En esta columna, Ricardo Cornejo, psicólogo y vecino de la comuna, nos invita a un viaje por la memoria de Fensa, mucho más que una industria: un verdadero pilar de vida. En estas líneas, el duelo por el cierre de una planta se cruza con la nostalgia de una comuna que dejó de ser productiva para ser dormitorio.
En Maipú hay lugares que no son solo lugares. Son parte de la historia. Fensa fue uno de ellos. Durante décadas, no fue solo una fábrica. Fue fuente de trabajo, punto de
encuentro, rutina, orgullo silencioso. Ahí se levantaron familias, se pagaron estudios, se sostuvieron vidas completas sin mayor ruido. Generaciones enteras pasaron por ahí, marcando el ritmo de una comuna que, antes de ser llamada “dormitorio”, también supo ser productiva.
Por eso, cuando una planta así cierra, no solo baja una cortina. Se corta una continuidad.
Tengo un tío, el tío Lucho, que trabajó más de 30 años ahí. Nunca faltó. Nunca pidió licencia. De esos trabajadores que no necesitan que los vigilen, porque entienden que cumplir es parte de quiénes son. Responsable, comprometido, constante. De los que sostienen sin hacer ruido. Y aun así, un día, eso se termina. No por una falta. No por un error. No por algo que haya hecho mal. Simplemente se termina.

El cierre de Fensa en Maipú no es solo una noticia económica. Es la interrupción de trayectorias como la de mi tío Lucho, y como la de cerca de 400 trabajadores que hoy enfrentan un escenario que no eligieron. Y ahí aparece algo incómodo, pero rofundamente real: no siempre hacer las cosas bien garantiza que las cosas resulten bien.
Esa idea —que muchas veces nos enseñaron como una especie de regla— se rompe en silencio. Porque en Maipú hay mucha gente que ha cumplido. Que ha hecho lo correcto durante años. Que ha sostenido familia, rutina, esfuerzo. Y que hoy se encuentra de frente con algo que no tiene explicación simple.
Perder el trabajo no es solo perder un ingreso. Es perder una estructura. El trabajo ordena la semana, define horarios, da un lugar en el mundo. No es solo lo que uno hace, es
también desde dónde uno se para frente a la vida. Por eso, cuando se pierde, no solo aparece la preocupación económica. Aparece algo más difícil de nombrar: desorientación, rabia, frustración… y muchas veces una sensación de injusticia que cuesta procesar.
Y también, aunque no siempre se diga, aparece el golpe a la identidad.
Porque si durante años fuiste “el que siempre cumple”, “el que nunca falta”, “el que trabaja”, ¿Qué pasa cuando eso deja de estar? En momentos así, el discurso rápido no ayuda. Decir “hay que salir adelante” o “todo pasa por algo” suele quedar corto. Porque no todo se entiende de inmediato. Y no todo tiene que entenderse para poder seguir. A veces, lo primero no es reconstruir, es no quebrarse. Y eso, aunque suene simple, es profundamente desafiante.
No quebrarse puede ser algo muy concreto: mantener una mínima rutina, no aislarse completamente, seguir conversando con otros, permitirse sentir rabia o tristeza sin apurarse en resolverlas, no tomar decisiones importantes en medio del golpe.
Porque el impacto no es solo externo. Es interno. Y necesita tiempo para ordenarse. En Maipú hoy hay cerca de 400 personas viviendo ese proceso. A todos ellos, más allá de cifras o titulares, un reconocimiento sincero. Porque detrás de cada uno hay una
historia larga, un esfuerzo sostenido, una forma de hacer las cosas que muchas veces pasa desapercibida, pero que es la que realmente sostiene esta comuna. Esto no es menor. Y no es invisible.
Porque una comuna no se construye solo con proyectos o discursos. Se construye con personas como ustedes. Con trayectorias que, aunque no hagan ruido, son las que dan estabilidad, continuidad y sentido. Por eso, quizás, más que buscar explicaciones rápidas, vale la pena detenerse en algo más simple, pero más humano: reconocer lo que sí ha estado.
Lo que sí se hizo. Lo que sí se sostuvo. Desde aquí, a mi tío Lucho —y a cada uno de los trabajadores que hoy están enfrentando este momento—, un abrazo fuerte. Sé que esto no es fácil, que no se entiende del todo, y que duele más de lo que se dice. Pero esto no borra lo que son, ni lo que han construido. El trabajo se termina, sí… pero la historia no.
El mundo no se acaba acá. Se desordena, golpea, obliga a empezar de nuevo… pero sigue.
Y ustedes también.









Deja una respuesta