Una de esas figuras del deporte maipucino y nacional que, aún después de su retiro, continúa forjando su legado es Martín Vargas. Con su metro 55 centímetros de estatura, un buzo y mucho optimismo llega cada martes y jueves al taller de boxeo municipal que se realiza en el gimnasio que lleva su nombre.
Ubicado en Avenida Tres Poniente, el nombre que desde 2014 recibe el polideportivo es, de alguna forma, un tributo en vida que el ex púgil ha recibido desde la comuna que eligió como su hogar.
Oriundo del Barrio Cuatro Álamos-Esquina Blanca, Martín Vargas, a sus 71 años, no ha dejado el boxeo de lado. Aquel deporte que lo llevó a pelear cuatro finales del mundo en la década del 70’, hoy lo usa para enseñar, formar y contribuir con la juventud.
En exclusiva La Voz de Maipú lo visitó en su espacio de trabajo, lugar en que el maipucino, nacido en Osorno, accedió agradecido y con muchas ganas de hablar de su carrera, recordar sus inicios en el Club México y reírse con aquellas anécdotas que hasta hoy alegran su vida.

Martín Vargas: el zurdo del sur que prometió ser el mejor
-¿Cómo empezó en el boxeo?
“A mi me gustaba pelear. Era peleador cuando chico, muy peleador, yo andaba siempre con los guantes colgados en el cuello. Comencé a boxear el 24 de enero del año 1967, en el Club México de Osorno. Es una muy buena academia, tuvieron gran atención conmigo, mucho respeto”.+
-¿Recuerda a algún profesor o entrenador que lo guiara o que le enseñara cuando era niño?
“Sí, don Segundo Barrientos, un gran hombre que me enseñó todo lo que yo sé. Un hombre con mucha disciplina, muy buen comportamiento con todos los boxeadores. Nunca me dijo una mala palabra, nunca”.
-Cuando se vino a Santiago en 1971, ¿se imaginó llegar al profesionalismo?
“A los 16 años vine a Santiago. La primera vez que peleé fue en San Pablo con Diagonal Paraguay (Club México). Yo le dije a don Chamel Vargas, uno de los grandes entrenadores que tuve: ‘Yo voy a ser mejor que todos los que están pegándole al saco y a las peras elásticas’. Me tocó la cabeza y no me dijo nada”.

