La reunión entre Gabriel Boric y José Antonio Kast duró minutos y terminó abruptamente. El motivo inmediato fue el cable submarino con China y la controversia sobre qué información se ha entregado durante la transición. Kast reconoció que hubo una llamada, pero sostuvo que solo se le “esbozó” la situación y que no confía en la información recibida. Exigió claridad, registros, precisión, con el objeto de que el eje no sea la política pública, sino que la sospecha.
Ese desplazamiento no es casual, está totalmente pensado. Ocurre en un mundo tensionado por la confrontación entre las dos potencias económicas más grandes del mundo, Estados Unidos y China. La disputa por tanto es tecnológica, comercial y militar, se juega en los datos, en los minerales críticos, en las rutas del Pacífico. Chile importa en ese tablero. El litio, cobre, y su estabilidad institucional, cada decisión estratégica es observada.
Kast ha planteado que Chile debe alinearse con países que defienden la “libertad”, y esa definición fija un bloque y también una frontera. A partir de ahí, el cable deja de ser solo infraestructura digital y se transforma en símbolo de orientación estratégica. Mantener relaciones diversificadas puede presentarse a la ciudadanía como ambigüedad, mientras que optar por un alineamiento rígido a Estados Unidos, como una decisión con coherencia.
Esta polémica no se limita a una diferencia sobre cómo se comunicó un proyecto. Se inserta en un relato más amplio que la ultraderecha chilena viene construyendo desde hace años: el del país en emergencia permanente. Crisis de seguridad, crisis migratoria, crisis institucional. Bajo ese marco, se requiere un liderazgo de “mano dura” y decisiones extraordinarias, y para justificar ese esquema se necesita un adversario que encarne el riesgo, el enemigo.
La acusación de falta de transparencia en la transición refuerza esa arquitectura discursiva, es la continuidad del libreto que vienen aplicando hace años. Instala la idea de que el gobierno saliente actuó con ligereza en un escenario internacional hostil y sugiere que hay sectores internos que no comprenden la magnitud de la amenaza global. ¿Cuál es el siguiente paso?: presentar a esos sectores como obstáculo para la seguridad nacional.
Desde la izquierda, esta deriva es preocupante por razones históricas y políticas. La retórica de la “defensa de la libertad” ha sido utilizada demasiadas veces para justificar intervenciones y presiones impulsadas por la avanzada imperial estadounidense. América Latina conoce los costos de los alineamientos automáticos en contextos de disputa global. Chile los vivió de forma dramática durante la Guerra Fría.
José Antonio Kast y la construcción del enemigo interno

La construcción del enemigo interno opera así: si el país está inserto en una confrontación entre bloques, quien no comparte el alineamiento elegido puede ser descrito como funcional al bloque contrario. El desacuerdo se convierte en sospecha y la diferencia política se carga de connotaciones de deslealtad. La democracia se estrecha.
No se trata de negar que exista una competencia geopolítica real ni de minimizar los riesgos asociados a ciertas dependencias tecnológicas o comerciales. Se trata de advertir que la soberanía no se defiende subordinando el debate interno a una lógica de bloques ni etiquetando a los opositores como amenazas. La autonomía estratégica exige capacidad de diversificar relaciones y decidir en función del interés nacional, no de fidelidades ideológicas externas.
El libreto del enemigo simplifica el escenario: ordena el campo político entre quienes estarían del lado correcto de la historia y quienes pondrían en peligro el rumbo del país. Es eficaz para cohesionar bases y movilizar apoyos. También prepara el terreno para ampliar atribuciones en nombre de la seguridad y endurecer el trato hacia quienes disienten.
Lo que está en juego no es solo un cable ni una transición malograda. Es la instalación de un clima donde la discrepancia política se interpreta como amenaza estratégica. Si ese marco se consolida, el siguiente paso será exigir unidad acrítica frente al supuesto peligro y deslegitimar cualquier matiz como debilidad. Desde la izquierda, la tarea es impedir que esa lógica se naturalice. Defender la soberanía también significa defender el derecho a disentir sin ser convertido en sospechoso o enemigo, y si el adversario se transforma en enemigo – como quiere la ultraderecha- la democracia comenzará a retroceder, aunque aparentemente conserve su forma.









Deja una respuesta