/ Ricardo Cornejo
15 de marzo de 2026

[Parte II] Chile entre dos pulsiones: el miedo al retroceso y la tentación de refundarlo todo

En esta segunda parte de columna titulada «Chile entre dos pulsiones: el miedo al retroceso y la tentación de refundarlo todo», desde su biografía, el psicólogo Ricardo Cornejo advierte sobre el costo humano de los cambios radicales y la incongruencia de la élite política, abogando por la prudencia y reformas estables que no recarguen a los ya exigidos.
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Ricardo Cornejo, psicólogo clínico con más de 14 años de trayectoria, se ha especializado en depresión, ansiedad, crisis vitales, fobias, y orientación vocacional y laboral.

En esta segunda parte de su columna de opinión el autor cuestiona desde su biografía la «pedagogía del sacrificio» que la clase dirigente impone a los sectores más frágiles sin asumir ellos mismos los costos. Critica la frivolidad de los proyectos refundacionales que pretenden «reiniciar» la sociedad como un software, ignorando que las crisis las padecen quienes dependen de servicios públicos y estabilidad económica. Frente al romanticismo del quiebre institucional, defiende la prudencia y el reformismo gradual como una forma de responsabilidad ética hacia los ciudadanos. Sostiene que la estabilidad no es una consigna conservadora, sino una condición básica de dignidad para quienes ya viven una existencia exigida.

Cuando se habla con tanta facilidad de ruptura, de reordenamiento histórico o de grandes giros de época, ¿se piensa realmente en las personas que deberán soportarlo en sus cuerpos, en su economía, en su salud y en su vida cotidiana?

Yo no me hago esta pregunta desde la teoría. Me la hago desde mi propia biografía. Tengo 44 años y llevo enfermo desde los cinco. Mi vida ha estado marcada por operaciones, hospitalizaciones, tratamientos y una lucha permanente por salir adelante.

No lo digo para victimizarme. Lo digo porque cambia el punto de observación. Quien ha vivido durante décadas negociando con el dolor, la incertidumbre y la fragilidad, desarrolla una sensibilidad distinta frente a los discursos grandilocuentes sobre “sacrificios necesarios”.

Por eso mi pregunta no es ideológica. Es humana: ¿cuánto desgaste más puede soportar una sociedad antes de que la política deje de ser debate y se convierta en amenaza concreta para quienes ya viven suficientemente exigidos?

En mi caso, la respuesta es simple: no demasiado. Y sospecho que, en el caso de muchísimas personas, también.

Aquí aparece una distinción que la política suele evitar: no es lo mismo hablar de cambios intensos que vivir sus consecuencias. Hay quienes los analizan, quienes los administran, quienes los prometen, y quienes los padecen. Casi nunca son los mismos. Y en América Latina, cuando los sistemas políticos o económicos entran en convulsión, los costos suelen recaer sobre los de siempre: la clase media frágil, los pobres, los enfermos, los trabajadores, quienes dependen de servicios públicos tensionados o de una economía que no resiste demasiadas heroicidades.

Lo llamativo es que, pese a eso, siempre aparece alguien dispuesto a invitar al pueblo a una nueva travesía épica. La invitación, eso sí, tiene un detalle pintoresco: los sacrificios casi nunca comienzan por la clase dirigente. Se pide paciencia, conciencia histórica, compromiso con el cambio, disposición a soportar el costo del proceso. Pero rara vez se observa el mismo entusiasmo cuando se trata de reducir privilegios del aparato político, ajustar beneficios propios o practicar esa austeridad que se recomienda con tanta facilidad desde un cargo cómodo. Al parecer, la pedagogía del sacrificio sigue siendo una asignatura diseñada, sobre todo, para los demás.

