Nada de lo que ocurre tras el triunfo electoral de la ultraderecha es improvisado. No estamos frente a una suma de declaraciones desafortunadas ni a un clima crispado propio de una transición. Lo que se está desplegando es algo más reconocible: un libreto viejo, probado, eficaz. Instalar el miedo antes de gobernar y convertir a la izquierda en enemigo interno antes incluso de que pueda ejercer su papel como oposición democrática.
El mecanismo es conocido. Se busca privar a la izquierda de legitimidad política, se la asocia a la idea de amenaza, para correr el eje del debate desde la democracia hacia el orden. Ya no se discuten proyectos ni programas. Se administra sospecha. Se va preparando el terreno para gobernar contra alguien, no para alguien.
Así debe leerse la polémica en torno al documento interno del Partido Comunista, elaborado para evaluar una derrota electoral y extraer lecciones políticas. Un ejercicio normal, casi rutinario en cualquier organización política, fue torcido deliberadamente para insinuar planes de desestabilización contra el futuro gobierno de José Antonio Kast. No hubo confusión ni ingenuidad. Hubo una decisión política de instalar desde ya la figura del adversario peligroso, el enemigo interno.
A esa operación se le añadió una capa de respetabilidad intelectual. Las declaraciones de Couso sobre la supuesta vigencia de la “dictadura del proletariado” en el ideario del Partido Comunista de Chile cumplen exactamente ese rol. Pero lo cierto es que el concepto no aparece en el programa, no está en las resoluciones ni forma parte del horizonte político del PC desde hace décadas. Insistir en su existencia no busca describir la realidad del partido, sino fijar la idea de una izquierda esencialmente antidemocrática.
No hay aquí un debate teórico honesto, sino la reactivación de un fantasma. Un concepto del marxismo del siglo XIX, sacado de su contexto histórico y usado como atajo retórico para sostener la idea de una amenaza latente que justificaría vigilancia, contención y, llegado el caso, endurecimiento del poder. No es análisis. Es miedo con pretensión académica.
La hipocresía es difícil de pasarla por alto. Se acusa de pulsiones autoritarias a un partido que fue perseguido, ilegalizado y diezmado por una dictadura real, con presos, desaparecidos y exilio. Se trivializa la palabra dictadura mientras se borra, convenientemente la experiencia concreta de quienes la enfrentaron cuando hacerlo tenía costos que hoy parecen olvidados.
Lo más grave es que esta operación no queda encerrada en la ultraderecha. Tiene eco. Cuando dirigentes del progresismo, como el diputado Raúl Soto o el senador Castro, sugieren que el fortalecimiento del trabajo de masas o de la organización social podría convertirse en un problema para la gobernabilidad, no están siendo prudentes. Están adoptando el marco de la derecha y ayudando a criminalizar por anticipado, cualquier oposición social al gobierno que viene.
El trabajo de masas no es violencia ni conspiración. Es organización territorial, articulación social, presencia política fuera de los pasillos del poder. Convertir eso en sospecha implica aceptar una premisa peligrosa: que la participación popular organizada es un problema y no una de las bases de la democracia.
Ahí está el verdadero avance cultural de la ultraderecha. No necesita clausurar el Congreso ni prohibir partidos de inmediato. Le basta con instalar la idea de que organizarse desde la izquierda es riesgoso, que disentir es desestabilizar y que la única política aceptable es la que ocurre dentro de márgenes estrechos y controlados.
Nada de esto es accidental. Todo proyecto con pulsión autoritaria necesita un enemigo permanente. El enemigo interno no es un exceso retórico ni un error comunicacional. Es una herramienta de gobierno.
Por eso el problema no es solo lo que dice la ultraderecha. El problema es quiénes le allanan el camino. Porque cuando la autocrítica se trata como conspiración, la organización social como amenaza y la oposición como riesgo para el orden, no se está defendiendo la democracia, se le está matando.
