habló de programas municipales ni de cifras de VIF. Habló de política

“El problema más urgente para la mujer maipucina es Kast como presidente. Que adoptemos posiciones neutras o apáticas ante injusticias, permitir retrocesos en nuestros derechos.” — Heidi Phillips
Una parte de las mujeres de Maipú lee el momento político actual como una amenaza directa a lo conquistado. Susana Collante lo pone con calma y sin resignación: “Quizás no lo logre ver completamente en vida, pero de algo estoy segura: trabajo día a día por lograr que las cosas sigan cambiando a favor nuestro.” Graciela Arochas dice que el cambio real llegará cuando las mujeres puedan acceder a puestos de liderazgo remunerados “no solo en organizaciones territoriales”, porque hoy son muy pocas las que pueden hacerlo por temas económicos y de carga de cuidados.

Ka Quiroz cierra con precisión filosófica y claridad política al mismo tiempo:
“Sentiré que las cosas cambiaron de verdad cuando las mujeres podamos caminar tranquilas por la calle, cuando seamos realmente libres y cuando nuestra opinión y nuestro trabajo valgan lo mismo que el de cualquier hombre. Cuando nuestra sexualidad no sea motivo de juicio y cuando podamos decidir plenamente sobre nuestros propios cuerpos.” — Ka Quiroz
Catorce voces distintas. Una sola dirección. Y una certeza que atraviesa todas las respuestas, en distintas palabras, con distinta intensidad: el 8 de marzo no es para celebrar lo conseguido. Es para defender lo que puede perderse.









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