/ Jessenia Chamorro Salas
26 de noviembre de 2025

Cuando los monstruos regresan: gótico, otredad y dark romance en el cine del 2025

En esta columna, Yessenia Chamorro Salas —Profesora de Lenguaje y Comunicación (PUC), Doctora en Literatura Latinoamericana (U. de Chile), Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena (USACH) y autora de Corsé— escribe sobre el fenómeno cinematográfico de 2025: el regreso simultáneo de Drácula, Nosferatu y Frankenstein. La académica plantea que esta resurrección gótica no es nostalgia, sino una «poética de la crisis»: una respuesta estética y emocional necesaria para recuperar nuestra humanidad frente a la hiperconectividad y la inteligencia artificial.
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En este 2025, el cine parece haber abierto de nuevo las ventanas del castillo: vuelven Drácula (la nueva adaptación dirigida por Luc Besson, que retoma la figura del vampiro desde un enfoque más íntimo y sensual), Nosferatu (la relectura contemporánea dirigida por Robert Eggers, inspirada en la versión de 1922 pero con un tratamiento visual completamente renovado) y Frankenstein (la esperada versión dirigida por Guillermo del Toro, centrada en lo emocional y en la ética de la creación).

Regresan como si hubiesen permanecido en la penumbra aguardando exactamente este momento. Su reaparición no es un capricho estético ni un simple gesto nostálgico: es una señal. En plena era de hiperconectividad, de conversaciones instantáneas y respuestas generadas por máquinas, lo gótico se yergue como un refugio y a la vez como una protesta. Estas criaturas antiguas, nacidas en un mundo sin electricidad ni pantallas, irrumpen con una vigencia inquietante, casi insolente, como si nos estuvieran recordando algo que hemos querido olvidar. 

Reinterpretar la sombra contemporánea

Las nuevas versiones de Nosferatu, Frankenstein y Drácula no buscan replicar sus historias tal como fueron contadas hace un siglo: las reinterpretan, las desarman, las exponen a la luz y les permiten absorber la sombra contemporánea. Una relectura no consiste en maquillar el pasado, sino en confrontarlo desde un presente convulsionado.

En cada revisión se detecta una fascinación profunda por lo que estos mitos nos dicen hoy: Nosferatu vuelve como un gesto hacia la fragilidad de lo humano frente a lo desconocido; Frankenstein reaparece como una pregunta ética y emocional sobre la creación, sobre la responsabilidad, sobre el abandono; Drácula, en cambio, se reencarna para hablar del deseo que persiste más allá de los límites morales y temporales. Y lo notable es que cada nueva versión, lejos de clausurar el mito, lo amplifica. Los monstruos no se desgastan; se transforman para seguir incordiando nuestra mirada. 

La importancia de estas reversiones radica en que, al traer de vuelta figuras tan iconográficas, el cine nos recuerda que la cultura no es un archivo muerto, sino un organismo vivo. Cada director, cada época, cada sensibilidad reescribe al monstruo para exponer sus propias fracturas. Si el expresionismo alemán convirtió a Nosferatu en una especie de sombra colectiva, hoy lo vemos renacer como metáfora de la incertidumbre global, de esa sensación de amenaza difusa que acompaña la modernidad tardía.

Frankenstein, cuya pregunta esencial siempre ha sido “¿qué significa crear y ser creado?”, hoy resuena con fuerza en un mundo donde la inteligencia artificial, la biotecnología y las manipulaciones genéticas abren dilemas más radicales que los imaginados por Víctor Frankenstein. Y Drácula, eterno símbolo del deseo que desborda lo humano, encuentra en esta época un escenario ideal para explorar la obsesión por la juventud, la inmortalidad, la intensidad emocional y las ambivalencias del cuerpo. 

Dark Romance: el derecho a la herida

Aquí aparece también el dark romance, no como categoría superficial sino como un territorio emocional profundo. No hablamos de un romance edulcorado ni de un amor redentor, sino de un deseo que admite su oscuridad, su contradicción, su vértigo. Drácula encarna ese amor que seduce y devora; Frankenstein es el relato del afecto imposible entre creador y criatura, un vínculo de dependencia, rechazo y anhelo; incluso Nosferatu, en su figura más torva y menos sensual, proyecta una forma de intimidad extraña, un lazo que nace en la sombra y no en la luz.

El dark romance interesa hoy porque contradice la lógica higienizada del discurso emocional contemporáneo: en un mundo donde todo debe ser saludable, correcto y gestionable, estas historias nos devuelven el derecho a sentir lo que no tiene nombre, a desear lo que resulta incómodo, a amar incluso desde la herida. No romantizan la violencia, pero sí reconocen la complejidad del deseo, ese territorio donde luz y sombra se enredan sin pedir permiso. 

Rebelión ante la máquina

¿Por qué vuelve el gótico en 2025? Porque el gótico es, en esencia, una poética de la crisis. Surge cuando las certezas tiemblan, cuando el mundo se siente demasiado ordenado en la superficie pero caótico por dentro. El gótico regresa cada vez que la cultura necesita recordarse que lo racional es apenas una capa delgada que cubre un territorio lleno de temblores. En esta era globalizada, donde todas las diferencias parecen diluirse en un mismo flujo de información, el gótico vuelve para reinstalar la experiencia de la alteridad: lo otro, lo extraño, lo no domesticable.

En una sociedad que pretende tener respuestas para todo, estas historias insisten en preguntas que no admiten resolución. Aquí lo oscuro no es un decorado, sino un gesto político y emocional: cuestiona el imperativo de la transparencia, denuncia la comodidad de lo calculado, se opone a la idea de que la vida puede administrarse como un dato. 