Siempre en la categoría mosca, Martín Vargas fue campeón nacional amateur con solo 16 años luego de vencer a Gonzalo Augusto. No fue hasta el 23 de marzo de 1973 que el osornino llegó al profesionalismo. Nelson Muñoz fue su primer rival, a quien le ganó por puntos, una anomalía en su carrera.
“Pega, Martín, pega” fue una de las frases que marcaron su carrera y sus números lo reflejan: 92 triunfos, 15 derrotas y 3 empates, destacando que logró 68 victorias a través del nocaut, siendo la gran mayoría de sus éxitos por esta vía.
–Para quienes no lo vieron ¿cómo se describiría usted como boxeador?
“Yo era noqueador. Era un hombre que pegaba muy fuerte. Yo me metía 3 o 4 palos al hombro y me los llevaba corriendo. Eso me dio la potencia para lograr los nocauts que tuve. Yo siempre dije: ‘Yo soy un hombre que pega fuerte, pero yo no soy derecho, yo soy zurdo’. Esta (apuntando su pierna derecha) la tengo para caminar. Para apoyarme”.
“El primer hueón que me ganó, perdóname la palabra, fue Ricardo Álvarez. Te estoy hablando del 71. Me pegó un gancho al hígado y no quise más guerra. Duré un minuto quince segundos. Después pedí que me lo llevaran a Osorno. Allá no alcanzó a durarme treinta segundos y de ahí no peleó nunca más, porque él no sabía lo que era un nocaut”.
Un podio con sabor a injusticia y el salto a la historia
El camino de Martín Vargas hacia la cima tuvo paradas internacionales mucho antes de sus famosas cuatro finales mundiales. En 1972, representó a Chile en el Mundial de Cuba, donde obtuvo una medalla de bronce que, hasta el día de hoy, le deja un sabor amargo.
–¿Recuerda sus primeras peleas representando a Chile?
“Me robaron con el cubano Orlando Martínez en la semifinal. Yo lo boté en el primero, en el segundo y en el tercero, pero le dieron la pelea a él”.
Tras su paso por las Olimpiadas de Múnich ese mismo año, Martín Vargas inició una carrera profesional que lo transformó en un ídolo de masas.
-¿Recuerda alguna victoria muy satisfactoria en su carrera?
“El 20 de noviembre de 1977, en el Estadio Nacional contra el ecuatoriano Gonzalo Cruz. Me asusté cuando lo boté, le pegué en la pera y sonó como un palmetazo. Pensé que lo había matado, pero cuando se movió dije: ‘Está vivo, Señor’”. Esa victoria lo catapultó al número uno del ranking mundial.
-¿Y su peor derrota?
«Mírame el ojo».
-Se observa una pequeña mancha.
“Tengo como una nube. Como una aureola blanca”.
-¿Y eso por qué?
“En 1978, Betulio González en Maracay me metió el dedo en el ojo. Yo no veía a un hueón, veía a cuatro que me pegaban. No perdí por nocaut, me quedé en el suelo porque no veía nada”.
Años después, se cobró revancha en Santiago y, demostrando la nobleza del deporte, terminó alojando a su rival en su casa de Maipú por 15 días. «Entre los deportistas nos llevamos muy bien», reconoció.
Martín Vargas disputó cuatro finales de campeonatos mundiales:
- 17 de septiembre de 1977, Mérida, México, contra Miguel Canto.
- 30 de noviembre de 1977, Santiago, Chile, contra Miguel Canto.
- 4 de noviembre de 1978, Maracay, Venezuela, contra Betulio González.
- 1 de junio de 1980, Kochi, Japón, contra Yoko Gushiken.
“Dios no quiso que yo fuera campeón del mundo porque yo tenía habilidades que cualquiera no las tiene”, cuenta el ex púgil, quien lamenta las condiciones en que quedaron muchos de sus rivales tras retirarse del ring. “Tienen muchos problemas para dialogar, conversar o decir las cosas como son. A mi me dio un don el de arriba para que yo no terminara mal”, sentencia Martín Vargas.
El refugio en Maipú: entre el «doble bote» y la cocina
Martín llegó a la comuna en 1988, buscando un hogar para su familia. “Compré mi casa en Esquina Blanca con Capri, frente al Estadio Bueras. Me costó un millón treinta y cuatro mil pesos de la época; hoy vale una fortuna con todas las ampliaciones”, ríe. En el barrio Cuatro Álamos encontró su lugar en el mundo, donde vive junto a su esposa, María Mireya Inostroza, a quien le dedica cada uno de sus logros y con quien comparte sus pasatiempos.
-¿Usted tiene una afición muy grande por la cocina o me equivoco?
“Sí, yo miraba a mi mamá cómo cocinaba y después yo repetía”.
-¿Y después lo perfeccionó?
“Sí, me preparé en Estados Unidos en 1980 para ser un excelente cocinero. Soy un maestro de cocina, me encanta preparar pescado y carne. En la casa cocino yo nomás. A la enfermera le encanta cuando cocino yo”.
-¿Y acá en Maipú tuvo otros oficios o trabajos antes de aterrizar en los talleres municipales a principio de los 2000?
“Tuve camiones en los Carrefour donde tuve una muy buena relación con el gerente general De los Lider. Después de los camiones ya estaba trabajando en el boxeo, me contrató el Instituto Nacional del Deporte (IND), me contrató la Municipalidad de Maipú, y con eso yo sobreviví”.
-¿Cómo ha sido formar familia en Maipú?
“Sobre mis hijos, siempre soy honesto: yo digo que no tengo hijos biológicos, los dos son de mi señora, pero ellos me dicen papá y yo los quiero como tales ja, ja, ja. Soy un hombre feliz con lo que logré y con la familia que formé en esta comuna”.
-Estamos acá sentados en un gimnasio que lleva su nombre. ¿Qué siente al tener este reconocimiento?
«Es bonito, bonito que se haga. Cuando vi el nombre del Polideportivo Martín Vargas, voy y le digo: ‘señora alcaldesa, a mí no me parió Pedro Vargas, a mí me parió la señora Fuentes. Yo soy Martín Vargas Fuentes’ y ella me abraza. Me dice: ‘lo felicito, porque aquí en este país nunca se acuerdan del segundo apellido».

-¿Se siente querido por el maipucino?
En este punto aparece, para responder, la enfermera que lo acompaña. “Lo adoran, lo adoran”, señala. “Nos paran cada cinco minutos. No podemos salir a la calle sin que nos paren y le pidan una foto”, cuenta.
“Imagínate, yo salgo a la calle y toda la gente me saluda. Yo saludo a toda la gente amable, pero cuando son pinganillas y de repente me saludan, yo igual los saludo y, de repente, me acuerdo y bueno, ‘no importa’ me digo. ‘Ya los saludé’. Lo más importante para mí es que la gente me respete y me quiera mucho como pasa en esta comuna».
-¿Ya se quedó acá prácticamente?
«Yo me quedé acá ya. Yo me voy de Maipú cuando me lleven al cementerio».
«Hasta que me lleven en el cajón»
A pesar de haber peleado en 36 países y ostentar un récord impresionante de nocauts, Martín Vargas mantiene una relación contradictoria con su disciplina: “Te lo digo con la mano en el corazón: a mí no me gusta el boxeo, no me gusta que se peguen. Pero me gustaba pelear y por eso lo hice por 22 años”.
-A pesar de esto, usted defiende que los chicos practiquen este deporte. ¿Cómo es eso?
“Al alcalde actual no le gustaba el boxeo, pero con la pasión que hablo lo di vuelta. Aquí no quiero ‘pinganillas’ ni ladrones, quiero que los niños se superen”.
El Polideportivo que lleva su nombre es su trinchera. Allí enseña la técnica de los «nueve cuadros» que heredó de su mentor, Segundo Barrientos, no solo para formar boxeadores, sino para alejar a los jóvenes de la delincuencia. A pesar de que ha vivido etapas complicadas de salud, Martín Vargas se mantiene firme en su pasión.
–¿Hasta cuándo va a seguir entrenando?
«Hasta que me lleven en el cajón y me vayan a enterrar. El boxeo me dio todo y yo le di alegría a este país».
En la actualidad, Martín Vargas continúa entregando sus conocimientos no solo en Maipú, ya que realiza clases de boxeo los fines de semana en el Estadio Nacional y el Colegio Eduardo Frei Montalva, talleres que lo mantienen activo y con un ánimo envidiable a sus 71 años recién cumplidos.










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