Columna de opinión: El legado de Elicura, segunda parte

Editor LVDM
septiembre 12, 2020
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Para leer la primera parte: https://lavozdemaipu.cl/el-legado-de-elicura/amp/

El largo camino de piedra transparente

Si bien durante el siglo XX existieron diversas organizaciones mapuches que reivindicaron sus demandas identitarias y territoriales, fue muy poco lo que lograron para transformar su condición y despojo. Los logros vinieron más en términos políticos, por ejemplo, mediante la elección de diversos diputados en distintas épocas. En 1924 fue electo el primer de ellos, Francisco Melivilu; le siguió Manuel Manquilef en 1926 y Arturo Huenchullán en 1933; años más tarde fue el turno de José Cayupi y Esteban Romero, ambos electos diputados en 1953; Venancio Coñuepan, tal vez el de mayor trascendencia en la historia, fue electo diputado en 1945, 1948 y 1968.

En este contexto los primeros referentes mapuche en el mundo político, sentaron las bases del debate sobre la formación educativa y política que eran necesarias para construir una nueva generación de mapuche que vendrían a tomar la posta por sus reivindicaciones; esto porque dichos líderes políticos debieron convivir con la necesidad de representar a sus comunidades y negociar con un sistema político que los menospreciaba y rechazaba arbitrariamente.

En este contexto, los resultados alcanzados por esta generación no permitieron establecer un discurso de identidad para que aquellos mapuche de comunidades rurales o urbanos pudiesen representarse con una identidad que reivindicara tanto su cultura como la causa. Debieron pasar décadas para que comenzaran aparecer los primeros intelectuales mapuches, del cual Elicura formó parte.

Chihuailaf pertenece a una generación que logró proseguir con sus estudios secundarios, muchos de ellos en internados de la región y, quizás, fue una de las primeras generaciones mapuche en entrar a la educación superior. Recordemos que Elicura se graduó de obstetra en la década de los 70′ en la Universidad de Concepción, carrera que nunca ejerció para dedicarse exclusivamente a la literatura y lo que el denomina la oralitura.

El movimiento de reivindicación indígena, desde la propia voz de los indígenas en América Latina, comienza de manera potente en dicha década. De esta manera comienza el fortalecimiento de diversas redes para promover sus posturas.

Elicura es parte de éste movimiento regional, que más tarde será conocido como “Indianismo”: movimiento que por primera vez en la región esta íntegramente formado por indígenas y que buscan reevaluar los modos en que la cultura occidental ha definido la cultura y su identidad indígena; por ello, comienzan reivindicando el concepto de indio, nombre que por siglos fue sinónimo de barbarie, incivilizado, flojera, borrachera y, desde ahora, se le comienza a considerar como un nombre ligado a la resistencia, el reconocimiento de su cultura y la urgencia de luchar por existir.

En este contexto, Elicura fue parte fundamental de la promoción de los preceptos del indianismo y, dentro de ellos, las diversas expresiones artísticas a favor de los indígenas (literatura, pintura) contribuyeron en gran parte a rehabilitar y ennoblecer la historia y los rasgos de las culturas indígenas.

La lucha también fue por lograr políticas sociales, educativas o, incluso, económicas, así como el acceso de la ciudadanía, favorecieron la integración de las poblaciones rurales, antes mucho más dominadas y desamparadas. Paradójicamente, lo que está al origen de los discursos y de las movilizaciones diferencialistas actuales fue, por una parte, la distancia persistente entre esas poblaciones y las poblaciones urbanas y, por otra, la apreciación que las primeras efectúan de tal diferencia y rechazo, facilitada tanto por su nueva integración social y cultural, como por la discriminación que siguen sufriendo en tanto indígenas. Es allí donde se encuentra el telón de fondo común para el nacimiento del indianismo en los distintos países de la región.

Es en este contexto regional y local donde Elicura inicia su trabajo poético y de reivindicación de su cultura. Con esto me refiero a que en su obra es evidente el ejercicio de enseñar sus costumbres y, sobre todo, que el legado de la cultura mapuche penetre la configuración de la cultura chilena. Este ejercicio pedagógico, de refrescar la mala memoria chilena, que constantemente busca revertir su herencia y que, lamentablemente, se consagra en el sistema educativo chileno, donde desde muy pequeños nos predisponen a desconocer.

En sus reflexiones sobre la cultura mapuche muy temprano acuñó la noción de la oralitura, donde éste plantea que, “en nuestras comunidades se continúa viviendo en el espíritu del vlkantvn, que es la poesía cantada; nuestra poesía permanece fundamentalmente en la oralidad”.

En 1994 se realizó el Primer Encuentro de Escritura Indígena en México. En aquella ocasión, Elicura Chihuailaf propuso el término oralitura para referirse a la importancia de la palabra en la cultura mapuche, como sustento de la comunidad y de la comunicación con el espíritu y el corazón del otro, asumiendo el modo de expresión poética a través de la escritura. Chihuailaf define su trabajo de creación como el de «oralitura» -y a sí mismo como un oralitor- haciendo referencia a la escritura «ejercida junto a la fuente de la oralidad de nuestros mayores» (ancestros, antepasados, memoria colectiva, tradición), pero también junto a sus amigos de la otra «orilla», no indígenas, nosotras y nosotros, chilenas y chilenos.

