/ Tomás Tapia
28 de febrero de 2026

Del silencio al orgullo: El maipucino que convirtió la receta de su abuela en un imperio de churros

Creció en 3 Poniente ocultando el oficio de sus padres por miedo al qué dirán. Hoy, Fabián Castro ha convertido esa «vergüenza» en su mayor orgullo, rescatando una receta familiar de 60 años para crear un exitoso emprendimiento que une la tradición de Cartagena con el marketing digital en un carrito ubicado en 3 Poniente con Portales.
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Hubo un tiempo en que Fabián prefería guardar silencio cuando le preguntaban a qué se dedicaban sus padres. En el colegio, la respuesta de «venden churros» solía venir acompañada por risas y burlas. La vergüenza lo marcó tanto que hasta llegó a ocultarle el oficio de sus padres a su pareja en los inicios de la relación.

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Fabián y su padre.

Pero la vida, con esas vueltas que logra descolocar a cualquiera, lo dejó como uno de los rostros de la receta familiar de churros. Hoy, Fabián no solo ha borrado la vergüenza, sino que se ha vuelto el orgulloso estandarte del legado de su abuela que conquista a los maipucinos en 3 Poniente con Avenida Portales y en su Instagram.

«Hablar de ellos (sus abuelos) es como hacerles un homenaje en vida», confiesa Fabián a La Voz de Maipú.

Amasando una historia familiar

Para entender el origen de esta historia hay que viajar 60 años en el pasado hacia las playas de Cartagena. Allí una joven Rina y Eduardo empezaron a trabajar para una familia que contaba con un emprendimiento de churros.

Ambos no dudaron ante la oportunidad, pero aprender la receta y realizar el trabajo no fue fácil, trabajar la masa significaba una tarea que en la época era «solo de hombres» debido a lo laborioso de la actividad, mientras que la mujer se quedaba en la caja y atendía a los clientes.

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Eduardo y Rina en uno de sus carritos de churros.

Sin embargo, los abuelos de Fabián tenían una mentalidad adelantada a su época. Decidieron no pasar la vida trabajando para otros como era común en esos años y en cambio, se arriesgaron por emprender, comprar insumos y construir, sin saber, lo que Fabián llama «una familia churrera».

«Imagínate, hace 60 años ellos eran muy jóvenes y aparte, tenían hijos, empezaron a emprender cuando esa palabra ni se usaba en esa época», comenta Fabián.

El éxito de sus abuelos no fue suerte, fue esfuerzo y estrategia. Luego de emprender, su abuela Rina pasó de arrendar la residencial de la familia de sus anteriores jefes a comprarla, pero su expansión no terminó ahí.

«Mi abuela puso un carro en Playa Grande, después en Playa Chica, después en un punto medio, después con un restaurant y así fue creciendo en la parte económica (…) mi abuela es muy conocida en Cartagena», explica.

Con ese esfuerzo ambos criaron a sus cinco hijos, cimentando las bases de un legado que perdura hasta el día de hoy en el lado maternal de la familia.

«Toda la parte materna de mi familia trabaja en churros», explica Fabián.

Un refugio familiar

Aunque Fabián hizo su carrera lejos del negocio familiar, trabajando como productor audiovisual y DJ, el legado de su abuela le tocó la puerta en un momento de urgencia.

Cuando fue despedido de su trabajo en La Tercera en el año 2015 y el panorama se veía gris, fue Rina quién le prestó ayuda.

«Mi abuela me llama y me dice ‘ven a trabajar a Cartagena’ y yo le decía que no y no, estaba como bloqueado«, comenta Fabián.

A pesar de que dudó al principio, fue motivado por su abuela y no solo recibió un respiro económico, sino que también entendió cómo hacer churros por primera vez gracias a su cuñado. Ahí aprendió que la técnica debe ser eficiente y rápida, marcando su primer encuentro con la receta familiar, aunque su enfoque seguía siendo «trabajar en lo suyo».

El tiempo pasó y Fabián se enfocó en su carrera como DJ para pagar las cuentas, pero llegó el momento que paró en seco los planes de todo el mundo, la pandemia en 2020.

