No lo hace por los demás, dice este emblemático músico cuando se le pregunta por qué toca. Mueve las manos y su mirada busca algo mientras intenta explicar qué le hace sentir hacer música. «Es como hablar con Dios», dice en un tono triunfante, mientras sostiene su saxofón y mira hacia la plaza.

No se crio en Maipú, sino en un pueblito de Linares. Desde pequeño, James Moore se sintió conectado a la música. Empezó en el jardín infantil a cantar y, a sus siete años, logró incorporarse a una banda de bomberos local. El pífano fue su primer compañero, un instrumento parecido a una flauta, pero que se torna hacia el costado.
Melodías de la tierra
Su familia se mudó a Santiago poco después y a los once años, se arrancaba hacia la calle San Diego con su hermano a comprar los antiguos «cancioneros» para guitarras.
La obsesión con la música lo perseguió a todos lados. A esa misma edad, esperaba con ansias que terminase la jornada escolar para subirse a las micros y tocar canciones de Leo Dan. Cuando terminó su cuarto medio, se lanzó de lleno a ser un músico hasta el día de hoy.
Sus instrumentos preferidos no son los más tradicionales, todo lo contrario, son aquellos que vienen de la misma tierra, como la zampoña (compuesto por cañas de bambú de distintas longitudes) o el charango (armado con caparazón de armadillo y madera).
«Escuchaba a un vecino tocar la zampoña, cosa que yo no sabía que se llamaba así, y un día fui a preguntarle que era lo que tocaba y me hizo pasar a su casa donde estaba lleno de instrumentos andinos. Me enamoré inmediatamente», recuerda el músico.
Su abuela era cantora campesina, en un distante Linares. No solo cantaba, también utilizaba una vihuela, un instrumento con forma de guitarra, pero que cuenta con un sonido más andino y folclórico.
«De ahí viene el gen», dice entre risas James, que de gringo, según él, no tiene nada.
«Mi papá me nombró así, porque tenemos ascendencia inglesa, pero soy más chileno que los porotos», explica.
La calle como maestra
No todo ha sido un camino de rosas para James. Si bien, define a la música como lo más importante en su vida, su escenario predilecto no es el más seguro ni el más predecible, pero sí el más satisfactorio.
Ya había conocido la vida de oficina hace años, al igual que muchos, tuvo que marcar la hora de entrada y salida, rendirle cuentas al jefe y agachar el moño cuando se equivocaba. No era eso lo que le molestaba, sino que él mismo no fuese dueño de su tiempo.
Sin embargo, la visión del músico es clara «la calle tiene la libertad, la poca libertad que hay, si llegase un día en que tenga la energía súper baja, pesco mis cosas y me voy, sin avisarle a nadie (…) yo la calle no la dejaría»
Esa libertad también va por otro sentido. En un escenario o evento debes tocar para ganarte las lucas, pero para James, en la calle la principal motivación es querer conectar consigo mismo a través de la música.
No busca la fama de una superestrella ni llenar grandes estadios, le basta con generar lo suficiente para vivir tranquilo con sus seres queridos.
Más que solo un sonido
El maipucino promedio es amable, dice el músico. Muchas han sido las ocasiones en las que deja de lado su instrumento solo para conversar con un vecino que se quedo´ parado escuchándolo. Otras veces, observa los rostros de la gente al pasar y se toma como desafío personal alegrar esos semblantes serios o tristes, una sola expresión, una conexión, eso busca.
Otros llegan diciéndole que la melodía que oyeron les recordó a un ser querido que ya no está o que no ven hace tiempo.
La interacción que más lo marcó fue una que tuvo a las afueras de SMAPA. El saxofón era el instrumento del día y el tiempo seguía su curso natural, hasta que un joven se le acercó. Se detuvo ante la caja con dinero, el saxo dejó de sonar y las palabras que salieron de su boca dejaron helado a Moore.
«¿Sabes qué? Yo hoy me iba a quitar la vida, pero lo escuché a usted y cambié de parecer», le dijo el joven. El tiempo se detuvo mientras le oía hablar, pero alrededor la gente seguía caminando. Estando apoyados en la reja de SMAPA, James le habló sobre su perspectiva de lo que significa vivir.
Vemos decenas de rostros en la calle y en los transportes públicos. Algunos esbozan sonrisas, otros son contemplativos, neutrales, incluso tristes, pero a pesar de eso existe una barrera invisible entre un ser humano y otro. Podemos ver y oír los problemas de alguien, pero jamás sentiremos su mismo dolor, no por no querer, sino por incapacidad.
La música le llega distinto a cualquiera, es capaz de hacer reír, llorar, sonreír. Su sonido no solo queda en nuestros oídos, también logra instalarse en la garganta cuando sientes pena, en el pecho cuando quieres llorar, en el rostro cuando te hace sonreír.
El sonido logra meterse debajo de tu piel y eso le sucedió al joven que conoció James. Ambos siguieron su camino después de esa charla.
10 años y contando
«Un hombre sin hogar» dice que se convertiría si no pudiese ser músico, sin embargo, eso ya no sucedió, los vecinos de la plaza lo reconocen y saludan cuando se coloca a afueras del Teatro Municipal.
«No estaría en este mundo si no hiciese música, quizás me volvería loco y andaría paseando por aquí sin ninguna preocupación», confiesa James.









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