Si los muros del Templo Votivo hablaran, describirían un país que ya no existe. Pero afuera hay alguien que no necesita imaginar el pasado. En la vereda, Don Fernando es la memoria viva que lo vio todo
Más que un comerciante, Don Fernando es como un roble antiguo que ha echado raíces en las afueras del Santuario Nacional Templo Votivo de Maipú. Ha visto miles de personas pasar por el templo, sin embargo, él sigue ahí, ofreciendo velas a los creyentes.
Un oficio compartido

Su historia en Maipú comenzó hace seis décadas y llegó a desempeñarse como carpintero, constructor y hasta panadero de la emblemática panadería Chile España ubicada en San Bernardo. Pero fue con su difunta compañera de vida Rosa, con la que llegó a armar el kiosco y el emprendimiento de la venta de velas.
«Empezamos de poquitito, antes de que se terminasen las obras en el templo«, explica don Fernando.
La partida de Rosa, hace 19 años producto de un cáncer a los huesos, dejó un vacío físico, pero no emocional para Don Fernando. «He soñado con ella más de 100 veces desde que se fue, siempre son sueños bonitos«, confiesa.


Hay un orgullo que se siente al oír hablar a don Fernando sobre su compañera de vida, no solo por el largo camino recorrido que hay en sus 46 años de unión, sino por el último gesto de amor que le entregó, una sepultura perpetua en el Cementerio Católico de Maipú gracias a los buenos tiempos que tuvo su negocio.
Hoy, Don Fernando lleva una foto de Rosa en un cuaderno viejo, su tesoro más preciado. Esa devoción que siente por ella es la misma que transmite en su oficio. Cuando vende un paquete de velas, sabe que no está entregando solo cera y pabilo; entrega esperanza. «Son ofrendas para Dios o la Virgen, especialmente por salud», explica, entendiendo el dolor ajeno porque él conoce el propio
Del Templo Votivo al corazón de los vecinos
Por $2.000, los fieles se llevan algo más que un paquete de velas; se llevan una esperanza. Don Fernando entiende que quienes se acercan no solo buscan honrar a los santos, sino también pedir su intercesión. «Son ofrendas para Dios o la Virgen, especialmente por salud’, explica con la sabiduría de los años.
Aunque el negocio y los tiempos han cambiado, uno de los grandes motivos que lo mantienen en su kiosco es el cariño que recibe a diario de la gente y las conversaciones que sostiene con ellos.
«Aquí toda la gente me quiere, hay personas que me ayudan mucho también, algunos me llaman la reliquia del templo«, comenta don Fernando.
Prohibido retirarse
A su edad, muchos optarían por el descanso, pero para don Fernando Grandón, la inactividad no es opción. «En la casa no me hallo», explica tajante. Su vida es el movimiento, el saludo vecinal y la conversación con el cliente habitual.
Mientras el Templo siga en pie, Don Fernando promete seguir ahí. No solo vendiendo velas, sino manteniendo encendida la llama de un Maipú que se niega a desaparecer.









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