Esa contradicción erosiona la confianza. Y con razón. Si un proyecto político dice venir a transformar el orden en nombre de la justicia social, lo mínimo esperable sería alguna señal de coherencia inicial: menos privilegio, menos distancia entre discurso y conducta, menos solemnidad para exigirle renuncias al resto mientras se conservan intactas las propias comodidades. Cuando eso no ocurre, el ciudadano empieza a sospechar que no está frente a una revolución ética, sino frente al viejo espectáculo del poder: nuevos eslóganes, antiguas ventajas.

Desde una perspectiva sociológica, la idea de producir cambios abruptos sobre la sociedad completa suele subestimar algo esencial: las sociedades no son pizarras en blanco. Están hechas de instituciones, hábitos, tradiciones, equilibrios económicos, símbolos, normas implícitas, memorias compartidas, miedos colectivos y acuerdos imperfectos que se han ido sedimentando con el tiempo. Reformarlas es posible. Mejorarlas, también. Pero pretender reiniciarlas como si fueran un software moralmente defectuoso suele ser una fantasía costosa.

La política, cuando se intoxica de ideología, olvida esto. Cree que la sociedad puede rediseñarse desde arriba con suficiente voluntad, suficiente fervor o suficiente superioridad moral. Y ahí empieza el problema. Porque la realidad no desaparece cuando un programa la considera incómoda. La cultura no se evapora porque un manifiesto la declare obsoleta. Las instituciones no se reemplazan sin pagar costos. El orden, incluso cuando necesita correcciones profundas, sigue siendo una condición para la vida común.

También existe una dimensión moral, e incluso espiritual, que no conviene despreciar. Una sociedad sana no puede tratar a las personas como material de laboratorio histórico. Ninguna promesa de redención futura justifica convertir a los más frágiles en los principales pagadores del experimento. Cuando la política pierde de vista la dignidad concreta de las personas y empieza a hablar únicamente en nombre de procesos, estructuras o destinos históricos, suele terminar pareciéndose demasiado a aquello que decía querer combatir.

Por eso, frente a este país tensionado entre el miedo al retroceso y la tentación de refundarlo todo, mi postura es más modesta y quizá por eso mismo más humana: prefiero la estabilidad con reformas graduales.

Sí, los cambios graduales frustran. Son lentos, imperfectos, a veces exasperantes. No tienen el glamour de las consignas refundacionales ni el atractivo moral de quienes anuncian un nuevo comienzo. Pero tienen una virtud nada despreciable: permiten corregir sin destruir, avanzar sin arrasar, mejorar sin condenar a millones de personas a soportar un costo que jamás eligieron. En sociedades complejas, la prudencia no siempre es cobardía. A veces es una forma de responsabilidad.

Hay un tipo de romanticismo político que siempre me ha parecido sospechoso: el de quienes hablan de incendiarlo todo porque, total, nunca fueron ellos quienes tuvieron que aprender a sobrevivir entre las cenizas. Para algunos, el quiebre es un momento constituyente. Para otros, es simplemente la diferencia entre recibir atención médica o no, conservar el trabajo o perderlo, sostener a los hijos o dejar de poder hacerlo.

Cuando uno ha pasado gran parte de la vida luchando por mantenerse en pie, la estabilidad deja de parecer una consigna conservadora o una falta de imaginación histórica. Se vuelve algo mucho más elemental: una condición mínima para vivir con dignidad.

Y quizá ese sea el punto que cierta política, tan enamorada de sus propias metáforas, no termina de entender: hay personas para quienes “resistir una etapa” no es una narrativa estimulante, sino una carga adicional sobre una existencia ya demasiado exigida.

No rechazo el cambio. Rechazo la frivolidad con que algunos administran, promueven o celebran la posibilidad del derrumbe ajeno.

Porque una cosa es teorizar el péndulo. Y otra muy distinta es tener cuerpo para soportarlo.

SOBRE EL AUTOR

Ricardo Cornejo

Psicólogo clínico y organizacional con más de 14 años de experiencia.

Ricardo Cornejo, psicólogo clínico y organizacional con más de 14 años de trayectoria, se ha especializado en depresión, ansiedad, crisis vitales, fobias, y orientación vocacional y laboral.

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