Hasta hace un par de años, Carolina Osorio, oriunda de Maipú, disfrutaba del deporte y una vida sana. A sus 44 años, madre de dos hijos y asistente judicial, su cuerpo era capaz de aguantar largas caminatas en montañas, pero la vida, con esa imprevisibilidad que asusta, le cambió su panorama de golpe.

La enfermedad empezó silenciosa y disfrazada. En 2022, una lesión precancerígena en el útero fue tratada con un procedimiento láser. «No es cáncer», le dijeron. Parecía el fin del susto, pero a principios de 2024, lo que se disfrazaba como una posible infección urinaria se desenmascaró en una biopsia devastadora: cáncer en etapa tres que comprometía su útero y los ganglios de la pelvis.
El doctor dio el diagnóstico; de un momento a otro, la posibilidad de morir se había plantado frente a Carolina. Su primera emoción fue un miedo irracional ante la posibilidad de no volver a ver a sus seres queridos y el haber estado sola durante la noticia solo agravó su pánico.
«Salí de la consulta en estado de shock, para mí todos los pasillos estaban oscuros y negros, las lágrimas me salían por todos lados (…) sentí que me iba a morir, que estaba condenada a la muerte altiro» ,confiesa Carolina.
Pero la vecina dio la pelea. Soportó quimioterapias, sesiones de radiación y braquiterapia. Y ganó… o eso creyó. El tumor desapareció, pero en agosto de 2024, un examen de Tomografía por Emisión de Positrones (PET) trajo la noticia que nadie quiere oír: el cáncer había vuelto, esta vez en forma de nódulos en el pulmón. Metástasis. Etapa 4.
Ocho meses de angustia y una tregua con la muerte
El impacto psicológico fue brutal. Carolina confiesa que vivió ocho meses de «psicosis»: crisis de pánico, pesadillas constantes y un miedo paralizante al momento de irse a dormir, pensando que la muerte le llegaría en su sueño.
«Yo me iba a acostar y automáticamente el corazón se me empezaba a acelerar (…) cuando dormía, escuchaba la voz de un hombre que me decía ‘te vas a morir’ y ‘el cáncer va a atacar todo tu cuerpo’», confiesa Carolina.
Sin embargo, se ha esforzado para cambiar el «switch» sobre la muerte. Si bien ella siente la certeza de que esta enfermedad no le ganará la pelea, aun así dice haberse hecho «amiga» de ella.
«He tratado de ser más amigable con la muerte, porque nosotros, los seres humanos, le tenemos miedo, pero es algo que está dentro de la vida», explica Carolina.
Ese cambio mental le ha permitido dormir mejor por las noches. Expresa haber aceptado que la muerte le puede llegar a cualquiera, con o sin cáncer.
La rebeldía de «vivir normal»
Una vez que perdió aquel miedo a morir, para Carolina la etapa 4 no significó una sentencia, sino una condición crónica.
«Yo sé que voy a salir de la metástasis y que soy una persona que a lo mejor va a tener que vivir mucho tiempo con esta enfermedad, como alguien que vive con diabetes, por ejemplo, que siempre va a tener que estar tratándose«, explica Carolina.
Debido a su fuerte espíritu, rechaza vivir en la cama. Aunque reconoce que las quimios la han dejado con el 50% de su energía, ella aún sale a la feria, a compartir con sus amigos y asiste a cumpleaños. Esa normalidad es parte de su terapia y nueva mentalidad.
También usa una peluca que es casi idéntica a su pelo natural, pero con un objetivo que va lejos de la vanidad.
«Yo no quiero salir a la calle y que la gente me diga ‘ay pobrecita, se va a morir’ (…) salgo con peluca para verme como una persona normal y, en vez de recibir lástima, recibo buena energía de los demás», explica.
El pilar de la familia
Esa fortaleza que supera los miedos es la misma que sostiene su hogar. Carolina es quien sujeta a su familia conformada por sus dos hijos y su mascota.
Aunque es ella la que padece cáncer, su rol de cuidadora no ha cambiado. Sus retoños la conocen y mantienen la calma, saben de su fortaleza y que su madre es indestructible ante las adversidades, sin embargo, la madre de Carolina es quien se ha visto de todas maneras afectada, según cuenta la vecina.
«He tenido que levantar a mi mamá del suelo. El cáncer destruye a tus hijos, a tus padres, a tus hermanos; todos sufren contigo», comenta.
En lugar de derrumbarse, Carolina se convirtió en el escudo emocional de los suyos. Su lucha tiene un objetivo claro: convertirse en una mejor persona y, en el peor de los casos, dejar un legado de resiliencia.
«Cuando yo tenga que partir, que no sé cuándo será, quiero que la gente tenga un buen recuerdo de mí, que mis hijos se sientan orgullosos de la madre que tuvieron, por eso quiero ser mejor persona», confiesa Carolina
Su red de apoyo se completa con sus amigos incondicionales, que, ante la distancia de su familia sanguínea en Arica, se han convertido en parte importante de su soporte.
Una completada para llegar a marzo
Con todo, mientras su mente y su corazón están fuertes, su economía colapsa. Tratarse una enfermedad como el cáncer no es barato, Carolina desembolsó millones en su primer tratamiento, lo que la dejó sin ahorros.
La maipucina es crítica con la brecha del sistema público, especialmente por la falta de acceso al examen PET, un escáner nuclear costoso, pero vital para detectar cáncer y su avance.
Hoy, siendo una jefa de hogar y sin su sueldo habitual, se enfrenta a una tormenta de burocracia. El Compin le debe el pago de tres meses de licencias médicas por falta de documentos, lo cual no ha dependido de ella, ya que los papeles solo los puede emitir su doctor tratante, quien se encuentra en vacaciones hasta el 20 de febrero.
Carolina calcula que, con suerte, a fines de marzo deberían llegarle los pagos. Sin embargo, queda mucho para ese momento. En este contexto es que se ha organizado una completada que se realizará el 30 de enero como un salvavidas para ella y su familia, quienes, a pesar de las circunstancias, siguen con los brazos arriba.










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