Vender cuchuflís bajo el calor de Maipú es un oficio de resistencia. Hay que aguantar el aire sofocante de los vagones del Metro, cargar las cajas por las escaleras y al mismo tiempo ofrecer dulzura a gente que camina apurada, con la mirada clavada en el celular. Para Elizabeth Avilés, cada paquete vendido no es solo una moneda extra; es el combustible para una familia que carga con muchos problemas de salud.
Eligió este trabajo en junio del año pasado, no por gusto, sino por necesidad vital. Debía encontrar una actividad que no le pidiera marcar tarjeta, uno que le permitiera soltar las cajas y salir corriendo si el teléfono sonaba con una emergencia desde casa. Todo ese esfuerzo, toda esa logística diaria para mantener a flote a su familia, terminó bajo el agua turbia el fin de semana pasado.
«Empecé a vender cuchuflis por el tema de los niños, porque van al colegio, van al médico, entonces un trabajo así como estable no podía tener», explica.
Cuando el agua empezó a subir en las calles y su auto se encontraba en la inundación, Elizabeth Avilés se desesperó, su único medio para seguir permitiendo las citas con el doctor de su hijo se lo llevaba la corriente, chocando con otros vehículos, incapaz de detenerse y llenándose de barro y agua por dentro.

«Mi hija tiene déficit intelectual y autismo y mi otro hijo tiene asma (…) cualquier cosa le da una crisis al tiro», explica Elizabeth sobre la importancia de poder movilizarse en caso de emergencias.
Cuando se dio cuenta que se estaban inundando las calles, no pensó dos veces, se metió al agua turbia, la cual le llegaba hasta el pecho, e intentó amarrar el vehículo a una reja cercana con la intención de que la corriente no lo arrastrase más, porque para esta maipucina, era más que un simple auto, era una herramienta de supervivencia de su familia.
Durante ese día, el agua se mezcló con la suciedad, devorando todo a su paso y ocultando lo que la corriente arrastraba por el suelo.
Elizabeth, mientras se desplazaba, se tropezó con una tapa de alcantarillado que estaba abierta, uno de sus pies entró, mientras que con el otro pudo mantenerse en la calle, pero inmediatamente después sacó el pie y tropezó, aterrizando ambas rodillas al duro concreto, dejándola en un estado delicado y teniendo que reposar.

Un hogar en alerta
La historia de obstáculos para esta madre comenzó mucho antes de la lluvia. En su hogar, la salud es un cristal frágil. Su pareja recibió un trasplante de hígado recientemente, tras pasar un largo periodo en la Lista de Espera Nacional. Su condición es tan delicada y sus defensas están tan bajas, que los médicos fueron tajantes: tiene prohibido subir a una micro o al Metro, pues un simple virus podría ser fatal.
A esto se le suma la condición de su hijo pequeño que, tal como se señalaba anteriormente, sufre de asma y alergias muy persistentes.
«Mi hijo tiene asma, está a la espera del test cutáneo para poder saber a qué es alérgico porque le hicieron un examen de sangre y arroja que es muy alérgico, o sea, cualquier cosa, le da una crisis al tiro […] El año pasado estuvo en la UCI (…) estuvo como dos semanas con una BiPAP, que es una máscara en toda la cara», comenta.
El auto de Elizabeth era la ambulancia particular de la familia y sin ella, se encuentran en un estado continuo de angustia, vulnerables ante una emergencia que puede llegar en cualquier momento.
Un motor ahogado y sin ayuda
Hoy, el auto yace inerte en las calles repletas de suciedad. El motor está lleno de barro y hojas, las puertas apenas abren y el olor que desprende es fatal. A pesar de haberlo amarrado para que la corriente no se lo llevase, igualmente el agua hizo de las suyas y logró dejarlo inutilizable.


Desesperada, acudió a la Municipalidad de Maipú, pero la respuesta fue clara, la ayuda es para personas que han tenido estragos en sus domicilios.
«En este momento lo que más nos angustia es el tema del auto por el traslado (…), si al niño en este momento le da una crisis de asma, no tengo como ir rápido a urgencias, porque se atienden en el San Borja, el traslado es bien largo», explica.
Para esta madre que ha adecuado su vida para cuidar de su familia, la lluvia ya pasó, pero en su lugar se instaló una angustia que ahoga más que el agua: el miedo de no poder ayudar a los suyos cuando más lo necesiten.









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