Desde hace más de treinta años, la ciencia política ha vaticinado una creciente crisis de representación, en que los políticos (partidos políticos, activistas políticos y personas con poder), parecen alejados de la ciudadanía, los comunes, los plebeyos, y se alejan cada día más de sus problemas, interesándose en los asuntos del gobierno y la técnica en desmedro de los problemas comunes y corrientes.
Con el tiempo, este fenómeno se ha profundizado, convirtiendo a los partidos en simples maquinarias electorales que se limitan a organizar candidaturas y competir elección tras elección. Nada cambia, pese a las reiteradas promesas de construir una “nueva política” o de refundar lo existente. Lo que hoy se observa resulta insuficiente para hacerse cargo de los complejos problemas sociales.
El afán refundacional y una política reducida a cuestiones morales han empujado a la ciudadanía a marcar sus preferencias más “en contra” de lo establecido que “a favor” de un proyecto político. Así lo advierte el politólogo Steven Levitsky, quien identifica desde 2018 un patrón claro en América Latina: el surgimiento de opciones nuevas y externas a los sistemas políticos.
El resultado ha sido la irrupción de liderazgos con mucho voluntarismo, pero escasa experiencia, que llegan al poder prometiendo cambiarlo todo. Sin embargo, al enfrentarse a instituciones difíciles de modificar y que constituyen el marco mismo de su acción, se abre una brecha entre sus objetivos refundacionales y las limitaciones de la gestión. La falta de experiencia no solo deriva en problemas administrativos, sino que también deja en segundo plano asuntos cruciales para la vida de las comunidades. Es más, algunos de estos nuevos liderazgos se deslumbran con la tecnocracia, olvidándose incluso de las características históricas, políticas y culturales del territorio que pretenden gobernar.
«El resultado ha sido la irrupción de liderazgos con mucho voluntarismo, pero escasa experiencia, que llegan al poder prometiendo cambiarlo todo. Sin embargo, al enfrentarse a instituciones difíciles de modificar y que constituyen el marco mismo de su acción, se abre una brecha entre sus objetivos refundacionales y las limitaciones de la gestión»
Un ejemplo reciente es la Ley Marco de Autorizaciones Sectoriales, que buscaba reducir los tiempos de aprobación de proyectos de inversión pública. Pero ¿qué ocurre a nivel local, con las pequeñas empresas y los municipios? El caso de Los Tatas del Pan en Vitacura es ilustrativo: sus dueños debieron cerrar ante la intransigencia burocrática de la Dirección de Obras Municipales, que obstruyó la tramitación de permisos. Agotados, optaron por bajar la cortina, mientras la alcaldesa Merino lamentaba en los medios, como espectadora, lo ocurrido.
Situaciones similares se repiten en Maipú, Pudahuel y prácticamente en todas las comunas del país. Urge, entonces, poner estos problemas sobre la mesa y trabajar en soluciones conjuntas con los gobiernos regionales. Resulta llamativo —y hasta fascinante— observar la performance refundacional, a menudo superficial y banal, de quienes prometen transformarlo todo. Pero bastaría con impulsar mejoras pequeñas y consistentes para reforzar la representación política y acortar la distancia entre los plebeyos y los gobernantes.
