Para Joi Mediavilla y Leonardo Navarro, la idea del desalojo no se instaló cuando llegaron las máquinas al campamento Santa Marta, sino cuando los rumores empezaron a flotar sobre una inminente operación tras el desalojo del Campamento El Trébol.
Al albergue dispuesto por la Municipalidad de Maipú en el gimnasio Santiago Bueras llegaron 8 familias. En el lugar ya no se escuchan los retumbares de las excavadoras, destruyendo lo que hace unas horas eran hogares. En el recinto municipal lo que impera es un silencio cargado de miedo e incertidumbre. Uno que pesa más que los escombros.
Vender todo en 24 horas
Leonardo un día salió de su Venezuela natal y enfiló con rumbo a Chile. Su hermana, que llevaba dos años en el país le invitó a vivir con ella en el Campamento Santa Marta. En Venezuela, había aprendido a tatuar gracias a su hermano mayor y planeaba traer su habilidad a Chile para ahorrar dinero y luego devolverse a su país.

Antes de que las máquinas llegasen, las energías de Leonardo se concentraban en pensar en sus próximos diseños para tatuajes y en arreglárselas para encontrar nuevos clientes. Desde hace algún tiempo sabía que llegaría el día aciago en el que tendría que irse junto a su hermana, cuñado y sobrinas.
Un día antes del desalojo, se organizaron. Los muebles, refrigerador y todo lo que no podían llevar lo vendieron. Sus pequeñas sobrinas no entendían que sucedía, pero había que ser rápido, en unas horas llegarían las autoridades, las máquinas y los matinales dispuestos a competir por la cobertura más morbosa, a cambio del siempre esquivo ráting. Sabían que lo que no pudiesen llevarse en los brazos tendría que ser abandonado.
Dejaron ropa, colchones y muebles, pero otra cosa se quedó también, la certeza de tener un lugar donde dormir. Ya sabían que estaría un albergue disponible, pero y ¿después de eso? El sábado se acaba la vigencia, después de eso, el futuro queda en una hoja en blanco.
«Yo sabía de un principio que eso no era legal, que el terreno no era de ellos (los residentes del campamento) (…) no somos todos delincuentes , aquí hay personas que lucharon nada más por sus casas», comenta.
A las afueras del albergue Leonardo me cuenta que el próximo paso es buscar -de manera urgente- un trabajo que le permita poder arrendar un lugar donde vivir, y en un futuro cercano devolverse a Venezuela, mientras que el resto de su familia está en la misma situación y con anhelos de volver a un país donde el dictador fue derrocado y donde sigue gobernando un Chavismo venido a menos, tras la operación de Estados Unidos.
«Mañana planeo salir a Plaza Maipú, comprar helados, agua y vender mientras estoy aquí para reunir algo de moneda para arrendar un cuarto»
Una iglesia sin techo
Su padre, madrastra y él llegaron a Chile hace más de siete años, para Joi, el Campamento Santa Marta era más que un lugar donde llegar después de un día de trabajo. Cuando llegó la pandemia y los arriendos se hicieron más escasos, la opción de vivir en el campamento se volvió la única opción posible.
La familia de migrantes venezolanos no llegaron solos al campamento, la fe también los acompañó. El padre de Joi se formó como pastor en Venezuela y cuando llegaron al campamento pensaron inmediatamente en hacer una iglesia.
«La única iglesia que operaba ahí era la nuestra», comenta. Entre los vecinos la noticia se esparció rápidamente: dentro del Campamento Santa Marta se había formado una Iglesia, una que era más que rezos y plegarias.
«Ayudamos a los niños con la alimentación, estuvimos haciendo una obra social durante mucho tiempo ahí (…) ayudamos a la gente, a predicar la palabra de Dios, ayudamos a gente con vicios», comenta Joi.
«Muchas veces se ven en esos sectores que mucha gente cae en el consumo de cosas malas, se arruina la vida por esas cosas (…) yo con mi papá intentábamos alcanzarlos»
Al igual que el resto de las familias desalojadas sabían que el pasado lunes ocurriría el desalojo. Ese mismo día la Municipalidad los ayudó llevándose muebles y camas hacia el albergue. Se llevaron los implementos de la iglesia, en especial el púlpito donde predicaba el padre de Joi, las cosas que no pudieron llevarlas las regalaron a sus vecinos.
El tiempo transcurrido en el campamento no fue en vano, para Joi, «se armó una comunidad» que funcionaba como una red de apoyo invisible, pero que fue cortada. Para él, la injusticia no está en el desalojo, sino en el tiempo en el que sucedió.
«Mi punto de vista es que sí tienen derecho, sí es legal que nos puedan sacar, lo que nosotros estábamos peleando era el tiempo, fue como muy rápido (…) no hubo suficiente información ni suficiente plan de gestión , están dejándonos en la calle prácticamente», explica.
La familia de Joi se mantiene a la deriva, ya que su padre es el único que mantiene un trabajo estable como jardinero.
«Yo estoy tramitando ahorita mis trámites de carnet, como no tengo, se me hace muy difícil conseguir trabajo», comenta Joi.
Para Leonardo y Joi, el tiempo corre más rápido de lo normal; la llegada del sábado significará el fin del albergue y el nacimiento de una duda: ¿Dónde dormiremos esta noche?.
Fé de erratas: En una primera versión de este artículo titulamos: «Mañana se acaba el albergue: La cuenta regresiva para las familias desalojadas en el Campamento Santa Marta». La información era imprecisa. El Albergue llega hasta el sábado. Debido a ello se cambió el titular a «El sábado se acaba el albergue: La cuenta regresiva para las familias desalojadas en el Campamento Santa Marta»
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