Amador Mesa, el crítico gastronómico por excelencia de La Voz de Maipú, visitó María Comedor y Heladería. Conoce su experiencia:
Hace calor. Calor de verdad.
Ese calor que no se soluciona con bebida ni sombra, sino con la pregunta correcta: ¿dónde comerse un buen helado en Maipú?
Una amiga, convencida, sin vueltas:
—Anda a la María po.
—¿La María quién?
—La heladería de Central. Los cabros son simpáticos, tienen helados raros… y comida.
Después aparece otra amiga, muy segura de sí misma:
—Anda a la María po.
—¿Qué es eso?
—La heladería de Central, los chiquillos son simpáticos, tienen helados
raros… y comida.
Eso bastó.
Googleamos, partimos al mediodía y llegamos a María Heladería y Cocina, ubicada en Av. Central Gonzalo Pérez Llona 300 (a tres cuadras del metro Santiago Bueras, Línea 5). Había almuerzo. El ambiente era acogedor, moderno, sin esfuerzo. Sonaba la radio, pero no cualquier radio: Radio Romántica. Y justo estaba sonando Juntos de Paloma San Basilio.
Una maravilla de canción que me llevó directo a esos paseos de mañana, camino al colegio, con mi mamá manejando. Nostalgia pura. Romantizando la vida sin pedir permiso. Nos llamó la atención la poca gente que había. Pensamos que, por la propuesta, debería estar lleno. Y fue fome. Porque estos locales, con identidad y oficio, deberían estar llenos siempre para que no mueran.
El local tiene libros de cocina —una muy buena colección—, ilustraciones de artistas y gatos de la fortuna, muchos gatos de la fortuna, una especie de altar bien punky. Carteles. Nada posado.
Lo primero que ves es la vitrina de helados. Medio caótica, pero atractiva. Sabores clásicos y otros poco comunes. Pregunto. Me cuentan que los cambian según temporada, con ingredientes de distintos lugares de Chile, naturales, hechos por ellos mismos.
No exagero: esto no se ve mucho en Maipú. Tomamos asiento y el mismo cocinero nos atiende. Pedimos el plato único del día, que puede variar si es vegetariano o con
carne. Nos fuimos por la de vaca: milanesa de carne, papas mayo, té
helado y un conito de helado a elección.

Todo por $7.000.
Sí, siete lucas.
De entrada llegan encurtidos de la casa y pancito. Detalles simples que ya te dicen que aquí hay cariño. Después, un té helado de chai con limón, fresco y bien logrado. Partimos con el plato que más me llamó la atención: ceviche de pescado a la parrilla con camarones ($8.500). El pescado del día era bonito, y eso se agradece. Pescado de temporada, sabroso, cercano al atún. Venía con camarones, maní, salsa de ají fermentado, limón, cilantro, cebolla y papas de camote hilo. Un gran acierto. De esos platos que alegran el alma.

El ceviche tenía un estilo antiguo, como los de feria: desmenuzado, honesto, sin poses. Dicen que la comida entra por los ojos, y aquí eso se cumple. Nada que envidiarle a restaurantes de comunas “más arriba”.
¿Crítica? Una sola, personal: un poco más de limón y era perfecto. Nada grave.
Retiran la entrada. Diez minutos después llega el resto: una milanesa de
carne bien adobada, sin lujos, solo buena sazón —ajo, orégano y vino blanco—, apanada a la inglesa, esa que pasa por harina, huevo y pan rallado. Acompañada de papas mayo y repollo encurtido. Rico. Preciso. Sin humo.
Luego viene el conito y ahora sí, a lo que verdaderamente vine: comer helado. Mini cono, sabor a elección. Probamos varios. Membrillo “de la casa”, que dicen que es del tío, y se siente casero de verdad. Copao de la IV Región, chocolate de Ecuador, papayas de La Serena… pero el que más nos llamó la atención fue uno especial hecho para una cena clandestina, llamado Maipú: un helado de recolección de flora urbana de la comuna. Cítrico, floral, muy bien logrado.
Ojo con sus redes sociales (@maria.heladeria) Conversamos sobre esas cenas y el nivel es alto. Experiencias gastronómicas reales, sin disfraz.


En la conversa aparece el dato clave: ellos fueron los ex dueños del recordado Veneno Negro Cocina, que partió en Matadero Franklin, pasó por Providencia y desapareció para pena de muchos. Ahí todo hizo sentido: los sabores, la técnica, la cocina y los helados.
Cerramos con lo clásico: helado de plátano manjar —cocinan el plátano completo, incluso con cáscara, para no perder fruta—, y chispitas de colores. Y un cono de Maipú para llevar.
Ahí confirmé algo simple: María no es solo una heladería. Es un lugar con identidad, memoria técnica y oficio. Ojalá estos espacios de cocina democrática estuvieran en todos lados. Como Emanuel Culinaria, Casa Brotherwood, o los que apuestan por la innovación en Maipú, como Coffee Culture o La 102. Seguramente hay muchos más que aún no conocemos. Y ya iremos descubriéndolos.
Porque la mesa, aunque sea prestada, pequeña o improvisada, siempre recompensa al que llega con hambre de verdad.
