«Cuidar de ti y del medio ambiente está en tus manos»: la campaña de Luciano Gómez y su Manilla Mágica para revolucionar el reciclaje y el deporte escolar
Un molde de 850 kilos, más de 10 años de perseverancia y 30 tapas de bebidas por pieza. A sus 62 años, este mecánico maipucino no busca hacerse millonario, sino vencer la inercia, enfrentar la obesidad infantil y demostrar que desde nada se puede llegar a un alcance mundial.

Luciano Gómez tiene 62 años, oficio de mecánico y una energía tenaz que se nota apenas empieza hablar. Estudió en el Liceo Industrial de Cuatro Álamos, y aunque toda su vida se ha ganado el sustento con una empresa microfamiliar en el patio de su casa, hoy carga con orgullo un bolso pesado. Dentro no lleva repuestos de automóviles ni herramientas tradicionales, sino botellas plásticas atornilladas a un artefacto colorido de polietileno: la Manilla Mágica.
“La manilla mágica está hecha de 30 tapas de bebida. Tiene que ver con el reciclaje, con el medio ambiente, pero como es para hacer ejercicio, también tiene un apoyo directo a la salud (…) Nuestros niños en Chile están superando el 30% de obesidad, crecen enfermos del corazón, con diabetes (…) Mi propuesta es simple: en vez de que ese plástico termine flotando en el mar o quemándose en calderas, lo convertimos en un artículo para la salud de las personas”, relata Luciano en conversación con La Voz de Maipú.
De la chatarra al patio del colegio
La génesis de esta invención se remonta a más de una década. En su juventud, Gómez trabajó en remates industriales, familiarizándose con los excedentes fabriles y el desecho. Sin embargo, la chispa definitiva saltó en el patio del colegio de sus dos hijas menores:
“Habían como 30 niños jugando con una pelota, haciendo ejercicio, y las niñas estaban sentadas en una mesa sin moverse. Ahí me dije: no cuesta nada poner unas botellas en una cañería y armar algo para que se ejerciten (…) Me metí en la cabeza que las tapas y los plásticos de bebida tenían que servir (…) Hice los planos técnicos en papel, fui donde un tornero para que me hiciera la primera muestra física y con eso llegué a tocarle la puerta a una fábrica de plásticos”.
El dueño de la fábrica, “don José”, vio potencial en la idea. Pero materializarla no era un juego de aficionados: requería mandar a hacer una matriz de acero macizo de casi 850 kilos, una pieza que hoy ronda los 15 millones de pesos y que funde el plástico inyectado a 200°C en turnos continuos.
Gómez no contaba con ese dinero. Le iba pagando a don José de a un millón, de a 500 mil pesos, según iba consiguiendo trabajo en su negocio. Sus amigos le decían: “Los asados que pudiste haber comido con toda esa plata”. Ha estado solo en esto; se han reído, se han burlado. Pero en su vocabulario la palabra rendirse no existe.

El laberinto de las patentes: del diseño local a la propiedad intelectual
El camino formal como inventor tampoco fue sencillo. En un inicio, don Luciano protegió el nombre comercial, hasta que un estudiante universitario le advirtió que cualquiera podía copiar la forma del objeto alterando la marca. Pagó una búsqueda internacional de arte previo (Búsqueda y Encuentro del Arte) donde se detectó que hace más de dos décadas alguien en EE.UU. patentó una barra hexagonal con dos roscas metálicas, un concepto lejano a su empuñadura ergonómica plástica.
Tras registrar primero un diseño industrial —que solo le otorgaba cobertura dentro de Chile—, una transmisión en vivo con un ingeniero le abrió los ojos al verdadero blindaje: la patente de propiedad intelectual y derecho de autor.
“Me ayudó a armar la memoria descriptiva. Pasó el tiempo y me llamó: ‘Luciano, conseguimos la propiedad intelectual’. Eso me da la protección por toda mi vida, 70 años después de mi muerte y en más de 180 países. Al menos ya nadie me la puede arrebatar; es mía”, señala con una sonrisa.
El mecanismo es tan práctico como versátil: cualquier botella desechable con rosca universal de 28 milímetros (de agua o bebida) se enrosca en ambos extremos de la manilla. Al llenarlas con agua, arena o piedras, el objeto se transforma instantáneamente en una mancuerna de hasta 5 kilos, clavas de malabarismo o instrumento de psicomotricidad.

“Cuidar de ti y del medio ambiente está en tus manos”
Luciano no concibe la Manilla Mágica como un simple producto comercial para alcanzar fortuna. Su cruzada principal apunta a las aulas y a la educación ambiental temprana mediante el proyecto escolar “Cuidar de ti y del medio ambiente está en tus manos”, una propuesta alineada con el Sistema Nacional de Certificación Ambiental de Establecimientos Educacionales (SNCAE) del Ministerio del Medio Ambiente y con los requerimientos de actividad física escolar que promueve el Ministerio de Salud frente al sedentarismo.
“No pongo el valor en la manilla de plástico; lo pongo en tus manos, porque en tus manos está la acción de reciclar y de ejercitarte”, comenta Gómez, mientras piensa que los 20 millones de habitantes en Chile tuvieran dos manillas y media, reutilizaríamos 3.500 toneladas de plástico.
En su modelo, don Luciano sostiene que el costo no debe recaer en el bolsillo de las familias ni en los centros de padres:
“Yo no quiero que los apoderados paguen las manillas. Yo quiero que las grandes embotelladoras, las que conforman organismos como ReSimple por la Ley REP, financien estos implementos para los colegios. Ellos son los que ponen millones de envases en la calle (…) Una vez fui a hablar con ellos; me dijeron que mi invento era bueno, pero que no veían cómo ayudarme porque ellos mandan fardos de plástico a otros países (…) Me dolió, pero entendí que para ellos era muy chico (…) Por eso mi meta es regalar 1.000 manillas a colegios vulnerables para demostrar con hechos que el proyecto funciona”.

De pie en el poniente
La calle le ha dado lecciones duras. Recuerda con nitidez cuando el municipio lo invitó a una feria de emprendedores en el Metro Irarrázaval: miles de personas pasaban frente a su mesón sin mirar, hasta que intentó regalar una manilla a quien dijera que le importaba el medio ambiente. El silencio de los transeúntes fue total.
Actualmente, algunos minimarkets de barrio y negocios han comenzado a exhibir el producto, mientras don Luciano sigue golpeando puertas en recintos educativos.
“No me quedan otros 10 años por delante. Por eso no puedo parar. No me interesa llenarme los bolsillos; si llega plata será consecuencia de hacer las cosas bien. Lo único que quiero es ver a los cabros chicos en las escuelas levantando una manilla, sabiendo que están limpiando su comuna y cuidando su cuerpo. Con eso, todo este sacrificio habrá valido la pena”.




