El sagrado acto de salir a regar el pasto

Partamos por el primer acto político de “salir de la casa”. Los tiempos modernos nos obligan a encerrarnos en la casa y salir en auto al supermercado o al Mall, para luego volver a encerrarnos hasta el día siguiente que vamos a trabajar.  

Sin embargo, la vecina/el vecino de la vieja patria maipucina SALE A LA CALLE, habla con sus vecinos,  se da una vueltita, le pega una barrida a la calle y –si el clima lo amerita– riega su jardín.

Porque no hay un rito más enraizado en la antigua cultura maipucina que salir a regar el pasto

Don Aníbal es vecino y amigo de mi villa. Le tocó casa esquina, y la suerte (o desgracia para algunos) de un antejardín que recorre todo costado de su casa. Cansado de la basura, hace 2 años levantó un pequeño jardín con árboles y pasto. 

Su frustración llegó cuando las micros paraban justo en su jardín y la gente pisoteaba el pasto sin ninguna consciencia de todo el trabajo que le significó. 

La Batalla de don Aníbal lo lleva a enfrentarse diariamente a automovilistas que botan basura a su paso o tocan la bocina como si no existiera gente viviendo a 5 metros de la calle.

Pero ahí sigue el vecino, peleando por su pedazo de jardín, embelleciendo gratuitamente una de las entradas del pasaje, haciendo agradable la vista, ayudando a crear sombra y regular la temperatura.

Amando su casa y su barrio.

Quizás tiene que ver porque tenemos agua potable municipal y gran parte de los parques y plazas tienen agua asegurada gratis. 

Quizás tiene que ver con que muchos de nuestros abuelos, abuelas, madres llegaron del sur, donde el verde era parte del paisaje. 

Común es ver encontrar en la casa de las mamás maipucinas una colección de plantitas bien regadas: su ficus, su enredadera, su “mala madre”, su pequeña palmera decorativa,  hierbitas varias. 

Maipú es en el fondo de nuestro corazón una parte de la provincia. Al igual que San Bernardo, Padre Hurtado o incluso Puente Alto. Estamos lo suficientemente lejos del “centro” para poder sentirnos distintos y vivir a otra velocidad.

Muchos de mis compañeros de colegios siguen viviendo en Maipú a pesar de tener las condiciones económicas para irse a otras comunas más “jaivonas”.  Siguen aquí y crían a sus hijos a un par de cuadras donde ellos crecieron, donde viven sus papás, amigos de la infancia.

Muchos de ellos siguen regando el pasto un domingo por la tarde, mientras se fuman un pucho o conversan con el vecino.

Otros no tuvieron la suerte de poder comprar una casa y viven en departamentos, pero igualmente llevan a sus hijos al parque a dar una vuelta, a estirar la piernas, jugar a la pelota, tomar aire. Tal como se hacía hace años atrás en la Plaza de Maipú, cuando era un lugar de encuentro entre vecinos, y no un centro de entretenimiento vendido a las marcas comerciales (como el viejo Pimiento que aún vive atrapado en el McDonald).

Eso se llama identidad. Y la identidad es lo que hace a la gente sentirse orgullosa de dónde vive, no porque todos tengan dos autos o un carnet de vecino con descuentos: tiene que ver con las emociones que nos vinculan a un lugar.

Emociones relacionadas con historias, con haber visto crecer la ciudad y saber que antes había una alameda de árboles en la Avenida Pajaritos que era como cruzar desde Santiago a otra Región indeterminada del campo.  Misma sensación que aún se vive cuando se va a Rincondada de Maipú, allí, pasando el cruce, cuando comienzan las huertas, se puede ir a la antigua lechería o –como un resurgimiento– se puede ir a vivir la experiencia de cosechar verduras.

Salir a regar el pasto es una fiesta para los sentidos, es tener un pedacito del sure en la casa. Es oler la tierra mojada y hacer puntería con el pulgar en la vieja manguera de plástico, que gotea, siempre gotea. 

Si no me cree haga la prueba. Recupere sus espacios, y viva el sagrado acto de regar el pasto de su jardín.

Me cuenta cómo le va.