Cuando el Parque Tres Poniente no existía, era un peladero grande, con tierra dura y pasto ralo. Allí, en la esquina con pasaje Antonio Romera se instalaba el circo. No eran compañías grandes ni famosas, sino carpas improvisadas que se levantaban con porfía, con lonas parchadas y fierros que parecían sostenerse a punta de milagro.
Para nosotros, los cabros chicos del barrio, aquello era un acontecimiento. Íbamos en patota a mirar cómo descargaban jaulas oxidadas con animales que daban más pena que asombro: leones flacos, elefantes encadenados, caballos que parecían enfermos. Aun así, la curiosidad nos ganaba. Era otra forma de mundo que aterrizaba por unos días en la comuna.
Los payasos eran el plato fuerte. Pinturas chorreando, zapatos gigantes y una comedia que se movía entre la torpeza y el ingenio. Algunos circos se lanzaban hasta rutinas de lucha libre, parodiando a los héroes musculosos que veíamos por televisión. Entre caídas falsas y llaves mal hechas, el público reía con ganas. Y yo también, aunque a veces me quedaba con la sensación rara de que había más tristeza que alegría detrás de esas sonrisas pintadas. Tal vez fue ahí, en ese terreno polvoriento, donde entendí que el humor es también resistencia: la capacidad de reírse aun cuando la vida no regala demasiadas razones.
Con el tiempo, ese peladero se transformó en parque, los circos dejaron de llegar a esa esquina y nosotros crecimos. Pero Maipú nunca dejó de tener humor. Basta mirar su gente, esa ironía que asoma en la feria, los chistes que circulan en la micro, la risa rápida como respuesta al mal rato. La comuna siempre ha tenido un talento especial para reírse de sí misma y del mundo.
De esa raíz popular surgieron comediantes que hoy se reconocen a nivel nacional. Para los vecinos más antiguos, está el también escritor: Juan Luis “Jajá” Calderón, con su estilo chispeante y directo, heredero de la picardía de barrio. Entre las voces más actuales aparece la escritora y comediante Paola Molina, que con humor ácido y mirada crítica ha logrado retratar lo cotidiano desde una sensibilidad generacional distinta.
Y junto a ella destacan dos artistas reconocidos con el Premio Orgullo Maipucino: Jenny Adaros, “Lady Garfia”, que desde la comedia ha sabido rescatar nuestras historias, unir el patrimonio con la risa y demostrar que el humor con toques de inclusión puede ser también una forma de memoria; y Alex Ortiz, “Flaite Chileno”, quien ha llevado el humor maipucino desde las redes sociales hasta el Festival de Viña, con rutinas que mezclan sátira, denuncia y la exageración justa para hacernos reír de lo cotidiano.
A veces pienso que ese circo de mi infancia no desapareció del todo: se transformó. Ya no está la carpa desvencijada ni las jaulas tristes, pero el espíritu de la risa que habitaba en ese lugar sigue vivo en nuestros escenarios, en nuestras pantallas, en las plazas donde los vecinos se cuentan chistes para pasar la tarde. El humor de Maipú no es casualidad: es herencia, es resistencia, es patrimonio tanto como un cerro, un templo o una gruta.
Porque reír en Maipú nunca ha sido solo un acto de entretención. Es un modo de mirarnos, de sobrevivir a la rutina, de recordar que incluso en medio del abandono o la dificultad, hay siempre un motivo para soltar una carcajada. Y en eso, creo, seguimos siendo ese público del circo pobre pero bullicioso: dispuestos a reírnos de lo que sea, porque sabemos que la risa, en el fondo, también es nuestra manera de hacer historia.

