/ Tomás Tapia
5 de febrero de 2026

«Con el ciclismo en la sangre»: La historia de don Braulio y su maestría en las bicis

​»Cómprate una bici y vas a ver lo que es la libertad», le dijo un amigo cubano hace décadas. Braulio le hizo caso y nunca más se bajó. Esta es la historia del mecánico de bicis que, entre dolores crónicos y recuerdos, convirtió su casa en un templo a la resistencia sobre dos ruedas.
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​En Maipú, en un pasaje cercano a Pajaritos, una bicicleta suspendida en lo alto de una casa funciona como faro. Es un símbolo para la gente que cruza la calle y se entera de que aquí vive un maestro que proclama tener el ciclismo en su sangre.

bici don braulio

Lleva 20 años viviendo y trabajando en un taller de Maipú, tiempo suficiente para convertirse en una leyenda barrial, específicamente en Avenida Los Pajaritos 5489. Basta solo una mirada para que sus ojos expertos detecten dónde está la falla y qué tamaño de rueda necesita una persona antes incluso de que se suba al sillín. Pero la rapidez con la que arma y repara engranajes es solo la superficie: detrás de ese talento técnico se esconde la historia de un hombre que, pese a las caídas, nunca se ha cansado de pedalear cuesta arriba.

Su viaje comenzó lejos, específicamente en el sur de Chile, en San Carlos. En 1962, un joven Braulio tomó la radical decisión de dejar el campo y el trabajo de arar la tierra porque se dio cuenta de que quería más que eso, y sintió que su oportunidad estaba en la capital.

«Uno trabajaba en ese tiempo y no habían zapatos con suelas y tenía que caminar en la tierra y me hacía tira los pies», recuerda Braulio.

Determinado a conseguir un cambio de vida, se aventuró a Santiago con tan solo 19 años, sin conocer a nadie y sin planes concretos. Por cosas de la vida terminó trabajando de junior y llegó a conocer a una tía por casualidad, la cual le terminó dando cobijo en su hogar. Podríamos decir que esa fue la primera señal de que su vida estaría llena de «coincidencias».

De estudiante a maestro de varios rubros

Aunque intentó estudiar en el Colegio Parroquial de Andacollo cuando llegó a la región Metropolitana, sus estudios se detuvieron debido a fallas burocráticas. Cuando todo se veía negro, unos de sus profesores le ofreció llevarlo a otro lugar.

«El profesor de religión me dice, ‘ya, hasta aquí llegaron tus estudios’ (…) y después me dijo ‘súbete a la citroneta’ y, cuando llegamos a un punto me dice ‘bájate, la gente que está allá te está esperando’. Era la Gratitud Nacional», recuerda don Braulio.

Allí, en ese establecimiento que lleva más de 125 años vigente, Braulio aprendió matríceria, mecánica y tornería. Los trabajos manuales no le eran desconocidos, pues su padre había sido herrero en el campo y como era natural en esos años, él también había aprendido el oficio y dominaba el metal.

Así, fue recorriendo diversos trabajos aprendiendo de gasfitería, mecánica textil y construcción. Se desempeñó en tantos lugares que incluso llegó a contribuir en la construcción de la icónica Plaza Lyon en Providencia, pero aunque trabajó en muchas cosas, aún no encontraba algo que lo apasionase.

El cubano de la bicicleta

Algo que siempre amó don Braulio fue el deporte. Cada vez que podía, participaba en maratones y dedicaba días a solo correr por las calles. La sensación de la brisa en el rostro, los ruidos de la calle y ver a los peatones pasar le eran adictivos. Un día, mientras trotaba, vio un grupo de ciclistas que le sobrepasó, pero uno se quedó atrás y se posicionó a su lado:«Oye flaco, huevón, cómprate una bicicleta y vas a ver la libertad que se puede sentir», le dijo.

Lejos de enojarse o insultarlo, sus palabras calaron hondo. Se pusieron a conversar y terminaron siendo amigos, y la idea de tener una bici se estacionó en su mente. Una Legnano italiana fue su primera compañera de pistas.«No era mala, pero para mi porte me quedaba chica. Yo medía 1,87 metros», recuerda entre risas don Braulio.

Aunque ya no sale mucho debido a su avanzada edad y el sufrimiento ante el repentino robo de su «compañera de vida» (su bici favorita), aún recuerda esa sensación que lo marcó de por vida.

Don braulio el ciclismo en la sangre
Una de las creaciones de don Braulio.

«Puedes salir con los mocos colgando, como dicen, pero al andar unos kilómetros se te olvida todo. Simplemente lo olvidas y disfrutas, eso es libertad», explica.

Ante la pregunta de por qué sigue amando las bicis, su respuesta no deja dudas.«Lo llevo en la sangre, ¿y quién fue el culpable de eso?, el cubano, él me hizo abrir los ojos. […] «Después seguimos siendo amigos y hasta viejitos también», comenta Braulio sobre su relación con el hombre que lo ayudó a sentir la libertad.

El dolor de la vejez

A pesar de haber tenido una vida marcada por el deporte, esto no lo dejó exento de enfermedades. Don Braulio ha sufrido accidentes, cirugías de urgencia y dolores tan agudos que han llegado a afectar su salud mental.

Caídas que le han fracturado el cráneo, accidentes cerebro vasculares que lo han dejado al borde de la muerte, hernias que lo han desgarrado por dentro, son algunas de las cosas por las que ha pasado este querido vecino, pero siempre ha terminado de pie. Aunque hay una que lo llevó al límite, según recuerda.

En 2014 le diagnosticaron una displasia prostática sumado a una retención urinaria, y pese al dolor insoportable que esto le generaba, le dieron una hora de atención para el año siguente.

«Era tanto, tanto el dolor que hasta para respirar me molestaba (…) el malestar era tanto que no podía aguantar», recuerda don Braulio, quien reconoce haberse olvidado por un momento de su hija, sus pasiones, sus amigos y pensar en atentar contra su vida.

Pero la noticia de su estado crítico llegó a oídos de conocidos, quienes se movilizaron rápido. Un amigo logró contactar a un diputado, quien a su vez gestionó el caso directamente con el Ministro de Salud de la época, Jaime Mañalich. Gracias a esa cadena de favores, Braulio fue operado apenas unos días después, salvando su vida además de su libertad para seguir trabajando en su taller y andar en bici.

Cicatrices, recuerdos y una vida sobre ruedas

Aunque sus batallas han dejado huellas, hoy, la calma ha vuelto a su taller en Pajaritos. Braulio confiesa que el cuerpo ya no es el mismo: los dolores crónicos persisten y los años le han cobrado factura, bajando su estatura de aquel imponente 1,87 de su juventud a 1,79 metros.

Pero su taller, sigue abierto y Braulio nunca ha estado solo, ha formado una gran red de amistades que se preocupan por él, que lo invitan a salir en bici y que le han otorgado un cariño digno de una gran familia.

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El taller de don Braulio.

Se niega a retirarse rotundamente, ya que la pasión por el ciclismo aún bombea en sus venas y aunque su cuerpo haya envejecido y el mundo haya cambiado, una cosa es cierta para Braulio, mientras existan personas que sigan andando en bicicleta y necesiten a un experto, él podrá compartir esa libertad que siente cada vez al andar.

SOBRE EL AUTOR

Tomás Tapia

Periodista en Práctica

Admirador del Gato Gamboa, contador de historias y periodista en formación

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