[Opinión] El triunfo del rechazo (¿la gente es tonta?)

Nicolás Aravena
Nicolás Aravenahttps://lavozdemaipu.cl/
A los 21 años fundé este diario (hoy tengo 38). Actualmente vivo en Québec. Soy bueno para los cafés especiales, hablar de periodismo y pésimo bailarín. Un antipático.

Entre los que creían -creíamos- que lo mejor para el país era aprobar la constitución que se nos presentó, el resultado del pasado 4 de septiembre fue un balde de agua fría. Los últimos días, y a pesar de que todas las encuestas decían que el apruebo perdería, nos aferramos a cualquier señal que nos devolviera la esperanza.

“¿Viste el medio millón de personas que fueron al cierre del apruebo versus el puñado de adherentes que fueron a la del rechazo?”, nos decíamos unos a otros. Repetíamos como un mantra datos tales como que nunca una constitución propuesta había sido rechazada, en ningún lugar del mundo.

Íbamos más lejos y pensábamos que ese votante silente, que estaba obligado a ir a votar ese día, marcaría diferencias. Y no nos equivocamos del todo. Ese votante que pensamos las encuestas submuestreaban en realidad marcó una diferencia: le dio un triunfo aplastante al rechazo.

Al final del día todas, todos -y si aún se puede- todes, entendíamos que el deseo es una cosa y que la realidad a veces nos golpea en la cara.

Yo soy del puño de apruebistas cautivos. De esas y esos que sin necesidad de que se redactara un párrafo, sabíamos que aprobaríamos porque lo que saliera de la convención sería mejor y más legítimo que lo emanado de la anterior, escrita en varios años por un puño de cheerleaders de la dictadura militar.

No obstante, también soy del escaso grupo de gente que se identifica con la centro-izquierda que, el día que se eligieron las y los convencionales, lamentamos el resultado. La paliza de la izquierda amplia era enorme y algo nos decía que los grupos más ultras intentarían armar un mamotreto que iría demasiado lejos.

Algunos tuvimos la claridad, por ejemplo, de siempre mirar con cierto resquemor a la Lista del Pueblo y la irrupción de Marinovic y compañía. Sabíamos que esos extremos buscarían soluciones que mellarían la confianza de la gente en el proceso. Mejor volvamos al 4 de septiembre, al baño de realidad y a las horas posteriores.

Más allá de la esperanza, la derrota era posible para los que simpatizamos con el apruebo. Veíamos en cada debate que el texto propuesto al país era difícil de defender, más allá de las fake news que inventó un sector de la derecha y que eran complejas de combatir.

Pienso hoy en el divorcio, la paridad o el matrimonio gay. Recuerdo el escándalo que significó para la derecha la aprobación del divorcio o la lucha que el mundo del feminismo dio para convencer al país que no podemos construir nada sin “ellas”. Recuerdo también que en los 90’s hablar de matrimonio gay era complicado. En esos años ni gay se les decía. Mucho menos disidencias sexuales. Los nombres eran otros y eran todos ofensivos.

Hoy alegra que nadie, ni siquiera los extremos, sean capaces de plantear eliminar el divorcio. O que la clase política hable de paridad. Escuchar al presidente de la UDI decir que la nueva carta magna debe ser escrita en condiciones de paridad, demuestra que el triunfo del “nunca más si nosotras”, es político, pero también cultural.

Tras leer la propuesta de constitución que se rechazó, entendí perfecto lo de la plurinación y me reía cuando hablaban de ciudadanos de primera y segunda categoría por el tema de la justicia indígena. Vivo en Canadá y a los indígenas se les dice “primeras naciones”. Y además de tener sistemas de justicia indígenas, a la hora de comprar en el comercio, pagan menos impuestos.

Entonces, la risa estaba dada porque Canadá está lejos de ser comunista y acá si bien no se le llama plurinacionalidad, los indígenas tienen “ventajas” que nadie cuestiona. Porque donde los chilenos vieron “ventajas”, por estos lados del mundo se ve “retribución” o “reparación histórica”. Aunque -hay que decirlo- también en Canadá existe la discriminación sistemática contra los primeros pueblos.

Pero después de la risa viene la reflexión. Y entendía que la gente, en el Chile que se está configurando, no quiere plurinación y que las ideas progre que defiendo yo y todas, todos y todes los que me rodean, aún les quedan lejos.

La gente de pronto quiere seguridad y como no confía en la justicia, quiere que a los delincuentes les saquen la cresta. La gente quiere progreso, pero con soluciones que sean progresivas.

Las elecciones, dicen por ahí, no se pierden sino que se explican. Y en este caso la mesa enorme que es el fracaso del apruebo tiene muchas patas. ¿Fake news? claro y hartas. ¿Medios de comunicación que confundieron pluralismo con permitir a políticos mentir a diestra y siniestra? también. Sí, hubo harto de eso, pero esos motivos no lo explican todo.

Ganó el rechazo: ¿La gente es tonta?

razones para el rechazo

Con el correr de los meses y varios estudios mediante, quizás logremos acercarnos a las razones sociológicas del triunfo del rechazo. Hoy, se ve a un montón de apruebistas compartiendo memes dando a entender que el pueblo es tonto. O que en Petorca merecen la sequía y en Quintero la contaminación.

Claro, cuando el pueblo no cree en nuestras propuestas, parece más simple “rotearlo” que mirar hacia dentro para explicar las razones de la derrota.

Otros van más lejos y llaman a protestas, evasiones masivas y claman por una asamblea popular. No entendieron nada: la gente quiere algo más moderado y el rechazo al texto propuesto no fue producto de que la constitución no nata haya sido muy de derechas. Al contrario.

Hoy para el mundo progresista nada se ha terminado. Si nuestras ideas son las correctas tarde o temprano el pueblo las hará suyas y las pedirá a viva voz. Pero falta para ello. A la hora de hablar de plurinación estamos igual como los que defendían el divorcio el año 90. Somos minoría y hay que asumirlo con humildad.

Sin rotear a nadie debemos convencer, y para ello tal vez tendremos que extremar recursos a la hora de explicar cosas complejas de forma simple, entendiendo que el pueblo a veces se asusta, o no comulga con nuestras ideas. Entender simplemente que el pueblo es todo menos tonto.

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