El "Rey de los Controles" desafía a la muerte, pero pierde su "corona": El drama de Sebastián Lizama tras el despeje de Plaza Maipú

Sobrevivió a tres derrames cerebrales y aprendió a caminar de nuevo para volver a su oficio de 30 años. Hoy, el icónico vendedor denuncia que la actual gestión municipal le quitó su patente, obligándolo a trabajar en la incertidumbre: «Yo solo quiero ser digno».

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Durante meses, entre los asiduos a la Plaza Maipú circuló un rumor: Sebastián, el «rey de los controles remotos» había muerto. Pero un día, el hombre que muchos daban por ido apareció frente al McDonald’s de 5 de Abril, más flaco y con la vista cansada, pero con el mismo maletín de controles remotos. ‘Casera, no me morí’, tuvo que repetir como un mantra

El regreso de Sebastián Lizama no fue sencillo, tras una dolorosa rehabilitación que lo llevó de usar pañales a dar sus primeros pasos nuevamente, Sebastián demostró que su deseo de trabajar era más fuerte que cualquier diagnóstico médico. Sin embargo, la Plaza Maipú que lo recibió ya no era la misma: sin su patente, con una visión mermada por los derrames y un cuerpo más frágil, hoy se esfuerza por seguir adelante con una dignidad que considera herida.

A sus 62 años, Sebastián es un sobreviviente de los oficios antiguos. Llegó a Plaza Maipú hace cuatro décadas pedaleando un triciclo cargado de huevos hasta que conoció a su mentor, amigo y hasta figura paterna: Don Pedro Zúñiga, el «rey» original de los controles remotos. De él aprendió este oficio y le otorgó el título que aún usa para promocionarse.

Sin embargo, su reino no es un palacio, es la plaza misma donde él se desempeña como vendedor ambulante. En la calle, vendiendo controles, encontró una forma de ganarse la vida.

«Casera, no me morí»

En 2018, sufrió dos derrames cerebrales que lo dejaron temporalmente recluido en su casa, además de perder la visión total de su ojo derecho, mientras que en su izquierdo quedó con un 40% de visibilidad.

No obstante, las tragedias no acaban ahí, en 2022 sufrió otro derrame cerebral, dejándolo inválido y sin control de su vejiga.

«Me tiraron a la cama, quedé inválido, no podía caminar, no podía hacer nada, me orinaba entero, me hacía de todo, tuve que usar pañales«, explica don Sebastián.

Postrado en su hogar y sin poder caminar, don Sebastián tuvo una epifanía, «tengo que volver a caminar» se repetía una y otra vez, la soledad se había acentuado en su vida, pero su actitud de guerrero no había desaparecido.

Después de haber gastado todos sus ahorros para costearse una silla de ruedas, kinesiólogos y tratamientos, pudo volver a dar sus primeros pasos en Plaza Maipú luego de unos arduos seis meses de rehabilitación.

Por este tiempo el «rey» había desaparecido de la plaza, los rumores se esparcieron rápidamente entre las calles y sus clientes estaban seguros de que don Sebastián había fallecido producto de sus problemas de salud.

«Me dijeron que me había muerto en la plaza. Hubo gente que hizo una colecta y lo más triste es que no me dieron nada. Y cuando volví, mucha gente me dijo, ‘¿pero, usted no estaba muerto?’. Tuve que explicar por muchos meses a mucha gente«, confiesa.

El rey que perdió su corona (patente)

Hoy, don Sebastián trabaja de lunes a sábado, aunque su jornada se ha acortado. Sus secuelas físicas le impiden quedarse hasta la noche como antes; ahora se retira a las cinco de la tarde. Sin embargo, lo que más le duele no es su salud, sino su dignidad.

Tuvo su patente al día por más de 30 años hasta que llegó el día menos esperado para los comerciantes ambulantes, el despeje de la Plaza Maipú en 2022, según el alcalde Vodanovic, se llegó a remover alrededor de 600 toldos azules de los alrededores, de un momento a otro, don Sebastián se vio desprovisto de toldo y de su patente.

«Toda la vida tuve mi patente y mi permiso. Pasé muchas humillaciones para obtenerlo, pero nunca un alcalde me había caducado mi patente, lamentablemente el actual me lo caducó«, explica.

A pesar de todo, sigue trabajando en la plaza informalmente, pero con una vergüenza constante por la falta de documentos y el sentimiento de sentir que hace algo ilegal después de haber tenido su permiso por tantos años.

«Yo quiero ser digno. Yo no quiero un toldo, no quiero un puesto, no quiero nada. Yo quiero pagar mi patente y quiero ser digno para pagar mi patente«, confiesa don Sebastián.

Ante la inquisitiva de hasta cuando le gustaría seguir trabajando, el rey no dudó,«A mí me gustaría seguir trabajando toda la vida. Yo creo que voy a morir parado. Yo le digo sinceramente, creo que voy a morir parado», confiesa.

A sus 62 años, el hombre que venció tres derrames solo pide un papel que le permita trabajar sin miedo. En la Plaza Maipú, el ‘Rey de los Controles’ espera que alguien, en el edificio municipal frente a su puesto, reconozca que su dignidad no tiene precio, pero sí un permiso.

Tomás Tapia

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