Esta vez partió al revés. Uno que es un buscador de experiencias, un pecador de los
sentidos y sobre todo un gozador de las cosas buenas de la vida. Y cómo me gusta.
El clima no estaba para andar tomando cerveza. Dice por ahí que estaba más para irse a la
casa, tirarse en el sillón y mirar Qué dice Chile.
Pero como uno es un esforzado, sufrido y glorioso narrador de la realidad gastronómica de esta comuna, se levantó, se puso los zapatos y decidió ir. Porque alguien tiene que hacerlo, muchachita, muchachito. A visitar a los campeones del Rústico.
Hace ya varios años atrás, un amigo bueno pa la cerveza, de esos que saben más de lúpulo
que de su propia familia, me contaba con mucho orgullo que en Maipú estaba el bar con
más etiquetas de cerveza de Chile, el más antiguo, y que era muy fan. El tipo era más
grande que yo. En esa época a mí solo me alcanzaba para unas latas en alguna banca y
digamos que tampoco estaba cercano a nada que se llamara gastronomía: no había viajado comiendo todavía, no había tenido el gusto de experimentar estos manjares que te da la vida cuando uno empieza a prestar atención.
Pero la vida pasa. Y uno aprende. La cosa es que El Rústico lleva años haciendo cerveza. Y cuando caché que ganaron medalla en la Copa de Cervecerías Independientes, encima como una de las más premiadas en ese concurso, algo se movió por dentro. El orgullo maipucino que le dicen.

De esas señales que uno no ignora. Decidí ir a ver qué hay realmente ahí adentro y por qué el mundillo cerveceril les hace la ola. Llegamos, nos ofrecen mesa, pedimos terraza. La garzón se llama María José.
Me gusta cuando los garzones se presentan: ya es un grado de amistad temporal, un pacto tácito entre el hambre y el que trae la comida. Llamar al garzón por su nombre de pila te convierte en parroquiano al instante. Le pregunto por las cervezas del concurso y me mira sorprendida, esa mirada de “¿este loco cómo sabe?”, y nos cuenta las características de cada una con esa convicción de quien trabaja en algo que le enorgullece. Pedimos las tres. Sí, las tres, que después fueron cuatro. Y algo para afirmar la guatita.
Para partir pedimos la Chorrillana Rústica Especial: Papas Fritas Naturales, carne de vaca,
Pollo, Longaniza, Choricillos, Cebolla caramelizada, Queso fundido, Crispy de Tocino y
Ciboulette. $12.600 el formato grande para compartir y para empinar el codo a lo Maldito,
como dicen los jóvenes. Sabrosa la chori, un punto pasada de sal, pero uno no sabe si es la
técnica antigua de dar sed, como el maní salado en las fuentes de soda que visitaba con mi tata, o si simplemente así salió. Lo lograron de todas formas. Hay que respetar la intención.

Partimos con la más ligera, la 3001, bautizada así por el número del local. Hay poesía en
eso. De color amarillo pálido, ligera, refrescante y muy tomable, culmina en un final limpio y fresco. Me recuerda a la Stella Artois pero bien hecha, sin los pecados de la industrial. De
esas que una tarde de verano puedes estar toda la tarde bebiendo sin darte cuenta hasta
que ya es de noche y tampoco importa. Si le pones el crash primero, como lo hacen los
garzones viejos, 10 de 10. Esta no tiene premio aún, pero según María José es nueva. Hay
que darle tiempo. $3.900 el shop de 500 cc. Siempre de más ligera a más pesada, esa es la
ley.
Luego la Áurica ($4.100). Esa sí es del campeonato: medalla de plata, y se nota desde el
primer sorbo. Ya tiene más cuerpo, perfil a caramelo, notas frutales y un amargor que
aparece y se despide con educación. Una cerveza con clase sin andar presumiendo de ello.
Con la chori encima, todo calzó perfecto. Matrimonio bien llevado.
Ya iba avanzando la noche. Y las cervezas también.

Pedimos la segunda premiada: la Inferno Rubí ($4.500), con bronce colgado. Rica, mucho más cuerpo, tostada, con gusto a frutos secos. Yo no soy de las cervezas tan tostadas porque uno tiene sus límites, pero esta me gustó. En boca se siente más pesada, más seria. Como visita de suegra, pero de las buenas.
Todavía nos quedaba chorillana. Y aquí elegir es como un ex para toda la vida, o por lo
menos lo que dure la visita. Uno siempre vuelve. Para cerrar el ciclo, la Ónix ($5.100). La más premiada de todas. Yo la pedí para completar la historia, porque uno tiene oficio. Perfil a caramelo, café y chocolate amargo.

No es mi mundo, lo confieso sin vergüenza. Pero la persona que me acompañaba no dudó ni un segundo: se la tomó toda, muy feliz, con esa cara de quien encontró lo que andaba
buscando. Para ella fue un postre. Para mí fue verla disfrutar, que también vale.
Y por cierto la música, que para comer y beber es importante. Ojalá nunca pasen de moda
los clásicos del rock en los bares de cerveza.
