Mañana Chile vivirá un nuevo cambio de mando. Más allá del ritual republicano, cada transición presidencial nos obliga a detenernos un momento, mirar con perspectiva el camino recorrido y preguntarnos qué país somos hoy y qué país queremos ser en los próximos años.
No llegamos a este cambio de gobierno en un contexto neutro, venimos de años intensos; un estallido social que evidenció desigualdades profundas, una pandemia que puso a prueba la capacidad del Estado para proteger a la ciudadanía, un proceso constitucional que abrió debates estructurales sobre nuestro pacto democrático y un clima político donde la seguridad se instaló como una de las principales preocupaciones del país.
Fue en ese contexto complejo donde el Presidente Gabriel Boric asumió la tarea de conducir a Chile. No era un escenario fácil ni políticamente cómodo, sin embargo, con convicción y sentido de responsabilidad, su gobierno logró devolver estabilidad económica al país mientras intentaba algo que hoy parece cada vez más escaso en la política: gobernar buscando acuerdos entre distintos sectores, entendiendo que solo así era posible avanzar en reformas estructurales comprometidas con la ciudadanía. Todo ello en medio de una crisis de seguridad y migración que se fue agudizando con el paso del tiempo y que, en el debate público, la oposición se esforzó por instalar como prueba de que Chile vivía en un estado de emergencia permanente.
Hoy comienza una nueva etapa política. El nuevo gobierno asume en un país que ya ha vivido años de alta intensidad institucional y social, pero lo hace instalando como punto de partida la idea de que Chile se encuentra en una crisis permanente que exige respuestas urgentes y excepcionales. Seguridad, migración y orden público aparecen así como los ejes centrales de su diagnóstico. La pregunta que inevitablemente surge es cómo se traducirá esa lectura en una agenda estratégica capaz de conducir un país complejo, inserto además en un escenario geopolítico cada vez más tensionado y con un gabinete que aún deberá demostrar si cuenta con la experiencia política y la capacidad de gestión necesarias para construir gobernanza y dar estabilidad al país.
En este escenario, la centroizquierda deberá redefinirse y también redefinir su lugar en el país. Pasará de ser gobierno a convertirse en oposición, pero no en cualquier oposición. La experiencia reciente dejó aprendizajes importantes: Chile necesita una política capaz de combinar firmeza democrática con responsabilidad institucional, convicción transformadora con sentido de realidad. El desafío será ejercer un rol crítico cuando corresponda, pero también defender con fuerza los avances que se han logrado en estos años y que hoy forman parte de discusiones ineludibles para el país; enfrentar la crisis ambiental, avanzar en igualdad de género, profundizar la regionalización, impulsar un nuevo modelo de desarrollo y fortalecer la educación pública, entre otros desafíos que siguen sobre la mesa.
Al mismo tiempo, será necesario cuidar nuestras instituciones y proponer caminos serios para enfrentar los problemas pendientes, conduciendo soluciones con sentido de realidad y con capacidad de convocar acuerdos sociales amplios. Porque si algo ha quedado claro en estos años es que gobernar el país exige mucho más que consignas: exige sentido estratégico, gestión pública, acuerdos sociales y, sobre todo, sentido de país.
En el fondo, el desafío que se abre para Chile es mucho más profundo que un simple cambio de gobierno. Implica gobernar pensando en el interés general y no en el beneficio de unos pocos. Exige convicción democrática, vocación de servicio público y la claridad suficiente para comprender que el Estado no es un obstáculo para el desarrollo, sino una herramienta indispensable cuando lo que está en juego es el bienestar de la mayoría. Porque la experiencia demuestra que el mercado por sí solo no garantiza ese bienestar. Las fallas de mercado existen y se expresan todos los días en las brechas territoriales, en la desigualdad persistente, en los desafíos ambientales que enfrentamos y en las oportunidades que muchas veces no llegan a quienes más las necesitan.
Pero también exige algo aún más profundo: proyecto de futuro. Exige visión de desarrollo sostenible, resguardo de nuestra soberanía y la capacidad de construir consensos sociales que permitan empujar a Chile hacia un nuevo estadio de desarrollo. Por eso gobernar no puede reducirse a administrar privilegios ni a responder a intereses particulares. Gobernar es ampliar derechos, generar valor público y construir condiciones para que cada persona pueda determinar y desarrollar libremente su proyecto de vida con dignidad.
Esa es, finalmente, la verdadera medida de la política: comprender que el poder solo tiene sentido cuando se ejerce con sentido de país y al servicio del bienestar de todas y todos.









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