«Me acuerdo que prendí la tele y decía ‘cuarentena mínimo 3 meses’ y pensaba ¿qué hago?, estaba full con lo de DJ, estaba súper bien y pensaba en que tenía que vender mi auto no más y ahí me llama mi mamá y me dice ‘vende churros’ y yo dije ‘ no, no, no’», recuerda.

Esos «no» de Fabián no venían de un desagradecimiento o menosprecio, sino de la profunda vergüenza que aún mantenía consigo.

«Me hicieron bullying en el colegio, (…) una vez mi mamá se ganó en el Mall Plaza Oeste a vender churros y yo la acompañaba, entonces ahí me vieron y me dio vergüenza y me molestaron», explica.

Ese estigma aún pesaba en su mente, pero como si fuese por obra del destino, su cuñado también lo llamó, animándole a que le diese una oportunidad a hacer churros y que incluso le prestaría un carrito pequeño para colocarse.

De nuevo llegó la duda, pero los gastos del hogar no se pagarían solos.

De los «no» rotundos a maestro de churros

Finalmente, cedió y su cuñado le prestó el carrito en el que cabía una sola persona, su madre desempolvó una máquina vieja para hacer churros y una paila que guardaba.

La realidad lo golpeó de frente: en su primer día ganó 40 mil pesos y agotó stock. En ese momento, las dudas se despejaron, Fabián vio el potencial de la receta familiar y descubrió en los churros un posible nuevo trabajo.

Si bien, en un inicio era su mamá quien hacía los churros debido a que se sabía la receta al derecho y al revés, Fabián no gastó tiempo y se enfocó en mejorar su técnica para hacerle justicia a la fórmula, y en un santiamén, los churros se hicieron conocidos en las zonas aledañas de Padre Hurtado, donde se ubica su actual hogar.

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Una rosca de churros.

El despegue definitivo ocurrió cuando un reportaje sobre el retiro del 10% de las AFP visibilizó su historia. Fabián decidió invertir en maquinaria y la respuesta fue explosiva: los pedidos colapsaron su WhatsApp. Lo que partió con repartos familiares en su propio auto pronto se profesionalizó, obligándolo a contratar vecinos para el delivery y a formalizar la empresa para dar abasto a la creciente demanda.

«Fue como un boom, la gente empezó a comprarnos más, pusimos en Instagram nuestro número de WhatsApp donde la gente hacía los pedidos y ahí empezamos a subir mucho», recuerda.

Luces, cámara y ¡churros!

Al estar versado en lo audiovisual, Fabián se puso manos a la obra para que su marca se viese digna de un comercial de televisión en las redes y diferenciarse del resto de negocios.

Montó un estudio en casa y a través de una escena cuidadosamente armada, logró mostrar churros dorados bañados en manjar, que, al solo verlos, le darían hambre a cualquiera. Pero no solo eso, también los paquetes en los que son entregados están arreglados para que el contenido se sienta profesional.

«Yo me hice un logo altiro (…) me hice mi propia publicidad y rindió frutos, me siento orgulloso porque muchos me han dicho que yo profesionalicé el churro a través de hacer propaganda», comenta.

El siguiente paso

Hoy, la vergüenza quedó enterrada en el pasado y en su lugar, fue reemplazada por un orgullo indestructible. Fabián lidera un exitoso negocio que le ha dado a los maipucinos unos churros que nunca olvidarán, todo gracias a la receta de su abuela Rina

«Jamás pensé en mi vida y yo creo que mi papá tampoco, mi cuñado tampoco, ni mi hermana que íbamos a poder vivir de esto, para nosotros siempre fue como un apoyo no más», confiesa.

Heredando la misma mente estratégica de sus abuelos, Fabián apunta a lo más alto: llegar a tener su propio local y hacer llegar sus churros a los malls.

«Yo sé que la vamos a romper, porque el churro que vendemos nosotros es diferente al que venden en el mall, que es un churro congelado, un churro procesado», se sincera.

SOBRE EL AUTOR

Tomás Tapia

Periodista en Práctica

Admirador del Gato Gamboa, contador de historias y periodista en formación

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