Basta solamente sentarse y mirar para darse cuenta de la existencia de un ecosistema distinto que convive con los maipucinos. Allí, entre los peatones y los que descansan en la sombra de los árboles de la Plaza Maipú, existe un circuito donde se oyen las risas, bocinas y pedales que hacen mover cuatro ruedas a toda velocidad.

El responsable de darle vida a este espacio de la Plaza de Maipú es Claudio González, quien es apodado cariñosamente por algunos de sus clientes como el «Tío Rojo» debido a la sensibilidad de su piel. A sus 58 años sigue repartiendo alegría y buenos recuerdos a los maipucinos con los famosos «autitos», que en realidad se llaman go-karts a pedales.
Una evolución sobre cuatro ruedas
La idea de este negocio nació junto a su esposa. Mientras se dirigían al Templo Votivo se dieron cuenta del gran flujo de personas que recorrían la plaza y los juegos que había en ese tiempo, en específico unos caballitos de madera que eran populares entre los niños.
A ambos se les encendió la ampolleta y decidieron optar por pedir los permisos correspondientes para trabajar y arriesgarse a comprar el primer go-kart.
«Era un go-kart de fierro comprado en San Diego, nosotros le hicimos el molde, estos no tenían mucha seguridad, no tenían tapa de cadena, prácticamente no estaban certificados a diferencia de los que tenemos hoy en día», explica Claudio.

Actualmente, la flota que posee es de origen holandés, están lejos de ser juguetes improvisados, son máquinas de primera, con frenos de mano y pie, bocinas, tapacadenas y asientos ajustables.
El rival que cabe en un bolsillo
Tener mejores go-karts no garantiza tener más pilotos. El mayor obstáculo del negocio de Claudio es el avance de la tecnología y la diversificación de negocios de entretención en Maipú.
«Lo que yo encuentro que mató mucho (el negocio) fue esta cosa de los teléfonos y lo digital (…) antes la mamá le decía al niño, ‘vamos a la plaza, a los carritos’ y ahora prefiere quedarse con el celular», comenta Claudio.
Si bien los niños ya no salen tanto a jugar, ha ocurrido un fenómeno curioso entre sus clientes.
«Han disminuido harto los niños, pero han subido los adolescentes y papás, antes por ejemplo, al papá y a la mamá les daba vergüenza andar (en go-kart), pero hoy en día ya no. Me gusta porque los papás se suben con sus hijos, lo pasan súper bien y eso es bonito», confiesa Claudio.

A pesar de que el flujo no es el de la «época dorada», aún es común ver y oír a familias y parejas pedaleando en las tardes.
Un patrimonio con bocina y ruedas
Para Claudio, la Plaza Maipú es su «segunda casa». Su perseverancia de estar ahí, día tras día, ha forjado una lealtad que atraviesa los años y generaciones.
«He atendido a niños que hoy están casados y que ahora traen a sus propios hijos a los go-karts«, relata.
Ese ciclo de vida es lo que lo mantiene firme. A pesar de los días lentos, Claudio no se imagina en otro lugar. «Si algún día tuviera que dejar la plaza, probablemente caería en depresión», confiesa.
Mientras haya un niño, pareja o adulto con alma de joven dispuesto a olvidarse un momento de la tecnología, el «Tío Rojo» seguirá manteniendo viva una tradición que ha marcado los recuerdos de muchos maipucinos.









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