Hay, además, un cansancio silencioso ante la hiper-tecnologización. Hemos delegado demasiado en las máquinas: la memoria, el tiempo, la organización, incluso los afectos. Volver al gótico es una forma de rebelión estética: nos recuerda que existe un territorio emocional inexacto, incierto, donde lo humano —lo profundamente humano— sigue latiendo. Los monstruos, lejos de ser amenazas externas, son metáforas de nuestra propia vulnerabilidad. Su regreso no busca asustarnos: busca despertarnos. 

En un mundo que corre a velocidades desorbitadas, estas criaturas antiguas nos obligan a detenernos. Nos preguntan por lo que hemos perdido, por lo que tememos, por lo que deseamos sin atrevernos a decirlo. Nos devuelven la sombra que nos constituye. Y tal vez por eso conmueven tanto: porque, al final del día, lo monstruoso no es lo que está afuera, sino aquello que reconocemos —con temor, con ternura— cuando por fin dejamos de mirar la pantalla. 

En cada revisión se detecta una fascinación profunda por lo que estos mitos nos dicen hoy: Nosferatu vuelve como un gesto hacia la fragilidad de lo humano frente a lo desconocido; Frankenstein reaparece como una pregunta ética y emocional sobre la creación, sobre la responsabilidad, sobre el abandono; Drácula, en cambio, se reencarna para hablar del deseo que persiste más allá de los límites morales y temporales. Y lo notable es que cada nueva versión, lejos de clausurar el mito, lo amplifica. Los monstruos no se desgastan; se transforman para seguir incordiando nuestra mirada. 

La importancia de estas reversiones radica en que, al traer de vuelta figuras tan iconográficas, el cine nos recuerda que la cultura no es un archivo muerto, sino un organismo vivo. Cada director, cada época, cada sensibilidad reescribe al monstruo para exponer sus propias fracturas. Si el expresionismo alemán convirtió a Nosferatu en una especie de sombra colectiva, hoy lo vemos renacer como metáfora de la incertidumbre global, de esa sensación de amenaza difusa que acompaña la modernidad tardía.

Frankenstein, cuya pregunta esencial siempre ha sido “¿qué significa crear y ser creado?”, hoy resuena con fuerza en un mundo donde la inteligencia artificial, la biotecnología y las manipulaciones genéticas abren dilemas más radicales que los imaginados por Victor Frankenstein. Y Drácula, eterno símbolo del deseo que desborda lo humano, encuentra en esta época un escenario ideal para explorar la obsesión por la juventud, la inmortalidad, la intensidad emocional y las ambivalencias del cuerpo. 

Aquí aparece también el dark romance, no como categoría superficial sino como un territorio emocional profundo. No hablamos de un romance edulcorado ni de un amor redentor, sino de un deseo que admite su oscuridad, su contradicción, su vértigo. Drácula encarna ese amor que seduce y devora; Frankenstein es el relato del afecto imposible entre creador y criatura, un vínculo de dependencia, rechazo y anhelo; incluso Nosferatu, en su figura más torva y menos sensual, proyecta una forma de intimidad extraña, un lazo que nace en la sombra y no en la luz.

El dark romance interesa hoy porque contradice la lógica higienizada del discurso emocional contemporáneo: en un mundo donde todo debe ser saludable, correcto y gestionable, estas historias nos devuelven el derecho a sentir lo que no tiene nombre, a desear lo que resulta incómodo, a amar incluso desde la herida. No romantizan la violencia, pero sí reconocen la complejidad del deseo, ese territorio donde luz y sombra se enredan sin pedir permiso. 

¿Por qué vuelve el gótico en 2025? Porque el gótico es, en esencia, una poética de la crisis. Surge cuando las certezas tiemblan, cuando el mundo se siente demasiado ordenado en la superficie pero caótico por dentro. El gótico regresa cada vez que la cultura necesita recordarse que lo racional es apenas una capa delgada que cubre un territorio lleno de temblores.

En esta era globalizada, donde todas las diferencias parecen diluirse en un mismo flujo de información, el gótico vuelve para reinstalar la experiencia de la alteridad: lo otro, lo extraño, lo no domesticable. En una sociedad que pretende tener respuestas para todo, estas historias insisten en preguntas que no admiten resolución. Aquí lo oscuro no es un decorado, sino un gesto político y emocional: cuestiona el imperativo de la transparencia, denuncia la comodidad de lo calculado, se opone a la idea de que la vida puede administrarse como un dato. 

Hay, además, un cansancio silencioso ante la hiper-tecnologización. Hemos delegado demasiado en las máquinas: la memoria, el tiempo, la organización, incluso los afectos. Volver al gótico es una forma de rebelión estética: nos recuerda que existe un territorio emocional inexacto, incierto, donde lo humano —lo profundamente humano— sigue latiendo. Los monstruos, lejos de ser amenazas externas, son metáforas de nuestra propia vulnerabilidad. Su regreso no busca asustarnos: busca despertarnos. 

En un mundo que corre a velocidades desorbitadas, estas criaturas antiguas nos obligan a detenernos. Nos preguntan por lo que hemos perdido, por lo que tememos, por lo que deseamos sin atrevernos a decirlo. Nos devuelven la sombra que nos constituye. Y tal vez por eso conmueven tanto: porque, al final del día, lo monstruoso no es lo que está afuera, sino aquello que reconocemos —con temor, con ternura— cuando por fin dejamos de mirar la pantalla. 

SOBRE EL AUTOR

Jessenia Chamorro Salas

Columnista LVDM

Profesora de Lenguaje y Comunicación. Pontificia Universidad Católica de Chile. Doctora en Literatura Latinoamericana. Universidad de Chile. Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena. Universidad de Santiago. ​Autora «Corsé» (Sangría Editora, 2021/ Queltehue 2025)​

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