En una entrevista lo plantea claramente «(…) esta conversación con usted la realizo al lado de los pensamientos de mis antepasados, de mi gente; y de las reflexiones, las cartas y los libros de mis amigas y de mis amigos no indígenas (…) a ellos los he convocado a hablar en estas páginas. A usted le convido a oírlas, a oírlos»

La búsqueda de sus raíces

En mi experiencia como profesor de Historia, debo reconocer que he debido rebuscármelas para instalar la reflexión y el debate con mis alumnos/as sobre el conflicto chileno-mapuche, así es como, a estas alturas de la historia, no podemos responsabilizar sólo a la cultura mapuche, sino que debemos hacernos cargo de que como sociedad no hemos estado disponible para reconocerlos como iguales y valorarlos.

Aunque, sin duda es evidente el fenómeno, cada vez más masivo, en las escuelas chilenas y maipucinas, ya sea en colegios municipales y particular subvencionadas, donde cada vez más adolescentes se reconocen de ascendencia mapuche. De los 45 estudiantes en una sala de clases, quizás, 8 por curso habrán, y me quedaría corto en la cifra. Este fenómeno de visibilidad tan notoria de estas nuevas generaciones es un tremendo desafío para profesores; en relación a afrontar una clase desde el reconocimiento y la valoración de otras culturas pero, sobre todo, apoyar a que aquellos estudiantes puedan encontrar sus modelos de identificación.

Es justamente en aquel proceso donde Elicura ha jugado un rol trascendental, ya que de manera muy simple da respuestas a esos adolescentes sobre el porqué de su origen, cuál es el conflicto real para el pueblo mapuche y porqué sus abuelos o padres desistieron de enseñarles la lengua, cortaron sus vínculos con sus familias de origen en el sur o, en los casos más dramáticos, algunas familias debieron recurrir a cambiar sus apellidos debido a la cruenta discriminación sufridas al llegar a la ciudad en su condición de migrantes mapuche.

Aquel ejercicio de recuperación de su identidad, es cada vez más común en los adolescentes maipucinos. Lo planteo en este escrito, ya que me impacta la nula acción de las autoridades, en general. La escuela sigue siendo vista como un dispositivo de concientización sobre lo que un chileno debe saber para reconocerse en aquella nacionalidad, me refiero a cantarle a la bandera, conocer el escudo nacional, escenificar bailes folclóricos que nunca más se volverán a utilizar en el año. Este ejercicio tiene como claro propósito la promoción de la monoculturalidad, lo cual implica promover discursos escencialistas sobre lo que implica la chilenidad y deja fuera cualquiera manifestación que no se cuadre con aquel discurso. Lo mapuche es visto en las representaciones escolares como un elemento instrumental y casi exótico, y en la realidad no hay interés alguno en conocerlo realmente y menos integrarlo en los planes de estudio.

En esta misma línea, el ingreso masivo de alumnos migrantes evidencia que no tienen un futuro muy distinto el desafío de su identidad con el devenir mapuche.

En este contexto, las escuelas no solo la de Maipú, sino aquellas de la Región Metropolitana no poseen políticas serias para integrar esa diversidad como un valor; al contrario, tienden a responder con la reproducción de un discurso unicultural y poco tolerante con otras formas de ver la chilenidad. De modo que se vuelve normal que estos adolescentes se encuentren acercándose por sus propios medios a comunidades mapuche que existen en la comuna o asistir en sus tiempos libres a distintos programas para aprender el mapuzungun, como medio para comprender los códigos mínimos de su cultura.

El sistema educacional tiene absolutamente abandonada esta urgencia identitaria y no muestra la más mínima intención de asumirla como un desafío. Es justamente ahí donde, para profesores comprometidos con la interculturalidad, personajes como Elicura nos brinda muchas luces, permitiendo incorporar la mirada mapuche respecto de este conflicto. Esto, también, porque debemos ser honestos como chilenos y reconocer que, a pesar de convivir junto a la cultura mapuche en el mismo territorio durante siglos, sabemos poco o nada sobre ellos, si nos aprontamos a dejar de lado todas las caricaturas y prejuicios construidas en torno a éstos.

La única posibilidad para revertir este diálogo sordo promovido por el Estado chileno es abrazar la interculturalidad, lo cual nos exigiría valorar a las otras culturas existentes en nuestro territorio y verlas como un igual. Por ello, este desafío nos requeriría resetear el programa de monoculturalidad implantado desde el sistema educativo y ver por primera vez al descendiente mapuche, al migrante y la diversidad sexual como otras formas de ver lo chileno y que tienen mucho que aportar a la revisión de nuestra identidad e historia.

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