Como era costumbre, pasada la medianoche de Año Nuevo, salíamos todos los vecinos de la calle Carmen y sus alrededores a ver el espectáculo pirotécnico. Era el año 2001 y recién se inauguraba el gobierno comunal en manos del doctor Roberto Sepúlveda. Un desperfecto técnico o la irresponsable manipulación de los artificios utilizados, produjo uno de los accidentes más graves de que se tenga memoria en la historia comunal.
Mi familia se ubicó frente a nuestras casas, subidos en aquella pequeña armazón de sólido cemento que resguardaba los medidores de agua. Nuestro pequeño mundo se ensanchaba al contemplar ese espectáculo que superaba todas nuestras expectativas de una celebración familiar como lo era el Año Nuevo.
Éramos jóvenes. Recuerdo discutir con mi hermano sobre quién tomaba la mejor posición para observar aquel evento. A regañadientes le cedo el lugar y, encaramado en la reja de mi casa miro el luminoso espectáculo. No presagiábamos la desgracia que se avecinaba en un día en que los buenos deseos llenaban los corazones de nuestro querido Maipú.
Todo comenzó cuando una multitud de casi cinco mil personas se reunió para presenciar el espectáculo de fuegos artificiales. Era el cambio de año y de siglo, que apenas se asomaba, pero la desgracia mezquina y sorpresiva haría recordar esa noche por el resto de nuestras vidas: un proyectil salió intempestivamente de la zona asegurada para los disparos, dejando alrededor de treinta personas heridas, algunas de extrema gravedad. Finalmente, tres de ellas perdieron la vida, sumiendo en dolor a sus familias.
Las primeras noticias informaban que los heridos eran aproximadamente cincuenta y no había claridad sobre posibles fallecidos. Todo era confusión. Testigos relatan que la multitud corría despavorida, sin dirección, intentando evitar ser alcanzada por algún proyectil.
Esa noche la prensa no ayudó demasiado. Las versiones eran contradictorias: no se sabía con certeza la cantidad de heridos ni mucho menos si había muertos. Funcionarios municipales que estuvieron presentes relatan que las escenas de dolor y las heridas provocadas por los fuegos artificiales ofrecían un espectáculo dantesco, sin comparación con ninguna otra desgracia vivida en la comuna.
La gente corría enloquecida; madres gritaban el nombre de sus hijos. Solo se percibían miedo y voces de dolor por doquier. Era posible ver personas caminando enajenadas, con las heridas al descubierto, sin recibir auxilio alguno, dada la inesperada urgencia que nadie parecía haber previsto con seguridad.
Hasta ese momento no estaban claras las causas del accidente. El comisario de la 25ª Comisaría de Carabineros de Maipú declaró entonces que “un proyectil se salió de la zona de seguridad e impactó a la gente”. Cuentan quienes estuvieron allí: “Era un escenario de guerra”. Los fuegos artificiales que perdieron su curso previsto golpearon ojos, rostros y cuerpos de quienes jamás imaginaron que esa noche festiva se convertiría en la peor pesadilla de sus vidas, especialmente para aquellos que perdieron a sus seres queridos en tan horrible desgracia.
Hay fechas que colectivamente nunca se olvidan y el de aquel 1 de enero de 2001 sin duda quedará en la memoria local como uno de los hechos que más dolor ha provocado en la historia maipucina.










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