La última vez que la ciencia había catalogado una especie de pingüino completamente nueva en la Antártica, el mundo era otro: corría el siglo XX, los viajes al continente blanco eran expediciones casi legendarias y la genética moderna no existía. Más de cien años después, un equipo internacional de investigadores de Chile, Brasil y Estados Unidos rompió esa marca con un descubrimiento que reordena lo que se sabía sobre uno de los pingüinos más conocidos del planeta.
El hallazgo fue reportado por The Clinic y respaldado en un comunicado de la Universidad de California, Berkeley: la nueva especie se llama Pygoscelis kerguelensis y corresponde a un linaje dentro del grupo conocido como pingüinos papúa, esas aves de vientre blanco y espalda negra que pueblan las costas antárticas y subantárticas.
Una especie que se escondía a plena vista
A simple vista, el Pygoscelis kerguelensis es prácticamente idéntico a sus parientes papúa: misma coloración, tamaño muy similar, vocalización parecida. Lo que lo separa está en sus genes.
Los investigadores presentaron evidencia genética de que lo que hasta ahora se consideraba una única especie de amplia distribución corresponde, en realidad, a cuatro especies distintas. Los científicos denominan a este tipo de hallazgo una «especie críptica»: un organismo que convive con otros, luce igual, pero es genéticamente diferente y constituye un linaje evolutivo propio.
«No existe probablemente ninguna especie de pingüino cuya taxonomía haya sido más debatida que la del pingüino papúa», señaló Rauri Bowie, curador del Museo de Zoología de Vertebrados de la UC Berkeley. «Durante más de 100 años ha existido controversia sobre cuántas especies o subespecies existen realmente. Lo que hace este estudio es intentar responder esa pregunta utilizando enfoques integrativos de vanguardia», agregó.
Chile, parte del equipo
Una de las autoras principales del estudio es Juliana Vianna, investigadora de la Universidad Andrés Bello (UNAB) y de los institutos Milenio BASE y CRG. Su presencia refuerza el papel de la ciencia chilena en la investigación antártica, una trayectoria que este medio ha seguido de cerca: en 2024, un equipo chileno logró secuenciar por primera vez el genoma completo de la influenza aviar en la Antártica, y apenas en febrero pasado, investigadores de la UNAB describieron una nueva especie de pulpo en el Pacífico suroriental.
Un nuevo descubrimiento
El hallazgo no es solo un hito taxonómico. Vianna advierte que reconocer estas cuatro especies por separado tiene implicaciones directas para su conservación.
«En la Antártica, otras especies —no el pingüino papúa— están amenazadas por el cambio climático. Pero el pingüino papúa es motivo de mayor preocupación en la región subantártica», explicó la investigadora. Y fue más lejos: «Es muy importante que las instituciones de conservación de todos los países involucrados reconozcan y adopten medidas apropiadas para salvar a estas tres especies de pingüino papúa«.
La científica también pone sobre la mesa una comparación inquietante: los pingüinos que habitan islas aisladas (como los de las Galápagos) enfrentan un riesgo similar al de las especies subantárticas recién identificadas. Al estar confinadas a territorios pequeños y sin posibilidad de migrar, cualquier alteración ambiental puede ser definitiva.
El estudio pone así en evidencia algo que la ciencia repite con creciente urgencia: antes de poder proteger una especie, hay que saber que existe.
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