Por qué los cables submarinos importan: la infraestructura invisible que está en el centro del conflicto entre Chile, EE.UU. y China

La crisis diplomática que estalló este viernes, cuando Washington retiró las visas a tres funcionarios del gobierno de Boric, tiene un protagonista silencioso: los cables de fibra óptica que yacen en el fondo del océano Pacífico y por los cuales circula casi toda la vida digital del planeta.

Por qué los cables submarinos importan: la infraestructura invisible que está en el centro del conflicto entre Chile, EE.UU. y China Tecnología

Pocos lo saben, pero el correo que enviaste esta mañana, la transacción bancaria que hiciste al mediodía y la llamada de video que tuviste esta tarde no viajaron por el aire. Viajaron por el fondo del mar. Casi el 99% del tráfico mundial de datos navega a través de una red de cables submarinos de fibra óptica que conectan países y continentes, con más de 570 sistemas activos y 81 en construcción, sumando 1,4 millones de kilómetros de longitud.

Chile no es la excepción. Y eso, hoy, lo pone en el centro de una disputa que va mucho más allá de la diplomacia.

El cable que desató la tormenta

El Departamento de Estado de Estados Unidos anunció este viernes restricciones de visa contra tres funcionarios del gobierno del Presidente Gabriel Boric, acusándolos de haber «comprometido infraestructuras críticas de telecomunicaciones» y de haber «socavado la seguridad regional».

Detrás de la acusación está el proyecto Chile-China Express, una iniciativa impulsada por la empresa China Mobile e Inchcape Shipping Services que busca conectar Valparaíso directamente con Hong Kong mediante un cable submarino de fibra óptica. El proyecto significaría un salto en velocidades de hasta 16 terabits por segundo, ofreciendo mayor velocidad, fiabilidad y una reducción en los costos asociados a la transmisión de datos.

Pero para Washington, no se trata de velocidad. Se trata de quién controla los datos.

Por qué Chile es un punto estratégico

Chile lleva años construyendo su posición como nodo digital del Pacífico Sur. Su geografía —un país largo y costero frente al océano más grande del mundo— lo convierte en escala natural para los cables que conectan América del Sur con Asia y Oceanía.

El proyecto más avanzado en esa dirección es el cable Humboldt, una alianza entre Google y el Estado chileno a través de Desarrollo País, que conectará Valparaíso con Sídney, Australia, pasando por la Polinesia Francesa, con casi 15.000 kilómetros de extensión. Hasta ahora no existía una comunicación directa con Asia y Oceanía, y todo el tráfico de datos que se intercambia con esos continentes debía realizarse a través de Norteamérica. Humboldt cambia eso.

Con ese cable, Chile deja de ser el último eslabón de una ruta dominada por el hemisferio norte para convertirse en el punto de entrada de Brasil, Argentina y Paraguay hacia el mercado asiático.

Velocidad, sí. Pero también soberanía

Los cables submarinos aportan seguridad, velocidad y baja latencia en la transmisión de datos, logrando que la comunicación y la conectividad mundial sean posibles de manera instantánea y estable. Permiten además contar con internet de alta velocidad para soportar aplicaciones como videollamadas o streaming, posibilitando el incremento del comercio internacional y el crecimiento de la conectividad digital.

Pero su importancia va más allá del usuario común. Para un país, estas redes son infraestructura crítica en el mismo nivel que una central eléctrica o un aeropuerto. Los cables submarinos poseen una dimensión estratégica: control de rutas, potencial para intrusión o intercepción, vulnerabilidad física y posibilidades de doble uso —comercial y como sensores científicos—. Por eso, gobiernos y organismos internacionales clasifican su protección como asunto de seguridad nacional. 

Ahí está el nudo del conflicto.

El problema con China

El cable Chile-China Express conectaría directamente la infraestructura digital chilena con Hong Kong a través de empresas vinculadas al Estado chino. La normativa china obliga a las empresas a colaborar con datos que sean importantes para el régimen. En la práctica, esto significa que datos que circulen por infraestructura gestionada por empresas chinas pueden ser puestos a disposición de Pekín sin que los usuarios ni los Estados interconectados tengan forma de impedirlo.

Para EE.UU., eso no es un riesgo menor. El embajador estadounidense en Chile, Brando Judd, lo dijo sin rodeos semanas antes de la medida de este viernes: «Los datos seguros son fundamentales para afrontar juntos los desafíos regionales». Y fue explícito al cuestionar «la necesidad de cables chinos redundantes, cuando Chile ya cuenta con Humboldt».

La elección que Chile deberá hacer

Con el gobierno de Boric en sus últimas semanas y José Antonio Kast a punto de asumir, EE.UU. ya envió su señal. El comunicado del Departamento de Estado incluyó un mensaje directo al gobierno entrante: «Esperamos avanzar en las prioridades comunes, incluidas las que refuerzan la seguridad en nuestro hemisferio, con la próxima administración Kast».

El punto clave es quién va a tener la hegemonía de la infraestructura de las comunicaciones en el siglo XXI. Y Chile, sin haberlo buscado necesariamente, quedó en el centro de esa disputa.

Los cables submarinos ya no son solo tecnología. Son política exterior. Son soberanía. Y están en el fondo del Pacífico, esperando que alguien decida.

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Nicolás Aravena

Fundé La Voz a los 21 años. Dicen que escribo bien, me apasiona la política, fotografía y entender el mundo que habitamos. Dejé de fumar hace poco, hago chistes malos y bailo pésimo

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